cultura

Crónicas Urgentes. Ferias 2026 | Día 6

0

Hay bandas y artistas que forman parte de la banda sonora de una generación. M-Clan es una de ellas. Su cancionero ha acompañado carreteras, noches, bares, rupturas, celebraciones y todo aquello que suele quedar asociado a una canción cuando deja de pertenecer solamente a quien la escribió, y empieza a formar parte de la vida de los demás. Por eso esta gira de treinta aniversario -siendo justo ya había pasado, pero ese es otro tema- era una buena manera de comprobar hasta qué punto esa condición de clásico seguía vigente. También de preguntarse si tiene sentido volver a poner esos temas sobre un escenario, cuando muchas de ellas llevan décadas formando parte de la memoria colectiva.

La Plaza Mayor estaba abarrotada, cerramiento incluido, cuando la banda salió, y quizá lo primero que quedó claro fue que aquello no iba a sonar solo como una celebración de su esplendoroso pasado. Sonaba, sorprendentemente, como una banda tocando en presente.

La formación actual es, en ese sentido, un acierto absoluto. Carlos Tarque sigue en el mismo modo de siempre: en el de un dios del rock. Los años están ahí, naturalmente, pero la voz conserva una potencia extraordinaria y, sobre todo, la capacidad de enfrentarse a estas canciones sin que parezcan reliquias. Ricardo Ruipérez permanece en ese segundo plano discreto que siempre ha ocupado, pero alrededor de ambos han montado una banda de un nivel estratosférico. Mara Rubio y Chapo González a las guitarras y el bajo, Sergio Bernal a la batería, Lucas Albaladejo a los teclados y la sección de metales formada por Marcos Crespo al trombón, Ernesto Millán al saxo e Iván del Castillo a la trompeta consiguen que todo suene enorme. Y todos tiran del concierto hacia arriba.

Rubio por ejemplo clava las guitarras y consigue que parezcan fáciles. Pero quizá esa sea precisamente la trampa: su presencia es tan natural que puede pasar desapercibido hasta qué punto se ha convertido en la espina dorsal de esta última formación. Calzarse las botas de Santi Campillo o de Carlos Raya no es precisamente un trámite. Mara Rubio lo hace con una solvencia que permite que las canciones sigan siendo reconocibles, sin convertirse en una reconstrucción arqueológica, ridícula por otra parte, de lo que fueron. 

El repertorio, además, tuvo la inteligencia de no plantearse como un simple greatest hits. Hubo guiños para quienes llevan tres décadas siguiendo a M-Clan y hubo estándares que cualquier concierto de la banda parece obligado a contener. Calle sin luz y Para no ver el final ofrecieron una apertura ideal, áspera y bronca, antes de que Llamando a la Tierra, aquella extraordinaria adaptación de Serenade from the Stars de Steve Miller Band, terminara de establecer las reglas de la noche. La Plaza Mayor ya estaba cantando a pulmón.

Después llegaron Souvenir, con otro momento de comunión evidente, y un Basta de blues maravillosamente malcarado. Perdido en la ciudad devolvió además una imagen inevitable: la de aquella banda que también vimos tantas veces en escenarios pequeños, en lugares como esa leyenda que todos citan y que se llama Potemkim. La primera mitad del concierto encontró después un ritmo más contenido. Roto por dentro volvió a crecer, Las palabras que me dijiste apareció deliciosa, casi acústica, y Gracias por los días que vendrán y Los periódicos de mañana bajaron las revoluciones sin conseguir, afortunadamente, que la atención de la Plaza Mayor disminuyera.

Ahí estaba otra de las virtudes de la noche: el público extrañamente no parecía necesitar que todo fuese un cañonazo. Había venido a escuchar canciones. Y quizá por eso resulta tan interesante cómo han planteado esta gira. No se trata únicamente de recordar los éxitos. Se trata de recorrer treinta años de repertorio y permitir que convivan canciones que pertenecen a la memoria más inmediata de varias generaciones, con otras que quizá llevaban tiempo esperando una oportunidad para regresar al escenario.

Usar y tirar fue bienvenida, pero quedó casi eclipsada por lo que vino después. Las calles están ardiendo se convirtió en uno de los grandes momentos de la noche. La banda se permitió construir una jam alrededor de muchos de sus pasajes, con el escenario bañado de rojo, alargando hasta casi los diez minutos y permitiéndonos ver la barbaridad de canción que han construido en el escenario. Fue, tan simple amigos, rock en estado puro. Miedo llevó la noche hacia otro territorio, con ese carácter de balada que termina alcanzando dimensiones épicas. Y Maggie despierta, su particular revisión de Maggie May de Rod Stewart,en la que Tarque se bajó al barro, volvió a demostrar cómo han sabido apropiarse de una canción ajena hasta convertirla en parte de su propia historia.

El último acto se abrió con la repesca de Sopa fría y la llegada de la droga dura. Quédate a dormir y, sobre todo, Carolina desató uno de esos momentos de hermanamiento que explican por qué algunas canciones terminan siendo mucho más grandes que sus autores. Tarque podía dejar de cantar por momentos, y confiar en que las miles de voces de delante conocían perfectamente el camino. Concierto salvaje echa el acertado cierre.La complicidad entre Tarque y Ruipérez sigue siendo evidente. Hay entre ellos algo parecido a esa relación de hermanos que uno podría encontrar, salvando todas las distancias, entre por una parte los Gallagher y por otra Kiz y Jagger. 

No sabría el que suscribe decir si eso es necesariamente bueno o malo —probablemente dependa de cuánto dure cualquier relación artística—, pero sí resulta evidente que siguen entendiéndose sobre un escenario. Si habrá o no futuro, en forma de nuevas canciones o lo que sea, es otra historia. 

Antes de M-Clan, los salmantinos Orca se merendaron con cierto aplomo el papelón de abrir una noche así. Su propuesta se mueve alrededor de un cóctel difícil de desdeñar en el que conviven soul, funk y un pop-rock de notable calado, aunque resulta especialmente adictivo que recurren también al rock experimental durante ciertos pasajes. Hubo espacio para acercarse al celebérrimo Careless Whisper y a su particular lectura de Campanera, pero son las propias lo realmente importante -”Bizarre” y “Salamank chill” son para no perderlos de vista- Justifican de sobra el slot y, sobre todo, dejan la sensación de que aquí hay una propuesta con recorrido. Lo mejor, quizá, es que pinta muy bien lo que pueda venir.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

Comentarios

Deje su respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *