La banda burgalesa protagonizó la última sorpresa de la edición y compartió escenario por primera vez con el artista madrileño para interpretar ‘Subiendo como el Chava Jiménez’
La Plaza del Trigo volvió a hacer lo que lleva casi dos décadas haciendo: convertir una mañana de agosto en uno de los momentos más esperados de Sonorama Ribera. El domingo 9 de agosto, cuando el festival encaraba ya sus últimas horas, La M.O.D.A. apareció por sorpresa en el escenario más emblemático de Aranda de Duero y encontró allí un público que llevaba varios días esperando precisamente eso, que la última carta guardada por la organización estuviera a la altura de una edición que había dejado pocas casillas por cubrir. La elección de la banda burgalesa tenía, además, un significado especial. No era solamente uno de los grupos más importantes que han surgido en Castilla y León durante la última década, sino también una formación estrechamente vinculada a la historia del propio festival.
La relación entre La M.O.D.A. y Sonorama se remonta a los primeros años de la banda. Desde entonces, su trayectoria y la evolución del festival han avanzado de forma paralela, hasta el punto de que resulta difícil contar la historia reciente de uno sin mencionar al otro. La formación pasó de aquellos primeros escenarios en los que todavía estaba construyendo su público a convertirse en una de las bandas de referencia del rock español contemporáneo, mientras Sonorama crecía desde una cita vinculada principalmente al circuito independiente hasta alcanzar una dimensión nacional sin renunciar del todo a la cercanía que siempre ha caracterizado sus escenarios urbanos.
Por eso, la aparición de La M.O.D.A. en la Plaza del Trigo no podía interpretarse como una sorpresa más. Era una forma de regresar al origen. La noche anterior, la banda ya había protagonizado uno de los grandes conciertos de la programación oficial en el escenario Aranda de Duero, ante un público multitudinario y dentro de una jornada que también contó con Leiva y Xoel López. Sin embargo, la Plaza del Trigo ofrecía algo completamente distinto: el espacio reducido, la proximidad entre músicos y público y esa incertidumbre propia de un escenario en el que nada termina de parecer demasiado planificado forman parte de la identidad de Sonorama desde que los conciertos sorpresa comenzaron a celebrarse en 2007.
La M.O.D.A. llegó al Trigo con canciones de su repertorio y con una relación con el público que no necesitaba demasiadas explicaciones. La banda ha construido su carrera alrededor de una idea de comunidad que en este escenario adquiere una dimensión particular. Sus canciones hablan con frecuencia de la tierra, de los vínculos, de la amistad, de la incertidumbre y del paso del tiempo, pero también de una forma de entender la música como espacio compartido. En Aranda, y especialmente en esta plaza, esa relación entre canción y territorio se vuelve todavía más evidente.
La sorpresa adquirió una dimensión mayor cuando apareció Leiva. El músico, que había actuado la noche anterior en el escenario Ribera del Duero, regresó al festival para compartir escenario por primera vez con La M.O.D.A. La colaboración no había sido anunciada y convirtió una actuación que ya tenía un evidente componente emocional en uno de los momentos más destacados de la edición. Leiva se sumó a la banda para interpretar ‘Subiendo como el Chava Jiménez’, una canción que permitió reunir dos trayectorias diferentes dentro de una misma escena y que el público recibió como uno de esos acontecimientos que explican por qué la Plaza del Trigo conserva su capacidad para generar titulares incluso después de tantos años.
La elección de La M.O.D.A. como última sorpresa tampoco fue casual. Durante los días anteriores, Sonorama había llevado a la Plaza del Trigo a nombres como Barry B, Arde Bogotá o Sexy Zebras, demostrando una vez más que el escenario se ha convertido en un espacio donde los artistas pueden desprenderse por unas horas de la escala habitual de sus conciertos. Arde Bogotá reunió a más de 7.000 personas el viernes y convirtió la plaza en una de las imágenes más reconocibles de esta edición; La M.O.D.A. llegaba después de haber ofrecido su propio concierto en el recinto y lo hacía, precisamente, para recuperar la dimensión más cercana del festival.
Hay algo particularmente significativo en que una banda que ya puede actuar ante miles de personas decida volver a un escenario de estas dimensiones. El crecimiento de La M.O.D.A. no se entiende únicamente a través de los aforos o de la posición que ocupa en los carteles. Su trayectoria tiene también que ver con la capacidad de conservar una relación directa con el público, una característica que ha acompañado al grupo desde sus primeros años y que explica que su música haya encontrado un espacio tan natural en Sonorama. La Plaza del Trigo representa, en ese sentido, casi una prueba de autenticidad: allí desaparece buena parte de la distancia que impone un gran escenario y la canción queda mucho más expuesta.
La aparición de Leiva añadió, además, una lectura generacional. Ambos pertenecen a una tradición reciente de la música española que ha conseguido hacer compatibles las guitarras, la canción de autor y la dimensión popular del directo. Sus caminos no son idénticos, pero comparten una manera de entender el escenario desde la canción y desde la relación con un público que no se limita a escuchar, sino que participa activamente en el concierto. Verlos juntos por primera vez en un espacio tan vinculado a la historia de Sonorama terminó de convertir la colaboración en algo más que una simple aparición sorpresa.
La imagen final encajaba perfectamente con el carácter de la plaza. Después de cinco días de conciertos, decenas de artistas y una programación que había llevado la música a prácticamente todos los rincones de Aranda de Duero, Sonorama necesitaba cerrar el ciclo regresando a uno de sus lugares más reconocibles. La M.O.D.A., una banda nacida a pocos kilómetros del festival y estrechamente vinculada a su historia, aparecía para despedir la Plaza del Trigo; Leiva, uno de los grandes nombres de la edición, se incorporaba después para compartir una canción que ninguno de los dos había interpretado antes juntos sobre un escenario.
La colaboración no necesitó de una gran producción para convertirse en uno de los recuerdos de la edición. Bastaron las canciones, el escenario y un público que entendió desde el primer momento que estaba asistiendo a algo que no volvería a repetirse exactamente de la misma manera. En un festival cada vez más grande, esa capacidad para conservar momentos imprevisibles sigue siendo uno de los mayores activos de Sonorama.
La M.O.D.A. había vuelto al lugar donde tantas veces se ha cruzado con la historia del festival. Lo hizo después de haber demostrado, la noche anterior, que ya ocupa uno de los grandes escenarios de la música española y antes de que Sonorama cerrara definitivamente sus puertas. Leiva apareció para acompañarlos y, durante unos minutos, dos de las carreras más reconocibles de la edición coincidieron en un espacio que representa mejor que ningún otro la relación entre el festival y su público.
La última sorpresa del Trigo terminó siendo, de alguna manera, una declaración sobre lo que Sonorama todavía quiere conservar. Un festival puede crecer, incorporar grandes producciones, atraer a miles de personas y reunir a artistas de dimensiones muy diferentes, pero hay determinados momentos que siguen dependiendo de algo mucho más sencillo: una plaza, una canción y la posibilidad de que alguien aparezca sobre un escenario sin que el público sepa exactamente qué va a ocurrir.
En esta ocasión fueron La M.O.D.A. y Leiva. Y la última canción de la Plaza del Trigo sirvió también para cerrar una historia que había comenzado muchos años antes, cuando la banda burgalesa todavía buscaba su lugar en los carteles. Ahora, después de haber recorrido el camino, regresaba al Trigo convertida en uno de los nombres propios de la música española y acompañada por uno de sus referentes. Quizá por eso la sorpresa funcionó tan bien: porque no parecía concebida para cerrar simplemente un cartel, sino para cerrar un círculo.






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