El detalle, amigos.
Era el arranque de la gira que presenta el nuevo álbum de la banda —el sexto, nada menos— y, afortunadamente, decidieron que fuera tan singular como merecía. La cosa es que justo al empezar salieron los tres —María Blanco, Txarli Solano y la percusionista Susi Gamboa, que ya acumula años con ellos— y se plantaron en medio de la olla de La Chica, rodeados de la gente, para hacer cuatro canciones desde ahí. Justo antes de empezar a cantar, Blanco se paraba y saludaba a alguien del público como si nada. Es esa afinidad y cercanía lo que les hace tan especiales. Aquellos temas (“Hazme el amor”, “Hallo”, “A solas” y “Con mi voz”) sonaron a esas atmósferas elegantes y sensibles que la banda convoca en los discos, sí, pero sobre todo cuando se sube al escenario, y lo ratificaron con lo que vino después.
No negará el que suscribe el pánico que siente cada vez que se sumerge en un bolo de una gira que se inicia. Las primeras citas huelen que tiran para atrás —aun admitiendo que no se pueda hacer otra cosa— a ensayo y pulido de fallos. No fue el caso. Y no creo que cualquiera del taquillazo gordísimo que se marcaron pensara lo contrario al salir.
Los nuevos temas de El sonido de una tierra escondida, que hicieron entero, no desmerecen al lado del material más añejo. “Quédate a dormir” llegó tras la traslación magnífica de “Carta astral” y abrió ese acto al que sumaron luego, seguidas, “Utopía”, ese himno pop que es “Los amantes” y la estupenda revisión de “Mi mala suerte”, pero con eso ya contábamos. Lo importante para el que firma era poder ver en directo cómo hacen la guitarra soft y delicada que marca “El dragón”, los coros que sustentan “12.21”, u oírlos mencionar a Satán en “Guerra y paz” mientras la cadencia de la melodía del tema nos envolvía.
Algo se quebró en la música patria —o al menos debería, a mi modesto entender— cuando Bernardo Bonezzi se suicidó. Las imágenes de él y de la inconmensurable Tesa Arranz haciendo “Groenlandia” en aquel famoso bolo de la Caracol en 2012 parten el corazón, porque solo cuatro meses después ocurría. Y aunque se le recuerda sobre todo por su trabajo con Almodóvar o con Díaz Yanes, son sus canciones más tempranas las que resultan más influyentes. Cuando encaras El sonido… y te encuentras con una versión —una de verdad, porque no tiene nada que ver con la original— del inolvidable tema de Zombies, descoloca. Pero he ahí que cuando lo llevan al directo —embutido entre dos temas nuevos, esto es capital— adquiere todo el sentido del mundo. Es justo donde debe estar. La elección del otro cover que alberga el disco, el celebérrimo “Quiero tener tu presencia” de Seguridad Social, es, en mi opinión, más discutible y palidece en directo frente a ese titán.
La imperdible parte final del pase, desde “Septiembre”, con sus atmósferas atemporales y llenas de quietud, la celebración que es “Cumpleaños feliz”, que dedican a alguien que luce onomástica, la batería de Gamboa marcando “El ruido” y el final cantado de “Cabeza de ratón”, sellan una comparecencia cuando menos muy interesante de una banda que no deberiamos cometer el error de obviar. A todo esto, el lío lo había abierto Sabe, que traía bajo el brazo su EP Laberinto, producido por Carlos Angola, y que apuntó maneras en una fiesta que, evidentemente, no era la suya, con aplomo y ganas. Hizo collabo con los protagonistas, pero el que suscribe se queda con los momentos de las propias, con la presencia de Diego Cabello a la guitarra acompañando su estupenda voz.






Comentarios