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El Altar del Holocausto | Círculo de Arte, Toledo

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Miro a alguien a mi lado que se balancea con los ojos cerrados mientras se deja llevar a territorios, a espacios en realidad, que parecen estar muy lejos. Diez meses después de un hiato que se hizo extraño, y doloroso, admitámoslo, en una banda que nunca parecía querer dejar de girar y grabar, y un disco,”Ecos”, la estampa se repite. No cree el que suscribe que sea un caso aislado. La música del grupo consigue, siempre lo ha conseguido, eso. Transportar en una especie de catarsis que junta a intérpretes y público en la máxima expresión del grupo, me refiero indudablemente al directo, que ese tiempo de barbecho, a mi entender, había dejado fuera de la ecuación. 

La elección para la vuelta del precioso Círculo de Arte (una antigua iglesia) fue muy acertada. Cuesta imaginar otro sitio más adecuado para el grupo, que además registró una entrada considerable.

Hay un riesgo evidente cuando alguien decide asistir al primer pase de una gira. Todo, queramos o no, está todavía por hacer. Las canciones tienen que encontrar su sitio, las luces, el sonido, todo debe asentarse, y los artistas tienen que recuperar ese mecanismo invisible que solo aparece cuando los conciertos empiezan a acumularse. Ese tiempo fuera de los escenarios pasa factura, eso es evidente. Y ahí estuvo el problema de la noche, en opinión de un servidor. Y no lo fue tanto a nivel individual como en la cohesión de la banda.

La maquinaria humana sigue siendo extraordinaria. Reaper Model, de pie muchos pasajes tras la batería, volvió a demostrar el peso brutal que tiene dentro del grupo; Skybite siguió tirando del público y de la base rítmica; Weasel Joe dejó destellos brillantes, como esa tensión que logró crear cuando se metió en la olla para prender un circle pit que tardaba en arrancar; y Reverb Myles volvió a recordar hasta dónde puede llegar una guitarra cuando quien la maneja sabe exactamente qué hacer con ella.

El concierto fue, a entender del que suscribe, de menos a más. Las primeras canciones todavía parecían estar buscando su sitio, pero poco a poco, afortunadamente, empezó a engranarse y llegaron esas armas que la han convertido en una banda extraordinaria: los pasajes delicados, casi de orfebrería pop; las suspensiones del ritmo; los silencios que pueden resultar tan abrumadores como una pared de sonido; y, cuando llega el momento, esos estallidos que hacen que todo parezca avanzar de golpe varios metros.

Ecos, además, se presentó plenamente integrado en el repertorio. Y esto, en mi opinión, es capital para entender el disco. Los nuevos temas suenan, sobre todo, a El Altar del Holocausto. Todo lo que contiene el álbum parece recordar por qué esta banda lleva tantos años mirando por el retrovisor a cualquiera que intente hacer post-rock en este país. La calma que precede a los estallidos, las pequeñas quiebras del pulso, los espacios suspendidos y esos silencios casi físicos forman parte de un lenguaje que sigue dominando como pocos. Hay momentos de Ecos que son siderales, otros que adquieren una dimensión épica y alguno que crece hasta hacerse directamente un paquidermo que arremete contra el oyente.

Todo suena inequívocamente a la banda. Y lo más interesante es que no parece una repetición.

Las nuevas canciones no llegaron al repertorio como cuerpos extraños, sino plenamente integradas en el devenir del grupo. Desde que arrancaron con Volta, y luego fueron trasladando al escenario Ecos, Shídài o Sterna, demostraron que la banda tiene desde hace años un lenguaje propio: siguen ahí las calmas que preceden a los estallidos, los pequeños quiebros del pulso, los pasajes delicados y sinuosos y esos silencios que en ocasiones parecen tener tanto peso como el propio sonido y se clavan en el público como puñales. Y cuando llega la explosión, llega de verdad. Ecos suena sin ninguna duda a El Altar, hasta el punto de funcionar como un gigantesco recordatorio de por qué esta banda sigue estando por encima de casi cualquiera en su terreno.

Las paradas en el material más antiguo estuvieron además muy bien escogidas. El Silencio…, Love… y, por supuesto, Lucas… funcionaron como pequeñas ventanas hacia otras etapas de la banda y ayudaron a dibujar una continuidad que Ecos, insisto, no rompe. Al contrario: permite entender mejor de dónde viene y hacia dónde puede dirigirse. Instrumentalmente, por descontado, siguen estando fuera de discusión. Son intachables.

Pero si hay algo que el parón no ha conseguido alterar es la conexión entre la banda y su público. No es una relación basada únicamente en la intensidad de los momentos más físicos, sino en algo bastante más difícil de explicar: una forma de escucha compartida en la que el público parece entender cuándo dejarse llevar y cuándo contenerse. Los silencios se respetan, los crescendos se esperan y, cuando finalmente llega la descarga, la respuesta es inmediata. Y bastaba mirar alrededor para comprobarlo: cabezas que se balancean, ojos cerrados, cuerpos que parecen estar en otro lugar. Ahí es donde la música del grupo volvía a encontrar su verdadera dimensión. En ese espacio extraño en el que ya no parece haber alguien arriba y un público delante, sino una misma experiencia compartida. Y aun así.

¿Fue un buen bolo? Sí. Sin duda. Pero no fue un gran bolo. Fue un concierto menor, mermado por las circunstancias, es cierto, al que le faltaron los próximos veinte. Y parece una victoria pírrica para una banda que son, simplemente, el emperador en lo suyo, y a la que precisamente por eso podemos, y debemos, exigirle más.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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