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Mónica Naranjo no se despide… o sí: la diva que convirtió la Mota en un espectáculo de otra dimensión

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Hay artistas que dan conciertos y artistas que construyen espectáculos. Mónica Naranjo pertenece, sin demasiada discusión, al segundo grupo. Y después de verla el 29 de agosto en el Castillo de la Mota de Medina del Campo, tengo todavía más claro que intentar medir a Mónica Naranjo únicamente por su voz es quedarse en una parte demasiado pequeña de lo que ocurre encima de un escenario. Porque sí, canta como canta. Eso ya lo sabemos. Lleva treinta años demostrándolo. Lo interesante, a estas alturas, es comprobar qué hace con todo lo que tiene alrededor. Y en esta gira Greatest Hits Concerts 2026 la respuesta es bastante clara: Mónica Naranjo ha decidido que, si va a celebrar treinta años de carrera, lo va a hacer a lo grande. Muy a lo grande.

El Castillo de la Mota tenía esa noche una mezcla especialmente curiosa: un escenario contemporáneo, una producción enorme y una de las voces más reconocibles del pop español delante de una fortaleza histórica. No era precisamente el contexto más habitual para una diva del pop electrónico, pero quizá por eso funcionó tan bien. La Mota no se quedó como simple decorado: terminó formando parte de la fotografía mental del concierto. Y si algo tiene esta gira es precisamente eso, capacidad para construir imágenes.

Había escuchado hablar de los visuales antes de llegar. Había visto vídeos. Había leído comentarios de otros conciertos. Pero una cosa es ver una pantalla en Instagram y otra muy diferente estar delante. El despliegue visual de esta gira me parece, sencillamente, uno de sus grandes aciertos. El escenario juega con diferentes alturas y grandes superficies de pantalla que van modificándose en función del momento del espectáculo. No están ahí simplemente para llenar el fondo. Cambian de lenguaje, de textura y de intención. Acompañan a las canciones, construyen ambientes y, en algunos momentos, hacen que el escenario parezca mucho mayor de lo que realmente es. La producción ya había sido destacada en otras fechas de la gira por esa combinación de audiovisuales, iluminación, bailarines, músicos, coristas y vestuario.

Y aquí tengo que reconocer que me ganó. Porque soy bastante crítico con los conciertos que utilizan pantallas como un recurso automático. Una canción empieza, aparece un vídeo detrás y listo. Eso no me dice demasiado. En Mónica Naranjo, en cambio, las visuales forman parte de la narración. Hay una intención estética. Hay momentos en los que la pantalla acompaña a la canción y otros en los que prácticamente se convierte en un segundo escenario. Es un concierto pensado para ser escuchado, pero también para ser visto.

Y eso es importante porque Mónica Naranjo siempre ha entendido algo que otros artistas descubren demasiado tarde: la música pop también es espectáculo.

No voy a descubrir ahora que Mónica tiene una voz descomunal. Tampoco creo que sea necesario. Pero sí me interesa hablar de otra cosa: de cómo ha envejecido su repertorio. Y aquí la respuesta es bastante más interesante de lo que podría parecer. Porque escuchar hoy “Desátame”, “Europa”, “Sobreviviré” o “Pantera en libertad” podría haberse convertido fácilmente en un ejercicio de nostalgia. Un concierto de “mirad qué canciones teníamos en los noventa”. Pero Mónica consigue que no parezca un museo.

Ese es probablemente uno de los mayores méritos de esta gira.

El Greatest Hits podría haber sido una colección de canciones famosas una detrás de otra. Una especie de karaoke de lujo. Y no lo es. La estructura busca otra cosa. Hay interludios, medleys, cambios de vestuario, bailarines, coristas, momentos electrónicos y una puesta en escena que intenta que el concierto avance como un espectáculo y no como una lista de Spotify con luces.

Y aquí aparece una de las decisiones que más me llamó la atención: la forma de colocar los grandes hits.

