El gallego convirtió el escenario Aranda de Duero en una de las grandes revelaciones del viernes, dos años después de haber dejado en Aranda una primera señal de lo que estaba por venir
Hay artistas que llegan a un festival para presentar un repertorio. Y hay otros que llegan para demostrar que el escenario en el que estuvieron hace dos años ya se les ha quedado pequeño. Carlos Ares pertenece cada vez más a la segunda categoría.
El viernes 7 de agosto, a las nueve de la noche, el escenario Aranda de Duero de Sonorama Ribera recibió a un artista que ya conocía perfectamente el festival. No era su primera vez en Aranda. Tampoco era la primera vez que el público de Sonorama se encontraba con sus canciones. Pero algo había cambiado.
En 2024, Ares ya había protagonizado uno de esos conciertos que dejan la sensación de haber descubierto a alguien antes de tiempo. Mondo Sonoro recogió entonces una imagen reveladora: el público llenando cada rincón del escenario Charco y entregándose a una propuesta que todavía estaba creciendo.
Dos años después, aquella intuición se convirtió en confirmación.
El festival había reservado para Carlos Ares uno de los horarios que mejor permiten medir el crecimiento de un artista: las 21.00, cuando el recinto comienza a concentrar a miles de personas pero todavía queda toda la noche por delante. A su alrededor, la programación ofrecía alternativas como Ángel Stanich, Funambulista, Suzete o Malmö 040. A las diez llegaría Love of Lesbian. A las once y media, Sexy Zebras. La noche tenía nombres suficientes para no depender de una sola actuación.
Y, sin embargo, Ares consiguió hacerse notar.
Su música parte de una sensibilidad pop que no necesita demasiados artificios para funcionar. Hay canciones construidas desde la intimidad, pero también una vocación evidente de escenario. Esa combinación explica buena parte de su crecimiento: Ares no parece interesado en elegir entre el cantautor y el músico de banda, entre la canción emocional y el directo festivalero. Su propuesta vive precisamente en ese punto intermedio.
Lo que ocurrió en Aranda fue importante por eso.
Porque Carlos Ares ya no actuaba ante el público que va a un festival a descubrir artistas pequeños. Actuaba ante un público que había ido a ver a Carlos Ares.
La diferencia puede parecer mínima, pero en la carrera de un músico lo cambia todo.
El viernes de Sonorama estaba pensado para las grandes reuniones. Love of Lesbian, uno de los nombres históricos de la relación entre el festival y el público indie español, ocupó el escenario Ribera del Duero a las 22.00. Arde Bogotá llenó horas después la Plaza del Trigo en uno de los conciertos sorpresa más multitudinarios de esta edición, con más de 17.000 personas.
En medio de esa jornada, Carlos Ares consiguió algo quizá más difícil: convertirse en una de las historias del día sin necesitar el factor sorpresa.
Europa FM lo resumió después de la jornada con una expresión especialmente significativa: “encumbra a Carlos Ares”.
El verbo importa.
Porque Sonorama lleva años funcionando como un termómetro de la música española. Su cartel no solo reúne artistas que ya han alcanzado una determinada dimensión, sino que también permite observar quién está preparado para dar el siguiente paso. El festival ha sido, históricamente, un lugar en el que determinadas bandas y solistas han pasado de la promesa a la realidad delante de miles de personas.
Carlos Ares parece estar atravesando precisamente ese momento.
Su paso por Aranda tiene además una lectura especial por su propia trayectoria dentro del festival. En 2024 todavía era presentado desde el territorio de la revelación. En 2026 aparece en la programación junto a artistas capaces de llenar grandes escenarios y, sobre todo, con un público que ya conoce sus canciones.
La evolución no está únicamente en el tamaño del escenario.
Está en la forma en la que se escucha.
Ares consiguió que la conversación del viernes no se limitara a los nombres más evidentes del cartel. Y eso, en un festival de cinco escenarios y decenas de actuaciones simultáneas, es una forma bastante precisa de medir el impacto de un concierto.
La noche continuó después con Sexy Zebras, Niña Polaca, Samuraï, Depresión Sonora y una programación que se prolongó hasta prácticamente el amanecer. Pero el concierto de Carlos Ares había dejado ya una de esas señales que explican por qué los festivales siguen siendo importantes para determinadas carreras: porque permiten comprobar, en tiempo real, cuándo un artista deja de ser alguien al que hay que descubrir y empieza a ser alguien al que merece la pena seguir.
En 2024, Carlos Ares llegó a Sonorama con algo que demostrar.
En 2026, llegó con algo que confirmar.
Y salió de Aranda con una certeza: la promesa ya empieza a quedar atrás.






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