Crónicascultura

Kadec Santa Anna Potemkim, Salamanca

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Me sumerjo en la olla sin pensarlo, mientras el hombre desgrana una inolvidable “Carta de despedida”, y me acuerdo de una cosa que decía Jack Kerouac: «La única verdad es la música». Era la tercera vez que lo veía en Potemkim y aunque no se llenó la sala, fue un taquillazo gordo. Había abierto la noche empalmando la verdad que supuran las barras de “Este fin de año” y “To’ pelao de frío”. Desde ese arranque a tropel, puso sobre el escenario las formas que lo han convertido en uno de los reyes del emo rap. Y no es baladí subrayarlo: se percibe a kilómetros de distancia y resulta capital —al menos para quien firma— para entender todo lo que vendría después.

Foto. Andrés Grande

Hace algún tiempo, el diario de Mallorca Última Hora publicó una noticia sobre una quedada improvisada de fans que Kadec Santa Anna organizó mientras estaba de vacaciones en la isla con sus padres. Me llamó especialmente la atención la frase con la quien firmara cerraba la pieza: «No entiendo de rap, apenas lo escucho, pero me he hecho fan de él». Una sentencia tan sencilla como esclarecedora para lo que nos ocupa. Esa ausencia de distancia con quienes lo han aupado ahí arriba —cuidándolos y mimándolos; seguro que quienes estuvieron en el hotel rural Victoria de Cuenca, mientras daba forma a su nuevo disco, saben de qué hablo— y esa manera descarnada y honesta de escribir canciones y llevarlas al directo son una rareza dentro de una escena urbana que, por superpoblada, corre el riesgo de empezar a mostrar síntomas de agotamiento.

 

La cita era la primera fecha del año del “Eterno Tour” que nos traía el ultimo lanzamiento del de Barcelona el ambicioso e introspectivo “Legacy”y, a lo que vamos, no defraudó.

 

Impresiona verlo lanzar barras a doscientos por hora, casi sin respirar, en temas como “A kilómetros”, “La niña de la urba” o “Cada loco con su tema”, y hacerlo además sin recurrir ni una sola vez al botón de encendido de los filtros. (esta de demás ya en opinión del que suscribe hablar de Auto-Tune o el que sea, cuando vas a ver un bolo de unas características determinadas). Hubo espacio para codearse con el emergente Gabarre en esa joya que es “No todo es el dinero”, que sonó magnífica mientras se bañaba a ratos épicos en las filas de abajo, o se pulía momentos como “22 Daños” o “Eres tú” que calaban muy hondo, y de ahí que siga resultando incomprensible para el que firma que el público decidiera cambiar el pogo por el teléfono.

Foto. Andrés Grande

El último acto fue pura droga dura: enlazó “Has visto qué suerte”, una inmensa “Cachitos de mi cora” y el imprescindible “Afloja” con todo el mundo cantándolas. Pero ojo al detalle de las nuevas canciones —estrena álbum en apenas unos días—, con “Paz” a la cabeza, un tema que merecía ser cantado y no solo lanzado por arriba. Los únicos peros del pase, los incomprensibles parones entre temas demasiado largos bajando el ritmo del bolo, no son nada que no se pueda pulir. Mientras tanto, que vuelva pronto.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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