Me como mis palabras con patatas y kétchup. Lo digo porque, a priori, parecía una locura organizar un concierto gratuito apenas unas semanas antes de otro de pago en la misma ciudad. Estaba convencido de que eso iba a notarse en la taquilla. Pero no con esta banda, no en este momento de su carrera. Y aunque su paso por Camelot, auspiciado por la radio, fue un formato totalmente distinto —un showcase acústico—, el lleno absoluto que lograron sigue siendo admirable para un grupo, además, tan joven.
Cualquiera que se asome a sus números —reproducciones, seguidores, interacciones— o, sobre todo, que observe la respuesta del público, puede ver la ascensión imparable que llevan. Da igual los tópicos que se les quieran aplicar, especialmente el de “no hacen nada que no se haya hecho ya”: nada de eso parece poder frenarles. Hace unos meses dejaron un titular que lo resumía a la perfección cuando contaron que el pop rock no muere. Al hablar de ellos se citan nombres como El Canto del Loco o Pereza, casi como si dialogaran con aquella foto de su colaboración con Pignoise, las dos bandas mirando algo que señalaba Pablo Alonso. Ellos parecen una prolongación natural, talentosa y emocionante de ese legado. Y eso no es decir poco.

Desde que arrancaron con “Los de Siempre”, del excelso Cuando Éramos Felices Sin Saberlo —producido por Paco Salazar, otra pista del rumbo que lleva el grupo—, quedó claro que iban a tocar el álbum completo. Llenaron la noche de canciones sencillas y emotivas, sin una pizca de impostura, que estallan en estribillos memorables para cantar a pleno pulmón. Y eso fue, precisamente, lo que ocurrió hasta el final. En lo instrumental, impecables: Carlos Framis estuvo sobresaliente a la guitarra, pero Joan Isern, a la batería, marcó el pulso durante todo el concierto. No parecían una banda con tan poco tiempo en la escena, sino más bien lo contrario.
Sonaron engrasados, sólidos, y los momentos memorables se fueron acumulando: “Llévame a Casa”, “La Última Canción”, “Voy a Estar”, “Tan solo un Momento” o la presentación de la nueva “Godzilla”. El concierto basculó constantemente entre la energía y la conexión con un público totalmente entregado. Fue emocionante escucharlos recordar que son amigos desde que eran críos, mientras nos lanzaban píldoras tan efectivas como “2058”, “Los Cobardes Viven Siempre” o la esperada “Matar la Pena”. La recta final rozó la épica con la homónima del disco y ese cierre de “La Vida Está Hecha de Pequeños Momentos Como Este”, que contagió la alegría de estar viviéndolos. Cuando se van suena Abba por arriba. Que apropiado para una noche tan estupenda.






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