Descubrí, mea culpa, lo reconozco, la música de Gara Durán por casualidad, al enterarme de su vínculo personal con Barri B. Pero bastó sumergirme en “Alkimia”, su seminal EP, para hacerme militante de ese pop etereo y sofisticado que, por momentos, remitía a quien firma a nombres como Lana Del Rey. La publicación este año de su primer disco y los adelantos que han acompañado su lanzamiento suponen, además, un giro importante en su trayectoria, acercándose a ritmos más bailables y desenfadados y dejando atrás parte de la fragilidad estilística que había definido sus primeros pasos.
Su llegada al cartel musical del festival se antojaba, por todo ello, para no perdersela, más aún enclavada en una noche tan potente.Acompañada de una banda de lujo -Victor Torrecilla al bajo, Pol Aznar a la guitarra y Pablo Gutierrez a la bateria- refrescó el patio desde que salió con “11:11” con una entrada considerable ya, esperandola, y emitio señales de grande cuando trasladó “Robot”, “Malaquita”y “Salvavidas” con aplomo y delicadeza sutil. Sofisticada y elegante, aquí es imposible no citar las dos nuevas que hizo seguidas “Cual es mi destino” y “Avalancha” y la estupenda traslacion de “Kryptonita”. Pero todo el pase rayo a una altura considerable.
La Plaza Mayor se llenaba a una velocidad difícil de recordar para la llegada de uno de los nombres más importantes de los conciertos de esta edición.
Fue, a mi entender, un punto de inflexión en la carrera de Shinova aquel concierto del Movistar Arena el año pasado. El acto final de “El Presente”, un disco que los situó, por pura justicia y trabajo duro, en la parte alta de la tabla. Por el camino llegó la sorprendentemente mediática salida del grupo de Ander Cabello y, ya con la vista puesta en el futuro, la publicación de “La tormenta perfecta”, un EP de cuatro canciones que la banda defiende como una obra conceptual, una historia que se desarrolla a lo largo de esas cuatro paradas.
No resulta casual que hayan citado como inspiración algunos de los trabajos más ambiciosos de Robe Iniesta, especialmente “Mayéutica” y “La Ley Innata”.
Para esta gira —y Salamanca era apenas la segunda parada— se hacen acompañar, en un acierto absoluto como luego se comprobó, de un poderoso cuarteto de cuerda que redondea las canciones, tanto las nuevas como las más añejas, otorgándoles una dimensión distinta y especialmente emotiva desde el mismo momento en que abren con “Si no es contigo”.
Comandados por el eterno buen hacer de Gabriel de la Rosa y una voz que parece crecer con cada gira, la banda funciona a la perfección, llenando el recinto de estribillos épicos y memorables que, paradójicamente, ya forman parte de la banda sonora de la escena indie patria. Y, sin embargo, lo suyo tiene mucho más de pop-rock de alto octanaje que de cualquier otra etiqueta, con puntuales arreglos electrónicos que terminan de redondear la propuesta.
Los ejemplos se agolpan en un repertorio medido al milímetro, donde nada parece quedar al azar: “El Álbum”, “Cartas de navegación”, “Ídolos” o “Berlín” fueron buena muestra de ello. Las guitarras de Daniel del Valle —que compareció mermado por problemas de salud, pero aun así fue un auténtico emperador en lo suyo— y Erlantz Prieto, más rockeras que nunca, encontraron el complemento perfecto en la sólida base rítmica de Joshua Froufe y Alain Martínez.
Fue muy emocionante poder ver el nuevo EP al completo y, ojo a esto, interpretado de forma consecutiva. La sensación de que esas canciones ya están plenamente integradas en el imaginario de la banda supone el mejor aval posible para el reto de llevarlas al escenario en esta gira.
La parte final, desde “Qué casualidad” hasta “La sonrisa intacta”, fue desgranada con el oficio de quien sabe perfectamente lo que tiene entre manos y rozando la épica en varios momentos. Hubo tiempo para la consabida parada en “Te debo una canción”, destinada una vez más a coronarse como la gran reina del repertorio, aunque esta vez no le fue a la zaga una descomunal “Mirlo blanco”. El extasis, si.
Lo de BLUNTz en La Conchas volvió a ser otro triunfo más de un espacio que, simplemente, se ha convertido en un imprescindible del festival. Enrocado en una sesión brutal que respiraba aroma a gran festival, puso a bailar todo el recinto con oficio y hechuras de grande ya. Ni que decir tiene que con la aceptación que tiene esa parte del cartel de la música del festival, a lo mejor sería buena idea buscar un espacio más grande. Pero el problema es que tal vez no sería lo mismo.
Echo el cierre exhausto pero feliz.






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