Crónicas

CRÓNICA: The xx en Way Out West 2026

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Hay conciertos que se sostienen por el volumen y otros que viven de lo que ocurre en los huecos que deja la música. Salieron al escenario Flamingo sin prisas, casi con la timidez de quien entra en una casa ajena a oscuras. Nueve años (!!!!) habían pasado desde la última vez que Romy, Oliver y Jamie pisaron este mismo recinto. Nueve años en los que la industria musical ha cambiado radicalmente de piel, volviéndose más ruidosa, más acelerada y bastante más ansiosa por llamar la atención a cualquier precio. Por eso mismo, verlos reaparecer fue como retomar una conversación íntima exactamente en el mismo punto donde se quedó en 2017.

En este momento donde el circuito de grandes festivales parece una competición desbocada por ver quién mete más pantallas gigantes, más llamaradas, más visuales saturadas y más estribillos pensados para los quince segundos de gloria de TikTok, lo de The xx resulta un acto de resistencia terco y hermosísimo. No hay cuerpo de baile, no hay discursos sobreactuados para buscar el aplauso fácil del respetable ni trucos de producción diseñados para la pantalla del teléfono. Lo que hay sobre las tablas son tres personas alineadas frente al público, defendiendo una idea muy clara: que el silencio, la pausa y el detalle valen tanto o más que la traca final.

El arranque con Crystalised funcionó como una toma de contacto perfecta con la plaza. Bastó ese arpegio de guitarra suspendido en el aire húmedo para que la multitud, que venía de dispersarse por el parque, apretara el paso, se acercara al frente y guardara un respeto absoluto. A partir de ahí, el concierto fue desplegando su arquitectura sin un solo altibajo. Escuchar a estas alturas temas como Say Something Loving o VCR entrañaba el peligro de sonar a ejercicio de nostalgia calculada, pero la actitud de la banda desarmó cualquier sombra de cinismo. Ha pasado mucho en estos nueve años, pero en cierta manera nos lo han ido contando, metiendo en el setlist hasta cinco diferentes temas en solitario de Romy, Oliver y Jamie.

La clave de todo sigue estando en esa química tan particular entre Romy Madley Croft y Oliver Sim. Es una sintonía imposible de ensayar o impostar.  Una forma de buscarse con la mirada a mitad de estrofa, de cruzarse las voces en un murmullo casi confidencial, como dos amigos que siguen tocando en la misma habitación a oscuras donde empezaron a componer cuando eran adolescentes. Un gesto mínimo en el bajo de Oliver o una nota limpia de la guitarra de Romy bastaban para levantar multitudes sin necesidad de elevar el tono ni una sola vez.

Jamie xx ejerció de columna vertebral de todo el engranaje. Sin buscar un protagonismo innecesario, desde su posición trasera fue dosificando los ritmos y empujando las canciones desde abajo con un pulso impecable. Sabía perfectamente cuándo mantener la contención y cuándo abrir el abanico hacia terrenos más físicos. Fue precisamente esa mano sabia la que permitió que el tramo final, con On Hold y I Dare You como punta de lanza, transformara la helada de Gotemburgo en una celebración colectiva, que culminó con la archifamosa Intro. Pusieron a bailar a miles de personas, pero sin romper en ningún momento esa atmósfera de elegancia y contención que habían construido desde el primer minuto.

Fue una hora y media de concierto sin trampa ni cartón, construida desde el respeto absoluto al oyente y con la lección bien aprendida: que cuando la música tiene verdad y las canciones están vivas, no hace falta armar demasiado ruido para dejar una huella profunda.

Foto: Jennie Sjölund

Foto: Jennie Sjölund

Jorge Vicente
Especializado en comunicación y diseño, Jorge escribe sobre tecnología, cultura y música.

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