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Crónicas Urgentes, Ferias 2026 | Día 4

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Quizá sea demasiado pronto, o no, para hablar de relevo generacional. Las grandes bandas del pop español no se sustituyen de un día para otro y, desde luego, no basta con llenar una plaza para ocupar el lugar de quienes durante décadas construyeron la banda sonora popular de varias generaciones. Pero hay momentos en los que empieza a ser difícil no hacerse la pregunta.

Llegaban los de Parla a la Plaza Mayor de Salamanca convertidos en una banda grande. Muy grande. Y, sin embargo, hubo algo desconcertante en comprobar que seguían pareciendo exactamente lo contrario: un grupo de amigos disfrutando de canciones que conservan una frescura casi adolescente, como si el éxito no hubiera conseguido modificar demasiado las reglas del juego.

De sus veces en la ciudad recuerda el que suscribe una después del confinamiento, en Potemkim, con las sillas todavía marcando la distancia de aquellos tiempos extraños. Aquello parece pertenecer ahora a otro mundo. Anoche estaban en la Plaza Mayor, elevados sobre plataformas, rodeados de proyecciones espactaculares y con Robert Amor atravesando al público dentro de una gigantesca esfera transparente. Entre una imagen y otra caben unos cuantos años y, sobre todo, un crecimiento descomunal.

Buena parte de ese crecimiento tiene un nombre: El fin del mundo. El hitazo que cambió la carrera de La La Love You y convirtió una canción aparentemente sencilla en uno de esos himnos capaces de escapar de su propio público. Pero lo verdaderamente interesante es que el éxito no parece haberles obligado a renunciar a aquello que los hace reconocibles.

La música sigue siendo tan simple, fresca e, ojo a esto, inofensiva como siempre. Y quizá ahí esté una de sus mayores virtudes.

El concierto fue una sucesión de píldoras de empuje juvenil hechas para ser gritadas a pulmón. Una boda en Las Vegas, Más colao que el colacao, Big Bang, Los ojos, chica, no mienten, Laponia o Las medusas no tienen corazón fueron demostrando que la fórmula no necesita demasiadas explicaciones. En particular, esas dos, funcionaron como ejemplos perfectos de esa frescura que la banda conserva intacta.

Porque una cosa es hacer canciones sencillas y otra muy distinta hacer que funcionen. Para lo segundo hace falta oficio.

Y la banda lo tiene. Mucho más del que a veces deja entrever la aparente ligereza de sus canciones. Roberto Amor y David Merino se mueven por el escenario con una naturalidad contagiosa, ayudándose constantemente. Son encantadores, casi inocentes, y esa actitud no tiene que ver con la falta de experiencia. Al contrario: parece el resultado de haber aprendido a tocar muy bien sin necesidad de demostrarlo a cada minuto.

 

También la llegada de Mía Berlín al bajo parece haber reforzado esa sensación de banda. No se trata de decidir si es mejor o peor que su predecesora, Lydia Carré. Es otra etapa y Berlín la afronta con una presencia escénica digna, sólida y perfectamente integrada en el engranaje. La banda cambia, crece, incorpora nuevos elementos y, sin embargo, continúa sonando a La La Love You. Oscar Hoyos nos pasea el fantasma de Travis Barker flotando en la plaza, y eso es mucho decir.

Y se hizo especialmente evidente con las canciones nuevas. ¿Por qué me miráis así?, el álbum publicado este año, podría haber supuesto una interrupción en un repertorio construido alrededor de canciones que el público ya conoce de memoria. No ocurrió. Alguien ha boicoteado el ponche, El hombre del tiempo, La mitad de la mitad o Las medusas no tienen corazón no parecieron números introducidos a la fuerza para presentar un disco nuevo. Sonaron como una prolongación natural de lo anterior.

Y eso, para una banda que ha crecido tanto, quizá sea más importante de lo que parece.

El grupo ha conseguido algo que no siempre resulta sencillo: hacerse enorme sin perder la sensación de espontaneidad. El concierto avanzó con una rapidez amable, nunca atropellada. Todo parecía medido y, al mismo tiempo, nada impuesto. Incluso el despliegue visual —los ovnis, las plataformas, la esfera transparente en la que Robert se lanzó a atravesar el público— conservaba algo juguetón.

Y luego están los Ramones.

Su sombra apareció durante toda la noche, no como una referencia decorativa sino como una manera de entender la música: canciones directas, melodías inmediatas, energía y cero necesidad de complicar aquello que funciona. La La Love You ha entendido muy bien que la sencillez puede ser una forma de sofisticación cuando detrás existe una banda capaz de tocarla con precisión.

Hubo también espacio para mirar hacia atrás. Mi vida rosa, de Los Romeos, y Tenía tanto que darte, de Nena Daconte con el celebérrimo “Hey Ho Let´s Go” la primera, demostraron que su manera de acercarse a las canciones ajenas pasa por hacerlas propias sin convertirlas en piezas de museo. Pero el tramo final fue otra cosa.

El principio de algo comenzó con una guitarra acústica que Roberto Amor defendió con notable solvencia. Después llegaron Que nada nos pare y, finalmente, El fin del mundo. Para entonces ya no quedaba demasiado por demostrar. La Plaza Mayor cantaba, bailaba y devolvía a la banda todo lo que había recibido durante el concierto.El fin del mundo terminó con la plaza entera iluminada y cantando. Quizá ahí esté la respuesta provisional a aquella pregunta inicial.

El relevo generacional no se decreta. Lo decide el público a mi modesto entender. Y no se cuantifica solamente en entradas vendidas o en el tamaño de los escenarios. También se mide en la cantidad de gente que ha aprendido tus canciones y las canta como si llevaran toda la vida ahí.

 

En el otro escenario, en el Parque Elio Antonio de Nebrija, Victoria Mesonero celebraba los quince años de No Cantes Victoria. He podido verla desde sus comienzos y es una gozada contemplarla ahora reinando sobre el escenario, más segura, más empoderada y dueña de una propuesta que ha ganado en elegancia sin perder sensualidad. Sus canciones rezuman savoir faire, mientras la cadencia de los estándares y de sus propias composiciones dibuja un concierto de exquisita factura. Y hay algo especialmente hermoso en comprobar que, después de todo este tiempo, parece que los años no pasan por su voz. Esa horrible palabra que nadie que se mueva en conciertos quiere oír, me refiero a solape, nunca ha sido más dolorosa para un servidor.

 

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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