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Crónicas Urgentes Ferias 2026 | Día 2

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“Circunstancias ajenas a su control”. Eso argumentó Tony Hadley en redes cuando, en 2017, anunció que dejaba de ser miembro de Spandau Ballet. La frase llegaba después de una historia complicada: la separación del grupo, casi dos décadas de distanciamiento, un regreso que parecía imposible y hasta una batalla legal por los derechos de las canciones. Cuando finalmente volvieron a reunirse, parecía que las heridas habían quedado atrás. No fue así.

Hadley nunca quiso explicar del todo qué había ocurrido. Con el tiempo sí dejó caer que sus antiguos compañeros habían dejado de comportarse como amigos, una afirmación tan dolorosa como deliberadamente inconcreta. Por el camino quedaron un recopilatorio, The Story – The Very Best of Spandau Ballet, y el documental Soul Boys of the Western World, dos piezas que ayudaron a reconstruir la historia de una banda fundamental para entender aquello que se llamó New Romantic en el pop de los ochenta.

Ahora Hadley llegaba a Salamanca convertido, definitivamente, en custodio de aquel legado mientras el resto no mueva ficha. Era el qué quedaba de aquellos Spandau Ballet cuando las canciones ya no pertenecen al pasado, sino al presente. Nostálgico, sí, pero presente al fin y al cabo.

Pero empieza a llover.

No fue una lluvia decorativa ni una de esas tormentas que aparecen para dar dramatismo. Llovió desde que Tony Hadley salió al escenario de la Plaza Mayor y comenzó Instinction, y prácticamente no dejó de hacerlo durante todo el concierto. Hadley, sin embargo, decidió que aquello no iba a cambiar nada. Se acercó varias veces al borde del escenario, se dejó mojar y siguió adelante con una profesionalidad que terminó convirtiendo el mal tiempo en parte del espectáculo.

Tampoco el público se movió. La Plaza Mayor no llegó a llenarse, condicionada por una noche especialmente poco amable, pero quienes habían decidido acudir resistieron bajo el agua hasta el final. Hadley se lo agradeció en varias ocasiones. Había algo parecido a un pacto entre escenario y plaza: si ellos aguantan, él también.

A sus 66 años, Hadley conserva intacta la herramienta fundamental. La voz no solo sigue ahí: continúa teniendo autoridad para enfrentarse a un repertorio que exige mucho más que la mera evocación de una época. Desde que arrancó, el cantante se aplicó a un cancionero que recorre buena parte de la trayectoria de Spandau Ballet y que demostró, una vez más, que hay canciones capaces de sobrevivir a las décadas sin convertirse, ay,  en piezas de museo.

 

To Cut a Long Story Short, Highly Strung, Only When You Leave o Turn Me On fueron cayendo con una naturalidad que desactivaba cualquier sospecha de ejercicio puramente recordatorio. La nostalgia puede vender entradas, pero no sostiene un concierto, no se equivoquen. Para eso hacen falta canciones y alguien capaz de defenderlas.

Y Hadley tiene además una banda a la altura. Tim Sandiford a la guitarra, Phil Williams al bajo, Timothy James Bye a la batería, Tim Oliver a los teclados y Lily Gonzalez en percusión y coros entre otros, forman un grupo compacto, poderoso y extraordinariamente bien engrasado. Hadley, y esto le honra, no se comporta como una estrella que necesite ocupar todo el espacio. Al contrario: deja respirar a los músicos, les concede protagonismo y establece con ellos una interacción constante.

Gonzalez adquiere un peso especial. Sus intervenciones en la segunda voz aportan otra dimensión a varias canciones y la complicidad con Hadley se hace especialmente visible en Through the Barricades. El tema se convierte en uno de los momentos para la hemeroteca de la noche, precisamente porque no se trata de reproducir una grabación conocida sino de volver a construirla delante del público.

Pero antes habían ocurrido muchas cosas. Alibi, canción de A Star Is Born, resultó espectacular en la interpretación de Hadley. I’ll Fly for You apareció irresistible, con esa capacidad que tienen algunos grandes temas para convertir una plaza entera en un lugar familiar. Y Soul Boy encontró una prolongación natural en Walk of Shame, introduciendo en el repertorio una muestra de su carrera posterior y recordando que Hadley no ha dejado de grabar y actuar lejos de aquella banda. True llegó desnuda.

Solo guitarra y voz. Sin artificios. Sin la posibilidad de esconder nada detrás de una banda o una producción espectacular, porque además -estupida lluvia- hubo un instante de pánico con algunos problemas técnicos. Fue un momento delicado, casi suspendido en mitad de la lluvia, que volvió a poner de manifiesto aquello que había quedado claro desde el principio: la voz de Hadley sigue siendo intachable. Después llegó Gold y todo cambió.

La delicadeza dio paso a la explosión. La Plaza Mayor se convirtió en un gigantesco coro mientras Hadley cantaba bajo la lluvia y el público hacía suyo cada verso. Por unos minutos desaparecieron los años, y solo quedó una canción compartida. Uno de esos momentos en los que parece que todo el mundo es inocente de todo.

Fue una comparecencia elegante. La de un hombre que ya no tiene nada que demostrar y que, sin embargo, sigue siendo imprescindible para entender qué ocurrió con el pop británico de los ochenta. La nostalgia pudo ser el reclamo; pero la solvencia de su directo, fue la justificación.

 

A todo esto antes, estrenó el que suscribe  el segundo escenario de las ferias. El parque Elio Antonio de Nebrija se hacía con el cartel inaugural de los bolos anunciados allí para estos días. La posibilidad de poder encontrarme de nuevo con Al Límite se hacía un must para no perderselo. La banda sonó poderosa y engrasada en las cuatro canciones propias, lo más importante a mi modesto entender del abultado setlist que tenían y que abarcaba 23 temas, con ese riff ganador que abre Mejor en París, o el ritmo trotón irresistible de Pobre Marilyn. Ojala sea esa la senda de todo lo que venga en el futuro, porque la banda lo merece.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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