Hay multitud de opiniones sobre la asociación de Johnny Cash con Rick Rubin en la última parte de la vida del primero. Desde quienes sostienen que revitalizó su carrera y le ayudó a llegar a nuevas generaciones con aquellos discos —me refiero a la serie de American Recordings— y la música del de Arkansas, hasta quienes dicen que el legendario productor —aquí podrían citarse desde Beastie Boys hasta Pete Townshend— es un aprovechado y un caradura. Para quien suscribe, qué quieren que les diga, me parece una de las cimas en la historia de ambos: poder tener esos momentos en forma de canciones. Y claro que hay partes mejores —Tom Petty and the Heartbreakers acompañándole en “Sea of Heartbreak”, el “Hurt” de Nine Inch Nails y una larga lista— y otras peores, o al menos no tan inspiradas, pero si no hubiera aparecido Rubin, nada de eso habría sucedido.
Cuando Barry B. salía al escenario de un abarrotado Camelot, que había colgado el sold out días atrás, y sonaba a modo de intro “Redemption Day”, el tema de Sheryl Crow que Cash grabó en su última colaboración con Rubin, no era solo una manera de empezar que descolocaba: era, a mi modesto entender, una declaración de intenciones que mostraba el cambio profundo que ha orquestado en su carrera, y que lo hiciera con esa cancion -no nos engañemos especulando en cuantos de los alli presentes conocian a Cash- era la forma perfecta de decir esto es lo que soy. El artista urbano de sus inicios dejaba paso al pop rock alternativo que defiende ahora, apoyado además en una banda poderosa que respalda las canciones. La excusa —la gira de presentación del muy interesante Infancia mal calibrada— casi era lo de menos. Lo importante era que, desde que abrió con un bloque compuesto por “Joga Bonito”, “Taj Mahal”, “TK” y el imperdible “¿Quieres autodestruirte conmigo?”, vimos a un artista distinto.
Las guitarras de Elías Martínez y Nacho St. Woods echaron humo toda la noche; la batería de Pablo Gutiérrez y el bajo de José Siberia apuntalaron una base tremenda; y el teclado de Marlon Pacho fue imprescindible para entender lo que es ahora mismo el de Aranda de Duero. Cómo transformó los temas de Chato —qué adictivo sonó “TUSSI”— es cierto, pero sobre todo destacó la puesta en escena de Infancia…: los empalmes, tremendos, con el público cantando a pulmón —la homónima con “Chocolate Axe” y “Monster Truck”—, alternados con acertados guiños a lo anterior (“Kit Kat” o el coreado “ROOKIES”) que, sin desmerecerlos, suenan mucho mejor ahora y hacen salivar pensando en lo que pueda venir.
La imagen impagable del protagonista, recordando al Lou Reed de los setenta —casi podías ver a Prakash John a su lado—, mientras se merendaba momentos como “Trankis” sin que echáramos de menos a Aitana, o un inmenso “Gigantes de cristal” que nos llevaba a un momento inolvidable con “Soleá”. Y ese doble póker, más sentido y emocionante, que fue poder catar seguidas “Todo ese dolor” y “El lago de mi pena”. Verle coger la guitarra para encarar esa epopeya en directo que es “Victoria”, preludio del final, fue otro punto álgido: la conexión con el público, tanto ahí como en “El efímero arte de perdonar”, fue punto y aparte. Luego al bajarse al barro tirando de epica rodeado de cientos de voces que coreaban el tema, en la esperada “Yo pensaba que me había tocado Dios” selló una noche llena de brillantez y acierto. Pero es que fue un lujo amigos.






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