Hay artistas que encajan en un género. Otros construyen el suyo propio. Carlos Ares pertenece a esta segunda categoría. Lo demostró este sábado en Zamora, donde transformó el histórico entorno del convento de San Francisco en un espacio suspendido entre la tradición y la modernidad, entre la canción de autor y el rock alternativo, entre el folk atlántico y una experimentación sonora difícil de clasificar.
En tiempos dominados por algoritmos que ordenan la música en compartimentos cada vez más precisos, la propuesta del músico gallego reivindica justamente lo contrario: la libertad de mezclar influencias sin necesidad de justificar el resultado. Y quizá por eso su concierto dentro del ciclo La Liturgia del Vermú tuvo algo de acontecimiento singular.
Ares apareció acompañado por una banda de seis músicos que funciona más como un organismo colectivo que como una simple formación de acompañamiento. Sobre el escenario convivieron guitarras españolas, acústicas y eléctricas, violín, bongós y percusiones heterodoxas capaces de convertir objetos cotidianos en instrumentos. Todo parecía formar parte de una misma búsqueda: encontrar nuevos matices sonoros sin renunciar a la emoción.
Una banda que convierte cada canción en un paisaje
Si algo explica la singularidad del proyecto de Carlos Ares es la calidad y personalidad de los músicos que lo acompañan sobre el escenario. Lejos de funcionar como una simple banda de respaldo, el grupo actúa como una pequeña comunidad creativa donde cada integrante aporta una identidad propia al conjunto.
En Zamora, Ares estuvo arropado por el teclista Sergio Delgado, responsable de buena parte de las atmósferas que envuelven las canciones; por la violinista Mikaela Vázquez, una de las instrumentistas más solicitadas de la nueva escena española, capaz de llevar el violín desde la delicadeza folk hasta territorios cercanos al pop experimental; y por Begut (Beatriz Gutiérrez), guitarrista, compositora y cantante cuya presencia escénica aporta una energía luminosa y un contrapunto vocal fundamental.
Junto a ellas estuvieron Tony Finu (Antonio Tamargo) al bajo, sosteniendo con precisión el armazón rítmico de una propuesta llena de cambios de textura; Lina de Sol, que asumió la guitarra en sustitución de Marcos Cao durante esta cita zamorana; y Carlos Coronado, encargado de la batería en ausencia del titular de la formación, Christian Delgado.
El resultado fue una maquinaria perfectamente engrasada en la que cada instrumento parecía ocupar exactamente el lugar necesario. Tres guitarras conviviendo sobre el escenario, violín, teclados, percusiones heterodoxas y armonías vocales construyeron un sonido orgánico, exuberante y difícil de encontrar en el panorama actual.
Más que acompañar a Carlos Ares, los músicos participaron en la creación de una experiencia colectiva donde cada canción parecía crecer desde la complicidad de un grupo que entiende la música como un ejercicio compartido. Quizá ahí resida parte del secreto de unos directos que, más que conciertos, terminan pareciendo celebraciones.
La puesta en escena escapó de cualquier artificio grandilocuente. No hubo necesidad de efectos espectaculares ni de una producción excesiva. La fuerza residía en otro lugar: en la capacidad de la banda para construir atmósferas cambiantes, pasando de la delicadeza acústica a momentos de intensidad eléctrica con una naturalidad poco habitual.
Parte importante de esa identidad recae también en las voces femeninas que acompañan al artista gallego. Su presencia aportó profundidad coral a un repertorio que alterna desenfado, sensibilidad poética y una mirada filosófica sobre las pequeñas cuestiones cotidianas. Hay ecos lejanos de la tradición de la canción de autor española, pero filtrados por una sensibilidad contemporánea que evita la nostalgia y busca constantemente nuevos caminos.
El escenario contribuyó a amplificar la experiencia. Mientras la tarde avanzaba y los últimos tonos rojizos del cielo comenzaban a teñir las piedras centenarias del antiguo convento, el concierto fue adquiriendo una dimensión casi ritual. El público, inicialmente disperso entre conversaciones y vasos de vermú, terminó concentrando su atención en el escenario. No tanto por una exhibición de virtuosismo como por la capacidad de las canciones para generar una sensación compartida de pertenencia.
Con apenas dos discos publicados, Peregrino y La Boca del Lobo, Carlos Ares se ha consolidado como una de las voces más interesantes de la nueva escena musical española. Antes de emprender su carrera en solitario ya había desarrollado una reconocida trayectoria como productor, compositor y arreglista. Sin embargo, es en directo donde su propuesta encuentra una dimensión más completa.
Lo ocurrido en Zamora confirmó esa impresión. Más allá de canciones concretas o momentos aislados, quedó la sensación de haber asistido a una propuesta artística con personalidad propia, una rareza cada vez más valiosa en un panorama cultural donde la homogeneización amenaza constantemente la diferencia.
Cuando terminó el concierto, las conversaciones regresaron al recinto y la actividad habitual del festival recuperó su pulso. Pero durante algo más de una hora, el tiempo pareció avanzar a otro ritmo. Y eso, en una época marcada por la distracción permanente, constituye quizá el mayor logro al que puede aspirar un músico.
Carlos Ares no ofreció únicamente un concierto. Ofreció una experiencia difícil de etiquetar. Precisamente por eso, tan fácil de recordar.






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