Hay una foto en El Diario de Burgos de los propietarios del bar Cernégula el día en que, tras más de siete décadas, echaban el cierre por jubilación. Son dos personas que miran a la cámara con esa seria estupefacción que acomete a la gente sencilla y buena cuando, por lo que sea, los medios se ocupan de ellos. No hay falsedad ni pose, ni hipocresía IG de altos vuelos en su gesto. Y no es casualidad tampoco que una de las primeras estrofas del último disco de La M.O.D.A. los cite.
El distrito 4 de la ciudad acoge el barrio de San Pedro y San Felices, y de las vivencias de la banda en él y de sus gentes habla “San Felices”, la canción homónima del álbum, que abría la primera noche de uno de los pases más esperados de las últimas semanas.
El fin del parón de dos años ha supuesto la salida de este disco —producido, ojo a esto, por Carlos Raya— que la banda ha declarado haber grabado de forma más relajada tras ese tiempo, además del comentado fichaje por Universal (un servidor no ve dónde está el problema, pero tampoco lo vio con Metrika, por ejemplo, en lo mismo). Por el camino, la baja de Jacobo Naya, que sentía —según contaba— que “no podía seguir con ese grado de implicación absoluta en la banda”, y la llegada de Marina López, cantante y guitarrista de Sioqué, para sustituirle, enfundándose por primera vez la camiseta imperio y los pantalones negros en el bolo de las fiestas de su ciudad el año pasado.
Pero lo realmente importante, a mi modesto entender, es que el disco suena a la banda por los cuatro costados y contiene algunos de los momentos más inspirados y frescos que han grabado en los últimos años. De ahí la relevancia capital de verlos trasladados al directo en esta gira que ya acumula un pleno de llenos —como los que nos ocupan, con dos noches seguidas— hasta la bandera.
La discusión con este grupo puede ir por distintos derroteros, pero en directo no parecen admitirlos: se antojan, en opinión del que suscribe, imbatibles. Y lo demostraron con creces. Arrancaron con tres temas seguidos del nuevo —“Letra Helvética”, la maravilla que es “Alsa pa Madrid” y la que le da nombre al disco— que sonaron plenamente integrados, como si llevaran siempre en el setlist.
La entrada de Josune Arakistan “Süne” para sustituir temporalmente a ese titán del sonido de la banda que es Joselito Maravillas —en el dique seco por temas familiares— en el acordeón y la voz ha sido un acierto. La de Lastur ha aparcado su carrera (no se pierdan Amaineman, su primer disco) para asumir esa sustitución y, como se vio, le ha sentado bien a ella y a la banda.
Fue imperdible comprobar cómo el paso del tiempo no parece afectar a la inconfundible voz de David Ruiz, ni al hacer estratosférico en la guitarra de Nacho Mur —qué bien estuvo toda la noche—, la pegada de Caleb Melguizo en el kit de batería, el multiinstrumenteo del gran Álvar de Pablo, incansable, bajando a la olla en un momento impagable, y el bajo de muchos quilates de Jorge Juan Mariscal.
Los temas más nuevos se alternaron con la vieja guardia —“La inmensidad”, “Una canción para no decir te quiero”, la trotona “Mil demonios” o “La Vieja Banda”—, pero poder ver las traslaciones de la estupenda “La Vida en Rosa” y su ritmo casi britpopero, ese saxo que abre “Los tiempos que vivimos” o la épica de “No te necesito para ser feliz”, con López haciendo de Repion en un momento para hemerotecas, fue un must para entender lo que es esta banda ahora mismo.
En el tramo del concierto en el que empalmaron imperdibles —“La Molinera”, un inolvidable “Catedrales”, seguido de “PRMVR” y el inmortal “Vasos Vacíos”— cantó hasta el apuntador de un público entregado y emocionado que, afortunadamente, se levantó de la tiranía del asiento a la primera canción.
Y no es menos cierto que poder ver “Desde Marte”, la emotiva “Subiendo como el Chava Jiménez” —dedicada además a sus familiares presentes— o “Píntalo todo de negro” deja fuera de la ecuación cosas imprescindibles como “Los hijos de Johnny Cash” o “Gasoline”; pero no lo es menos que pudimos disfrutar de un “Si bailas, bailo” inmenso.
La última parte del pase, desde “Hay un fuego”, fue droga dura. Poder cantar a pulmón “Nómadas”, ver las cinematográficas y épicas traslaciones de “Miraflores” o “1932”, y rematar con la obligatoriedad de “Héroes del sábado” y “Mañana voy a Burgos”, selló una noche —otra más con esta banda— para el recuerdo, pidiendo número para ser uno de los bolos de las últimas semanas sin duda alguna. Pero es lo que tienen los grandes.






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