Porque lo fácil habría sido guardarlos todos para el final. “Desátame”, “Europa”, “Sobreviviré”, “Pantera en libertad”… una detrás de otra, y a ganar por goleada. Pero Mónica hace algo bastante más inteligente. Los va repartiendo. Y, sobre todo, coloca “Sobreviviré” como cierre del bloque principal antes de los bises. Después parece que el concierto ha terminado. Se apagan las luces. Arranca el interludio de “Make You Rock”. Y entonces vuelve.

Según los setlists de otras fechas de esta gira, la estructura se mantiene: “Fama” abre el espectáculo, después llegan grandes canciones de diferentes etapas de su carrera y el bloque principal termina con “Sobreviviré”. Tras el falso final, llegan “Make You Rock”, “Las campanas del amor” y el medley “No voy a llorar / Chicas malas / Sacrificio”.

Y me parece una decisión de setlist bastante más interesante de lo que puede parecer sobre el papel.

Porque “Sobreviviré” tiene todos los ingredientes de un final. El público la conoce, la canta, tiene una carga emocional enorme y, además, su propio título parece escrito para cerrar un concierto. Pero no es el final. Es el final falso. Y después todavía queda espectáculo.

En Málaga ocurrió exactamente eso: el público interpretó “Sobreviviré” como la despedida, pero la artista regresó después para “Las campanas del amor” y terminó definitivamente con el medley de “No voy a llorar”, “Chicas malas” y “Sacrificio”.

La primera vez que ves la estructura, te puede desconcertar. La segunda, empiezas a entenderla.

Mónica no quiere regalar todos los cartuchos de golpe. Quiere que el concierto tenga capítulos.

Y funciona.

Aunque también tengo que decir que no todo me parece perfecto.

El espectáculo es tan grande que por momentos amenaza con comerse a la propia artista. Hay tantos elementos —pantallas, luces, bailarines, cambios, vestuario, músicos, coristas— que en determinados momentos uno puede preguntarse si realmente hace falta tanto. Mónica Naranjo tiene una voz suficientemente poderosa como para llenar un escenario prácticamente sola. Y existe una pequeña paradoja en esta gira: cuanto más impresionante es la producción, más evidente resulta que, cuando Mónica se queda relativamente sola frente al público, no necesita prácticamente nada más.

Esos son, para mí, los momentos en los que más brilla.

Porque cuando desaparece el artificio y queda la intérprete, ahí está la verdadera dimensión de Mónica Naranjo.

La producción es espectacular. Sí.

Los visuales me parecen magníficos. También.

Pero la razón por la que todo eso funciona es que debajo hay una artista capaz de sostenerlo.

Y no cualquier artista.

Treinta años después, sigue teniendo una presencia escénica difícil de discutir. Puede gustarte su personalidad artística o no. Puedes pensar que en ocasiones se pasa de teatral. Puedes incluso considerar que algunas decisiones visuales son demasiado grandilocuentes. Pero es complicado verla sobre un escenario y pensar que está ahí simplemente para cumplir.

Mónica Naranjo se toma muy en serio eso de ser una diva.

Y, sinceramente, menos mal.

Porque el pop necesita artistas que se atrevan a ser excesivos.

El problema aparece cuando el exceso no está justificado.

En este caso, la mayor parte del tiempo sí lo está.

La gira nació para celebrar tres décadas de carrera y ha recorrido en 2026 ciudades como Bilbao, Málaga, Jerez, Castellón y Medina del Campo, entre otras, antes de continuar hacia nuevas fechas y encarar su gran cierre en Madrid. En Málaga, por ejemplo, el espectáculo volvió a demostrar que la fórmula sigue funcionando: casi dos horas de concierto, una producción audiovisual de gran formato y un público que terminó coreando especialmente “Desátame”, “Pantera en libertad” y “Sobreviviré”.

Pero hay una diferencia entre leer que un concierto funciona y estar allí.

Y en la Mota se notaba que el público había venido a algo más que a escuchar canciones conocidas.

