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Lucifer, Motorrock Morales del Vino

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La tercera venida. Así lo ha llamado la banda. La reinvención de Lucifer tras el divorcio de Johanna Platow de Nick Roval, con una remodelación total. La entrada de las guitarras de Coralie Baier y Rosalie Cunningham, el bajo de Claudia Haze González y la batería de Kevin Kuhn son una forma de decir que, es cierto, se ha ido uno de los puntales, pero aún queda mucho por decir. El paso por la primera de las noches de Motorrock lo demostró con creces.

Y aun con la baja de Cunningham, entró el gran Max Eriksson, guitarrista de The Mothercrow nada menos, a hacer la sustitución. La banda demostró que casi nadie es imprescindible.

Platow miraba el ataúd que tenía debajo mientras sonaba esa delicia que es «Slow Dance in a Crypt». Un gimmick escénico tan sencillo como impactante y que resume buena parte de lo que es Lucifer. Muerte, ocultismo, misticismo. Una imaginería que remite directamente a aquel hard rock de los 70 que hizo de lo oscuro y lo sobrenatural una parte esencial de su discurso. La puesta en escena de «V», su disco más reciente, había dejado ya las traslaciones de una inmensa «At the Mortuary» y la aspereza de «The Dead Don’t Speak» —con los coros de Baier, atinadísimos—, pero aquello era solo una parte de la brillantez del pase.

Porque ahí está también la conexión con una tradición que va desde el imaginario de Aleister Crowley hasta bandas como Pentagram: riffs densos, atmósferas cargadas de misticismo y una fascinación por lo oculto que Lucifer recupera sin necesidad de disfrazarla de otra cosa. Ese hard rock pesado y magnético, lleno de riffs grasientos, parece caminar por terrenos que ya fueron transitados hace medio siglo, pero que la voz de Platow consigue hacer propios.

Y es cierto que arrancar con la primeriza «Anubis» puede descolocar. Pero también deja muy claro, desde el primer momento, lo que vamos a ver.

Imprimen velocidad de crucero con «Ghosts», «Crucifix (I Burn for You)» y ese riff espléndido que abre «Riding Reaper», que hacen imposible dejar de mirar el hacer estratosférico de González, como en cada banda en la que ha estado, y la pegada de Kuhn en su kit.

Los detalles se agolparon en una comparecencia fulgurante: la recuperación del seminal «Abracadabra», con llegada de coche fúnebre incluida; el paso por la homónima, magnífico, pero que aun así palideció frente a una inmensa «Wild Hearses»; el poder que emana de «Bring Me His Head»; el detallazo, que casi pasó desapercibido, de revisar el «Going Blind» de Kiss; y el final cantado con «Fallen Angels».

 

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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