Anda que no son listos los de Balaunka, el sello discográfico y editorial de Arrasate que alberga las carreras de algunos nombres tan importantes como Alcalá Norte o Süne, y que puso en circulación el primer disco de Miniño. Cómo los vieron venir.
Voy pensando en eso mientras me enchufo al precioso Patio Chico para el arranque, en lo que respecta a quien firma, del Festival Internacional de las Artes de Castilla y León en su edición de 2026. La programación musical despega allí con una propuesta tan interesante como adictiva y que, por pura lógica, a tenor de lo visto, debería ir cada vez a más. Pero esto no es nada que no hayamos escrito ya hasta la saciedad desde que empezó a caminar la banda. Como tampoco lo es lo sorprendente que resulta reunir a esos cuatro y que, con semejante concentración de talento, no estalle todo por los aires. La publicación de “La Mitad” (Balaunka, 2025) ha terminado de rematar esa historia que comenzó a desplegarse tímidamente tras los abruptos —y no poco agrios— finales de Twice y ZERO!, los proyectos que lo precedieron.
Ese álbum —“un disco que suena inmediato y atemporal a la vez, y que fluye con naturalidad si uno se detiene en esas letras que supuran pérdida y amistad”, escribía quien firma sobre él— los ha devuelto a la carretera, que es exactamente donde deben estar. La presentación oficial de hace unas semanas en la Sala B del CAEM ya lo evidenció, aunque todavía con ciertas reservas. Queda ya poco de aquella banda en ciernes que fueron, afortunadamente. En su lugar hay ahora un combo poderoso y afilado, que despliega un arsenal de canciones cargadas de indie —casi pop por momentos—, mezclado con esas voces screamo y los habituales toques post marca de la casa, ingredientes que convierten la propuesta en algo ciertamente irresistible. La posibilidad de volver a ver todo eso sobre el escenario y en un lugar como ese era, para un servidor, uno de los grandes must del cartel musical del festival este año.
Siempre sorprenden las audiencias que suscita el festival, al menos en mi caso. La noche fue llenándose poco a poco y, aunque no abarrotaron el recinto, la mezcla generacional —mucha gente joven, sí, pero también edades más altas— resultó muy interesante de ver. La banda se echó al hombro esa delicia que es “Aquí no pasa nada” para abrir sonando frescos y trasladando, algo que hicieron durante todo el bolo, lo a gusto que estaban ahí arriba. Los temas del álbum fueron sin duda los grandes protagonistas —qué bien poder ver “Bicho raro” recién salidos, o ese bloque más soft con “La Mitad” y “Para ti”—, pero tampoco dejaron de lado el material más añejo, con un “Gris” mundial y la favorita de todas sus colaboraciones: “Lento”, aquel tema que hicieron con Chica Sobresalto y que cada vez se vuelve más imprescindible en directo.
Las traslaciones de “Una última vez” y su guitarra casi autoritaria, el estribillo inolvidable de “A veces no hay más veces”, el incendio que provoca “Pudo ser” o esa parte final con la lógica llegada de ese hitazo que es “Sentirme vivo” tras “Ya no siento nada” y “Otros labios” fueron solo algunos destellos de una noche muy importante. Las voces de Miguel Espinoza y Diego Hernández, en perfecto estado, sus guitarras ruidosas y adictivas y la base de paseo militar de Víctor Iglesias y Joseca Caballero hicieron el resto.
Esta vez sí.
Misión cumplida, amigos.
Lo de Skinyz en las Cochas, inaugurando la parte electrónica que se desarrolla allí, fue crema también. Aunque reconozco que me gusta sobre todo su faceta de productor —su trabajo con Bon Calso, por ejemplo—, la sesión que se marcó fue sencillamente apabullante. Puso a bailar a todo el recinto, y qué maravilla comprobar cada año cómo se transforma ese patio majestuoso en una discoteca tomada por el trance. Lo hizo además con autoridad y sin bajar la energía ni un solo instante.
Noche redonda, sí.
Pero esto no ha hecho más que empezar.






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