cultura

Carlos Ares y una banda que no espera a que el público entre en el concierto

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Hay una cuestión en los conciertos de Carlos Ares que resulta especialmente reveladora y que no siempre aparece cuando se habla de sus discos: la banda no espera a que el público entre en el concierto; es la banda la que lo mete dentro desde el primer minuto. No existe apenas ese periodo de adaptación habitual en el que el artista saluda, interpreta un par de canciones y espera a que el recinto vaya calentándose. En el caso de Ares, la conexión empieza prácticamente desde el primer golpe de batería. El escenario se convierte desde el principio en un espacio compartido y la distancia entre quienes están arriba y quienes están abajo desaparece con una rapidez poco habitual.

Es, probablemente, uno de los grandes secretos de su crecimiento.

La banda entiende el concierto como una narración y no como una sucesión de canciones. Cada instrumento ocupa un lugar determinado dentro de esa historia y la energía no se reserva para el final. Guitarras, batería, percusiones, teclados y voces construyen desde los primeros compases una tensión que obliga al público a mirar. Después llega la respuesta: las primeras manos arriba, los primeros coros, gente que empieza a saltar y espectadores que, incluso sin conocer todo el repertorio, terminan siguiendo el movimiento de quienes tienen alrededor.

Ahí es donde Carlos Ares consigue algo especialmente difícil: no necesita pedirle al público que participe porque la propia música provoca la participación.

La banda tiene además una presencia que impide que el concierto quede reducido a la figura de Ares. No existe la sensación de estar ante un cantante acompañado por músicos que esperan su turno. Cada integrante tiene una función escénica y musical concreta y el conjunto adquiere una personalidad propia. Cuando las canciones crecen, crecen todos. Cuando se detienen, el silencio también parece formar parte del espectáculo. Y cuando llega el siguiente golpe, el público ya está preparado para recibirlo.

Eso genera una especie de efecto contagio.

Una persona empieza a cantar y la siguiente la sigue. Alguien levanta los brazos y otros lo imitan. Una canción que en el disco podía parecer íntima se convierte en un coro multitudinario. Y una melodía que apenas unos minutos antes pertenecía exclusivamente a Carlos Ares termina siendo cantada por cientos o miles de personas como si llevara años formando parte de su propia memoria.

Es ahí donde aparece la verdadera capacidad de la banda para eclipsar al público: no porque lo someta, sino porque consigue absorberlo.

Hay grupos que necesitan varios temas para encontrar el pulso de un festival. Carlos Ares parece encontrarlo desde que empieza a tocar. La razón está en una puesta en escena que no entiende la energía como un recurso que haya que dosificar, sino como el punto de partida. El concierto comienza arriba y, a partir de ahí, busca diferentes maneras de crecer.

También hay una cuestión física. Las canciones de Ares están pensadas para ser escuchadas, pero su banda las convierte en algo que se siente. El bajo, la batería y las percusiones tienen un peso que transforma el carácter de los temas. Las guitarras aportan una dimensión más orgánica y, cuando la electrónica entra en juego, el conjunto adquiere una pulsión que acerca algunas canciones al terreno de la pista de baile sin abandonar nunca la condición de banda.

Es una mezcla poco sencilla de conseguir.

Y quizá por eso funciona en públicos tan distintos.

Quien llega buscando las canciones más emocionales encuentra un espacio para escucharlas. Quien quiere saltar tiene canciones para hacerlo. Quien acude por curiosidad termina descubriendo un directo que no le concede demasiado tiempo para permanecer como espectador. Esa es una de las grandes fortalezas del proyecto: el concierto no exige que el público conozca previamente a Carlos Ares para disfrutarlo.

La banda hace el trabajo de incorporarlo.

Esto resulta especialmente evidente en los festivales. En un recinto donde conviven públicos diferentes y donde cada artista dispone de un tiempo limitado para convencer, Ares tiene una ventaja: sus canciones están construidas para crecer cuando se interpretan delante de mucha gente. El estribillo deja de ser únicamente una parte de la composición y se convierte en una herramienta de conexión. La percusión marca el movimiento. Las guitarras ensanchan el sonido. Y la voz de Ares funciona como el hilo que mantiene unido todo ese desorden.

En Sonorama Ribera, donde el artista ha vivido algunos de los momentos más importantes de su carrera, esa capacidad alcanzó una dimensión especialmente evidente. En 2025 cerró la Plaza del Trigo y consiguió que uno de los escenarios más exigentes y observados del festival terminara convirtiéndose en una celebración colectiva. Un año después regresó a Sonorama en un escenario de mayor tamaño, una evolución que no solo habla del crecimiento de su nombre, sino de la confianza que existe ya en la capacidad de su directo para sostener grandes audiencias.

Y ahí aparece otra de las características de la banda: no pierde intimidad cuando aumenta el tamaño del escenario.

Es probablemente uno de los mayores riesgos cuando un artista pasa de las salas a los festivales. Cuanto más grande es el recinto, más fácil resulta que desaparezca la sensación de cercanía. Con Carlos Ares ocurre algo distinto. La banda consigue mantener una especie de conversación permanente con el público. Hay miradas, gestos, movimientos, llamadas y respuestas. El escenario puede ser enorme, pero la sensación sigue siendo la de estar viendo a un grupo que toca para quienes tiene delante y no para una masa anónima.

Eso explica también su relación con Galicia y con espacios como el Náutico de San Vicente. Allí, donde la distancia física entre músicos y espectadores prácticamente desaparece, la propuesta encuentra un terreno natural. Pero lo verdaderamente interesante es que el mismo lenguaje funciona después ante miles de personas.

El tamaño cambia.

La conexión no.

Quizá esa sea la mejor forma de explicar por qué Carlos Ares está creciendo a la velocidad que lo está haciendo. No es únicamente una cuestión de canciones, premios, festivales o entradas vendidas. Hay artistas con todos esos elementos que, sin embargo, no consiguen convertir un concierto en un acontecimiento.

Ares sí.

Porque la banda no se limita a interpretar sus canciones.

Las empuja hacia el público.

Y el público las devuelve multiplicadas.

Por eso sus conciertos tienen una característica que resulta difícil de fabricar y todavía más difícil de mantener: la sensación de que todo empieza en el mismo instante en que empieza la música. No hay una espera demasiado larga para que llegue el momento importante. El momento importante es el principio.

Y desde ahí, el concierto solo puede crecer.

Quizá por eso quienes han visto a Carlos Ares en directo suelen hablar menos de una canción concreta que de una sensación general: la de haber estado dentro de algo. Esa es la verdadera victoria de una banda que todavía tiene mucho camino por recorrer. No conseguir que el público mire al escenario, sino conseguir que, durante un rato, el escenario parezca estar en medio del público.

Ahí está Carlos Ares.

Y ahí está, probablemente, una de las claves de su futuro.

Andrés Grande
Fundador de Visto de Otro Lado. Apasionado por contar buenas historias desde los 14 años, combinando periodismo, comunicación digital y diseño para conectar con la cultura, la ciencia y la tecnología.

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