Estos días Salamanca habla de conciertos. Es normal. Las Ferias y Fiestas han convertido la música en uno de sus principales reclamos y la Plaza Mayor, durante varias noches, en el lugar donde parece estar ocurriendo todo. Se discute el cartel, se compara con el de otros años y con el de otras ciudades, se celebra la llegada de unos artistas y se lamenta la ausencia de otros. Todo eso forma parte de la conversación pública y probablemente también de la propia fiesta.
Pero hay una parte de esa conversación que casi nunca aparece.
El concierto empieza cuando sale el artista al escenario, pensamos. Cuando se apagan las luces de la plaza, cuando suena la primera canción y miles de personas levantan el teléfono. Pero el concierto había empezado muchas horas antes. Quizá cuando la ciudad todavía no había decidido que aquella noche iba a llenar la Plaza Mayor.
Había empezado con un equipo de producción descargando, montando, ajustando y comprobando. Con técnicos de sonido y de iluminación siguiendo las necesidades de cada artista. Con estructuras que aparecen de madrugada o a primera hora de la mañana y que, para cuando llega el público, ya forman parte del paisaje como si hubieran estado allí siempre.
Esa es una de las cosas más curiosas del trabajo bien hecho: su capacidad para hacerse invisible.
Nadie aplaude al técnico porque un micrófono funciona. Nadie piensa en el equipo de producción porque las luces se encienden cuando tienen que encenderse. Nadie se pregunta quién limpió la plaza o quién revisó un espacio cuando todo parece estar en orden. Y, sin embargo, detrás de esa aparente normalidad hay personas.
Mucha gente.
Está el personal de seguridad, pendiente de que una noche multitudinaria no se convierta en un problema. Está el personal de limpieza, que trabaja antes, durante y después de que los demás disfrutemos de la fiesta. Están quienes coordinan, quienes producen, quienes organizan, quienes gestionan y quienes solucionan esas pequeñas incidencias que el público nunca llegará a conocer porque alguien consiguió resolverlas a tiempo.
Y están también los fotógrafos.
Los del foso, los acreditados, los que tienen unos minutos para retratar un concierto desde el lugar privilegiado —y exigente— que hay entre el escenario y el público. Pero también quienes cuentan esos mismos conciertos desde fuera. Quienes no consiguieron una acreditación, quienes trabajan desde otro punto de la plaza, quienes buscan un hueco entre miles de personas para llevarse una imagen a casa y, después, contar con ella lo que ocurrió.
Porque la acreditación facilita el trabajo, pero no convierte a nadie en fotógrafo. Y no tenerla tampoco debería significar que una mirada vale menos.
Las Ferias y Fiestas también se construyen con esas fotografías. Con las oficiales y con las que no lo son. Con las imágenes tomadas desde el foso y con las tomadas desde la multitud. Con quienes tienen acceso y con quienes, sin él, buscan otra manera de contar la misma noche. Al final, también eso es periodismo, comunicación y memoria: estar donde se puede y mirar como se sabe.
En Visto de Otro Lado tenemos además la suerte de contar con Paco Jiménez, responsable y crítico musical de esta casa, que noche tras noche se encarga de poner palabras a lo que ocurre sobre el escenario. Y no es poca cosa. Porque asistir a un concierto es sencillo; intentar contar qué ha pasado en él exige algo más que haber estado allí.
Pero tampoco Paco trabaja solo.
Desde el punto de vista periodístico hay personas que hacen posible que los medios podamos desarrollar nuestro trabajo. Ana, Teresa, José Gabriel. Los promotores. Isra, Tini, Alfredo, Gorka y tantos otros. Personas que entienden que informar también forma parte de un acontecimiento como este y que facilitan, en la medida de sus posibilidades, que quienes estamos allí podamos después explicar a los demás qué ocurrió.
A veces se habla de la prensa como si fuera un elemento externo a los conciertos. Como si los medios llegáramos cuando todo está preparado, tomáramos unas notas y desapareciéramos. Pero informar también exige organización, coordinación y, sobre todo, personas dispuestas a hacer posible ese trabajo.
Después está el dispositivo que casi siempre permanece en segundo plano.
Y aquí es difícil escribir sin hablar en primera persona.
Formo parte de Protección Civil y trabajo junto a un dispositivo en el que participan también Cruz Roja, Policía Local, Policía Nacional, Bomberos, servicios sanitarios y tantos profesionales y voluntarios que convierten la celebración en algo más seguro. Sé que puede parecer egocéntrico defender el trabajo del que uno forma parte. Quizá lo sea. Pero hay momentos en los que las cosas deben decirse.
Porque se hace un trabajo extraordinario.
No perfecto, porque ningún dispositivo formado por personas puede serlo. Pero sí profundamente comprometido. Hay gente que pasa horas pendiente de una incidencia que quizá nunca llegue a producirse. Personas que están preparadas para actuar cuando alguien necesita ayuda. Profesionales y voluntarios que viven las fiestas de otra manera porque su sitio, durante esas horas, no está delante del escenario.
Está detrás de una valla. En un puesto. En una ambulancia. En una calle cercana. En un punto de coordinación.
Y eso también forma parte del concierto.
Como forma parte la Policía Local, la Policía Nacional, los Bomberos, los servicios de limpieza, el personal sanitario, los trabajadores municipales, los equipos administrativos y todas esas personas a las que seguramente debería mencionar y no aparecen en esta lista. No por falta de importancia, sino porque un engranaje de estas dimensiones siempre es mayor de lo que uno alcanza a ver.
Quizá por eso resulte tan fácil opinar desde fuera.
Sobre el cartel. Sobre los artistas. Sobre lo que falta. Sobre lo que debería haberse hecho de otra manera.
Y es legítimo hacerlo. Las Ferias y Fiestas son de todos y todos tenemos derecho a tener una opinión sobre ellas. La crítica no es un problema. El problema aparece cuando la conversación se queda únicamente ahí y olvidamos que, mientras discutimos sobre quién debería haber cantado en la Plaza Mayor, hay cientos de personas trabajando para que quien finalmente lo haga pueda salir al escenario.
Ese es el trabajo del directo.
El que no cabe en una fotografía promocional. El que no siempre aparece en una nota de prensa. El que no recibe aplausos cuando las cosas salen bien.
El concierto termina cuando se apaga el último foco, pero para mucha gente todavía queda trabajo. Hay que atender, desmontar, limpiar, recoger, revisar y preparar la siguiente jornada. Y al día siguiente, volver a empezar.
Quizá esa sea la parte menos visible de las Ferias y Fiestas de Salamanca. También una de las más importantes.
Porque los artistas hacen que una noche sea memorable.
Pero antes de que empiece el concierto hay mucha gente haciendo posible que esa noche pueda ocurrir.
Y cuando todo sale bien, como casi siempre esperamos que suceda, quizá lo mínimo que podemos hacer sea acordarnos de ellos.






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