No fue un concierto. O no exactamente. Fue una celebración. Una fiesta absoluta.
Gente de Zona salió en tromba a la Plaza Mayor de Salamanca y durante casi dos horas apenas necesitó explicar nada. Tampoco hacía falta. Bastaban los primeros compases de cada canción para que miles de personas supieran qué venía después. Bailando puso en marcha una maquinaria que ya no se detendría, construida sobre una banda magnífica, un cuerpo de baile en movimiento constante y dos cantantes que demostraron desde el principio que el espectáculo no estaba reñido con la solvencia musical.
Alexander Delgado y Randy Malcom estuvieron impecables de voz y extraordinariamente profesionales. No necesitaron sobreactuar ni reclamar una atención que ya tenían ganada. El concierto funcionaba a velocidad de crucero, impulsado por unas percusiones y unos vientos que llevaban las canciones muy arriba. Detrás de ellos, las bailarinas añadían movimiento y color a un espectáculo cuidadosamente medido, pero con la virtud de que nada parecía forzado ni impuesto.
Porque la música urbana se ha asociado tradicionalmente con los más jóvenes, pero anoche esa frontera resultaba imposible de encontrar. Había veinteañeros, adultos, gente mucho mayor y espectadores de procedencias muy diferentes. Los protagonistas preguntaron de dónde venía el público y fueron apareciendo Venezuela, Perú, Ecuador y otros países latinoamericanos. También Salamanca. La respuesta acababa dibujando una plaza convertida en un auténtico crisol de nacionalidades.
Ahí estaba una de las claves de la noche. No reivindicaban únicamente su música ni siquiera únicamente Cuba. Reivindicaban algo más amplio: la posibilidad de que lo latino se convierta en un territorio compartido, una manera de reconocerse en las canciones, en el baile y en una forma de entender la celebración.
El repertorio ayudaba. Si No Vuelve, Muchacha, Rico Cantidad, Somos Tú y Yo, Se Le Pasa o Te Duele fueron construyendo un espectáculo en el que apenas había espacio para el descanso. Las canciones llegaban acompañadas por coreografías constantes y una puesta en escena que conocía perfectamente sus tiempos. La llegada de Traidora fue de muchos kilates.
Uno de los momentos imperdibles llegó con Macarena. Revisaron el célebre éxito de Los del Río y convirtieron la canción en otra pieza de la fiesta, dando protagonismo a varias chicas que subieron al escenario para bailar. El gesto decía bastante del concepto del espectáculo: las canciones podían ser conocidas, pero todavía había espacio para jugar con ellas, transformarlas y devolverlas al público convertidas en otra cosa.
La banda, mientras tanto, seguía empujando desde atrás. Las percusiones y los vientos daban músculo a las canciones y evitaban que todo quedara reducido a una sucesión de éxitos reconocibles. Había oficio, mucho oficio, y una maquinaria perfectamente engrasada que no necesitaba presumir de estarlo.
Y, claro, quedaba La Gozadera para cerrar la noche.
A esas alturas ya no parecía ser solamente una canción. Era casi religión. La Plaza Mayor, abarrotada, se convirtió en un gigantesco coro mientras Alexander y Randy llevaban el espectáculo hacia su final. Ya no importaban las edades ni los países de procedencia. Tampoco quién había llegado buscando reguetón, quién venía por las canciones de Gente de Zona o quién simplemente se había acercado atraído por la fiesta. Todo aquello había terminado formando parte de lo mismo.
Quizá ahí esté precisamente la paradoja de una música que todavía se considera patrimonio de los jóvenes.
Oriol Rosell se pregunta en el excelente Matar al papito qué ocurre cuando una música que muchos adultos han mirado con distancia o desprecio deja de ser una novedad generacional, y pasa a formar parte de la cultura popular. El pase de estos dos, ofreció anoche una posible respuesta. Y no hacía falta teorizar demasiado para verla. Bastaba con mirar la Plaza Mayor.






Comentarios