03:57h. Domingo, 19 de Noviembre de 2017

27.

Mis amigos de “Visto de otro lado”, me han invitado a publicar los coscorrones que me doy en la cabeza de vez en cuando. Si hago esto, quiero generar contenido que haya vivido en mi piel. Por eso, empiezo mi camino en la web contándoos el punto en el que estoy, pero desde el principio.

Soy una niña de los 90, me crié entre los vinilos de Earth Wind & Fire de mi padre y el Blood on the Dance Floor de Michael Jackson. Era una época dorada, muy parecida a la de Parque Jurásico, donde no había Ipads y la única Siri que había era mi abuela Chelo, que lo sabía todo: desde lo que se podía comprar con 5 pesetas, hasta la maestría del encaje de bolillos. Entonces, la gente escribía cartas y algunas iban hasta perfumadas. Yo jugaba a los tazos y apostábamos las chuches del recreo. Una vez batí records a lo Texas Holdem y lo celebramos con una sobredosis de petazetas que me dejó algo de resaca, pero nunca me pasé al lado oscuro del Tang. Fui testigo del nacimiento de Play Station y de los pechos pixelados de Lara Croft. Hoy tengo 27 años y para colmo, soy músico. Os podéis imaginar que en mi cumpleaños reinaba la coletilla de “Amy también murió a los 27”.  Habría sido mejor que mis colegas me hubieran regalado una tarjeta que al abrirla me escupiera confeti, pero no.

Jim Carrey protagonizó el thriller psicológico “el número 23”, pero bien podría haber sido el 27 .Y es que a partir de los 26 ya eres rico para costearte el metro (ni que fueras en calesa por el Retiro). Los niños te llaman señora y la del súper, de usted. Qué dolor. Los concursos ya empiezan a verte no tan “joven”. Disculpen, pero nunca se es demasiado viejo para el blues.

De repente descubres que tienes súper poderes: adivinas cuándo va a llover, porque tienes un sensor en las rodillas (una especie de sentido arácnido). Además eres el mago del diccionario: que si influencer, beauty blogger, vlogger, wtf, likexlike… todo para demostrar que eres una pesada del instastories. Ojo que llegan las manías: no salgas de casa sin hacer la cama, que ya tenemos disgusto para el resto del día. Comienzas a quejarte de los chavales que están ebrios en el bus después de una jornada de casetas ¡qué agobio! Cuando tú prefieres ir “de tranquis”.

No hablemos de nuestra primera vez,  la que pasamos la ITV.  Cuando vas a recoger los resultados de la prueba, parece que vienes de hacer la selectividad (a ver si he aprobado…).

A los de mi generación, nos llaman “los millennials” o los de “la generación de Peter Pan”. Me hace bastante gracia porque nos han empadronado en “el país de nunca jamás” cuando en realidad no nos quedó otra opción. No nos engañemos, pues nuestra generación es la del Gran Gatsby, la del Adán americano que ve cómo la cima de la colina queda muy lejos. Y es precisamente a los 27 cuando te das cuenta de todo esto, con tu carrera y tu máster. Porque había que ser “alguien”.

¡Y nos dicen que estamos pegados al móvil! Pues sí, y es que al final se ha convertido en una obligación (hasta en vacaciones). Han desaparecido los horarios, el rato del cine o la conversación con los amigos. Dame un minuto, que tengo que subirlo a Facebook. Hay niñas que se ven mejor “si le pones un buen filtro” y los niños a los que solía ver con un globo atado a la muñeca, ahora preguntan por el wifi.

No obstante, rozando los 30 (el punto de no retorno) me doy cuenta de que no todo es malo. Me he dado cuenta del valor de los consejos de mamá en cada quemazón con la plancha; ahora entiendo por qué mi padre echaba el freno de mano aun con la L al décimo rozón en mi coche. Y al final, nunca dejas de aprender. Siempre nos quedará Youtube.

A todos los que me están leyendo, les digo que los 27 no son nada, que cada generación es distinta y que se puede ser joven incluso a los 95. Kazim Gurbuz, el viejo más joven del mundo, es el vivo ejemplo de lo que os digo. Al final todo es actitud, aunque el entorno no lo ponga fácil.

Yo no muero a los 27.

Live Fast, Die Young.