Hace unos años, con el advenimiento de la música urbana como gran generadora de masas, se produjo un desplazamiento de los estilos más tradicionales ligados al rock —metal, punk, etc.— que, al menos desde fuera, pasaron de ser los hermanos mayores en ventas de entradas, escuchas y atención mediática a convertirse en uno más dentro del reparto del pastel. El cambio vino motivado, en gran medida, por la evolución de los gustos de su principal clientela —la gente joven—, que comenzó a consumir otras sonoridades, a priori alejadas de todo aquello.Todo ese lío vino acompañado, además, de un coro de voces (?) que auguraban esa falacia despreciable, en un postulado tan ridículo como irresponsable, de que el rock como tal había muerto.
La realidad es que, a mi entender, nunca ha estado tan vivo ni tan lleno de gente con talento haciendo cosas increíbles. Hoy conviven los canales habituales —compañías, majors, productores— con la independencia y la libertad del D.I.Y., que impera, afortunadamente, cada vez con más fuerza. Pero también es cierto —cualquiera que acuda habitualmente a conciertos puede constatarlo— que, más allá de los estadios y los grandes festivales encabezados por nombres incuestionables, el verdadero problema gordo a la hora de congregar publico para ver todo eso, son las salas. Bandas o solistas, más o menos conocidos o directamente emergentes, que antes llenaban aforos de todo tipo, ven cómo estos se reducen de manera dramática o, sencillamente, desaparecen. Salir de casa con pongamos menos mil en la cuenta, y sin garantías de nada, es tan duro como inasumible.
De ahí, en mi modesta opinión, la importancia suprema de apoyar sin fisuras toda esa escena, siempre —faltaría más— dentro de las posibilidades de cada cual.
Había muchos alicientes en la quinta edición del festival Rock Reunión para no perdérselo, pero la inclusión de los jovencísimos Kill The Silence era, sin duda, uno de los principales reclamos para quien suscribe. La banda debutaba en directo abriendo las celebraciones de la noche y, para sorpresa de cualquiera que los viera en su primera vez, no defraudó. Con los dos ojos puestos en una etapa muy concreta de la historia —los noventa y todo el movimiento nu metal, que alternaba rap, funk o grunge sin remordimientos, alejándose de lo anterior con un sonido híbrido y lleno de texturas— se marcaron un pase tremendo, salpicado de ciertos momentos de gran brillantez. Y fueron, como apuntaba antes, las propias canciones las que mandaron en un setlist muy cuidado que obligó a no apartar la vista del escenario cuando las hicieron.
Comandados por la voz, sorprendentemente impoluta para un primer bolo, de Unai Ballesteros —qué ilusionante fue verle bajar al barro en un par de ocasiones y calzarse las botas de rockstar con apenas diecisiete años—, la entrada en tromba con “S.T.I.K.K. (Feeling Alive)” dejó las cosas claras desde el primer segundo: la guitarra de Arion Gutiérrez, sonando durísima, y la base rítmica de demolición, con el bajo de Alen Franco y la batería de Daniel Rodríguez, impulsando los guturales de Ballesteros y terminando de llenar las tablas.
Se entretuvieron en pasar revista a esos años: desde Deftones en un correcto “Engine No. 9” hasta Ill Niño, aunque fue el celebérrimo “Break Stuff” de los de Fred Durst el que ganó por goleada ahi. Con todo, esas paradas palidecieron frente a composiciones propias, muy interesantes las ideas que apunta para el futuro “Other Faces of Me” o la áspera conclusión con “Dethrone You”, donde citaron a Primus —porque por ahí va cierta parte la canción— y lo hicieron, de eso se trata esto no se equivoquen, mandando con una insólita soltura en el escenario.
Sería una locura no reconocer que queda mucho camino por recorrer y por pulir en un combo en el que todo está por ver, y que ademas no será (nunca lo es, en realidad) facil . Pero, mientras tanto, resulta profundamente esperanzador poder presenciar algo tan puro aun.






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