Lo dijeron desde el escenario. Era la primera vez que La Plazuela tocaba en Salamanca. La vez anterior estuvieron anunciados, pero aquello acabó convertido en uno de esos episodios absurdos, y rimbombantes, de la historia de los festivales, con el evento suspendido por los problemas (?) de sus promotores. Esta vez no hubo que rescatar nada.
La Plaza Mayor recibió a los de Granada con una entrada espectacular, aunque sin llegar al lleno. Y desde los primeros compases de Si Miro Pa Tras quedó claro que no estábamos ante un grupo dispuesto a ponérselo fácil a nadie. Ni siquiera a sí mismo.
La música del dúo está llena de recovecos. Las canciones cambian de forma, incorporan capas, se detienen, aceleran, vuelven sobre sí mismas y encuentran nuevos caminos sin perder nunca el hilo. Sobre el papel puede parecer una mezcla de flamenco, electrónica y funk. En directo se descubre que es algo bastante más complejo. Y que funciona.Mucho.
Manuel Hidalgo y Luis Abril son los protagonistas, pero uno de sus grandes aciertos es que no necesitan comportarse como si todo dependiera exclusivamente de ellos. Se alternan, se ceden espacio, Luis se pone la guitarra en numerosos momentos y ambos parecen entender el escenario como un lugar de complicidad antes que como un escaparate. Las dos voces en perfecto estado, se van intercambiando.
A su alrededor, la banda hace el resto. Ignacio Morales a la guitarra, José Luis Mesa al bajo, Javier Moreno a la batería, Antonio Carmona a la percusión y Alejandro Duato a los teclados sostienen unas canciones que necesitan músicos capaces de entender sus constantes transformaciones.
Y luego están Carmen Cortés y María Blanco.
Las dos coristas realizan un trabajo extraordinario durante todo el concierto, reforzando las canciones y alternándose en distintos momentos. En De Dos en Dos su aportación resulta especialmente importante, pero su presencia termina siendo una de esas cosas que quizá no llaman la atención de inmediato y que, sin embargo, explican buena parte de lo que está ocurriendo.Porque no parecen hacer canciones de una sola pieza.
Sólo Eres Pa Mí fue una demostración magnífica. Comienza casi con timidez y va creciendo poco a poco hasta convertirse en una especie de paquidermo sonoro, cada vez más grande, cada vez más difícil de ignorar. Algo parecido ocurre en otros momentos del repertorio. Eterna Primavera acelera sin caer en la estridencia. Si Lo Callo Muero adquiere, casi todas en realidad, un carácter agitanado. Las canciones están llenas de pequeños cambios, de subidas y bajadas que funcionan como diminutas montañas rusas. Los santos que invocan además, son obvios.Pata Negra está ahí. También el rock andaluz de Alameda o Triana. No como una reproducción arqueológica de aquellas músicas, sino como una memoria que atraviesa las canciones y dialoga con todo lo que ha venido después.
Quizá por eso la etiqueta de «revolucionarios del costumbrismo andaluz» que les endilgo hace tiempo alguien,empieza a tener sentido cuando se les ve en directo. Electrónica, funk, flamenco hasta ecos de música de club.Y hasta Aphex Twin. No significa que se convierta de repente en una rave. Pero sí demuestra hasta qué punto la electrónica forma parte de la arquitectura de la propuesta. No es un adorno contemporáneo colocado sobre una canción flamenca. Es uno de los materiales con los que la canción está construida.
Después de Calabajío y Tu Palabra, un minimalista solo de batería abrió uno de los bloques más poderosos de la noche. Mala de Verdad y El Lao de la Pena fueron pura crema, con unos desarrollos instrumentales que permitieron comprobar que debajo de toda aquella apariencia festiva hay una banda con muchísimo oficio.Todo al servicio de las canciones.
La audiencia había entrado de forma espectacular y respondió durante buena parte del concierto. Poder oír La Cara de Dios, desembocando en la esperada Péiname Juana con miles de voces prisioneras del himno, cantando, fue un must para entender el pase.
B12, Realejo Beach y Tangos de Copera transformaron el escenario en una especie de Studio 54 pasado por Granada. La electrónica tomó definitivamente el mando y la Plaza Mayor dejó de parecerlo para convertirse en discoteca. Y ahí estaba quizá la gran paradoja de La Plazuela: después de una hora larga de canciones llenas de capas, cambios, referencias y desarrollos, todo terminaba reduciéndose a algo tan sencillo, y maravilloso, como bailar. Están haciendo algo parecido a lo que otras generaciones hicieron antes con la música popular de su tiempo: coger aquello que pertenece a un lugar, mezclarlo con aquello que pertenece al presente y comprobar qué sucede. La alegría de vivir que suena al final.
Antes de La Plazuela, Juan Anselmo había afrontado un slot lujosisimo en uno de esos escenarios que obligan a tomarse las cosas muy en serio. El salmantino preparó para la Plaza Mayor un espectáculo especial, muy por encima de la idea de simple acto de apertura. Una banda de primer nivel, un cuerpo de baile, cambios de vestuario y un concepto que sobrevolaba toda la propuesta: el viaje. Su música, fresca y curiosa, cruza pop y electrónica con elementos procedentes de distintas tradiciones y del folklore. Hay mérito en llegar a una cita tan especial con una propuesta tan trabajada. No parecía el protagonista estar ocupando el tiempo antes de que llegara el plato principal. Parecía estar empezando a construir su propio lugar, y eso es mucho decir.






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