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Crónicas Urgentes Ferias Salamanca 2026 | Día 1

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Hay una foto promocional de Julieta Venegas, tomada con motivo de la salida de Norteño, su último lanzamiento —disco y libro de memorias—, en la que mira a cámara sentada en la encimera de una cocina blanca. Tiene la mirada atenta y parece querer indicar algo a quien la observa. Tal vez se trata de una de esas cosas que cuenta en el libro —que, en un gesto maravilloso, ha licenciado a varias editoriales, todas pequeñas— sobre la música: que es alegría, ganas de vivir y de compartir. Una idea que, desde que sale al escenario de la majestuosa Plaza, contagia hacia abajo, hacia la gente.

No es ninguna novedad para quien haya seguido su carrera. Ya desde los tiempos, que parecen tan lejanos ahora, de Tijuana No, ha sido una constante en su trayectoria.

La Plaza está abarrotada. El público recibe el comienzo con cierta expectación, que irá transformándose poco a poco en entrega mientras Venegas navega por un setlist largo y generoso, que recorre su trayectoria sin dejar de presentar Norteño. Y quizá lo más significativo sea precisamente eso: las canciones del nuevo disco no parecen necesitar presentación. Se integran en el repertorio con una naturalidad que dice mucho de un álbum que, a mi juicio, merece ser escuchado sin dejar de mirar también al libro.

Venegas lleva una banda estratosférica, de esas que hacen que todo parezca fácil. Gaby Romero parece su mano derecha sobre el escenario y la acompaña con su guitarra durante prácticamente todo el concierto; solo se aparta cuando Julieta se queda sola al piano. Panky Malissia carga con buena parte del peso desde detrás del kit, mientras Dr. Taba se multiplica entre guitarras, samplers y teclados solo por citar a algunos. El resultado es una maquinaria de una solvencia extraordinaria que permite que las canciones respiren y cambien de piel sin que apenas se perciba el esfuerzo.

Y Julieta está cerca. Da las gracias, habla de las canciones, cuenta cosas, se emociona al comprobar que la Plaza está llena y, sobre todo, parece disfrutar de estar allí tanto como quienes han ido a verla. La complicidad con los músicos es absoluta: se miran, se buscan, se sonríen y parecen saber en cada momento hacia dónde va la canción. La nostalgia, Amigas, Andar conmigo, Eres para mí… las canciones van pasando y con ellas se va estrechando la distancia entre el escenario y la Plaza.

Y entonces llega Lento. Suena a gloria. Julieta se queda sola al piano y la canción encuentra ahí la intimidad que merece. La Plaza, abarrotada, hace algo que no siempre es fácil en un concierto de estas dimensiones: callar y escuchar. Es uno de esos momentos en los que un concierto multitudinario consigue, por unos minutos, hacerse pequeño.

Después, el concierto vuelve a crecer. Terca suena estupenda y devuelve el pulso a la banda, antes de que Andar conmigo abra el último acto del concierto entre una de las mayores celebraciones de la noche. A esas alturas, la distancia entre Julieta y la Plaza prácticamente ha desaparecido. Las canciones pasan de unas a otra con una naturalidad que parece inevitable.

Y entonces llegan Eres para mí, Mismo amor, Algún día y Me voy. Los grandes momentos se agolpan. Ya no hace falta que Julieta explique demasiado: las canciones hacen su trabajo y la Plaza responde.

El bis fue mundial. A dónde va el viento, Limón y sal y El presente sonaron estupendamente y la Plaza hizo el resto: bailar y cantar. No era solo Limón y sal, aunque, claro, también era Limón y sal. Era la manera en que la banda había llegado hasta allí, tocando con una alegría que abajo se multiplicaba, un pase de altura.

La noche la había abierto muy acertadamente la esperanzadora presencia de. Nereida. La  artista salmantina arrancaba las ferias con su soft-pop aflamencado y elegante, que sonó fresco y cercano. Se hizo con el escenario desde el principio, arropada por una buena banda en la que el que suscribe destacó el trabajo del batería Miguel Valdés. El setlist, desde que abrió con “Valgame Dios”, muy cuidado para una noche tan especial, dejó claro que había entendido de sobra la importancia del escenario que tenía delante, y decidió -sin que le viniera grande en ningún momento, y eso es una noticia magnífica- hacerlo suyo. Las traslaciones de “La Tortura de mi Mente” o de una inmensa “La Llorona” fueron acertadisimas, y solo confirman que no es apresurado entusiasmarse con lo que pueda venir.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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