Había gente que había crecido con esas canciones. Había gente que probablemente las descubrió muchos años después. Había seguidores que conocían cada gesto de la artista y otros que simplemente querían escuchar en directo algunas de las canciones que forman parte de la cultura pop española.

Y todos terminaron jugando al mismo juego.

Porque esa es otra de las virtudes de este espectáculo: Mónica Naranjo ha conseguido convertir sus treinta años de carrera en algo transversal.

No hace falta haber vivido los noventa para entender “Sobreviviré”.

No hace falta haber comprado un CD de “Palabra de mujer” para cantar “Desátame”.

Y no hace falta conocer toda su discografía para comprender por qué, cuando empieza “Europa”, algo cambia inmediatamente en el ambiente.

Hay canciones que pertenecen a una persona.

Y hay canciones que, con el tiempo, terminan perteneciendo a varias generaciones.

Mónica tiene unas cuantas.

Y entonces llegamos al final.

O eso parecía.

Porque si hay una escena que me llevo especialmente del concierto de Medina del Campo no tiene que ver con una canción, ni con un visual, ni siquiera con una nota imposible.

Tiene que ver con una despedida.

Hace tiempo, en redes sociales, alguien —una hater, en palabras de la propia Mónica— dejó caer que Mónica Naranjo no sabía despedirse. Una de esas críticas que probablemente nacen para molestar y terminan convirtiéndose en material perfecto para una artista que sabe utilizar el humor y la teatralidad a su favor.

Y Mónica, en Medina del Campo, decidió contestar.

No con un tuit.

No con una entrevista.

Desde el escenario.

La artista hizo especial énfasis en que se marchaba. Que se despedía. Que se iba.

Y cuanto más insistía, más evidente resultaba que aquello tenía una segunda lectura.

Fue uno de esos momentos en los que el público entiende que está viendo algo que no estaba escrito únicamente en una escaleta.

“Me voy.”

Pero, claro, estamos hablando de Mónica Naranjo.

Y con Mónica Naranjo hasta una despedida puede convertirse en un espectáculo.

La gracia estaba precisamente ahí: después de una noche construida alrededor de grandes finales, falsos finales y regresos, la artista quiso dejar claro que esta vez sí. Que se marchaba. Que había terminado.

Y probablemente no hacía falta ni decirlo. Pero ella quiso decirlo. Y recalcarlo. Y volver a recalcarlo.

Y me parece bastante coherente con todo lo que había ocurrido durante las casi dos horas anteriores.

Porque Mónica Naranjo no parece una artista especialmente interesada en hacer las cosas de manera discreta.

Ni falta que le hace.

Puede que ese sea precisamente el secreto de su supervivencia artística: nunca ha intentado convertirse en una artista neutra.

Es demasiado teatral.

Demasiado intensa.

Demasiado consciente de su personaje.

Demasiado amiga del espectáculo.

Y precisamente por eso, cuando funciona, funciona muchísimo.

La Mónica que vimos en la Mota no es una artista intentando demostrar que sigue siendo la de hace treinta años. Es una artista que ha entendido que no tiene sentido competir con su propio pasado.

No puede volver a 1997.

No tiene por qué.

Puede hacer otra cosa.

Puede coger esas canciones, ponerlas dentro de una producción contemporánea, rodearlas de bailarines, coristas, visuales, luces, vestuario y una puesta en escena gigantesca y conseguir que vuelvan a sentirse actuales.

Y eso, después de treinta años, tiene bastante mérito.

Quizá haya momentos en los que la producción sea demasiado.

Quizá haya canciones que uno preferiría escuchar con menos artificio.

Quizá algunos medleys hagan que determinadas canciones sepan a poco.

Y quizá Mónica tenga una relación demasiado estrecha con la palabra “espectáculo”.

Pero es que ese es el punto.

No hemos venido a ver a Mónica Naranjo simplemente cantar.

Hemos venido a ver a Mónica Naranjo ser Mónica Naranjo.

Y en eso, la noche del 29 de agosto, no dejó demasiadas dudas.

El Castillo de la Mota tuvo su noche de diva.

Los visuales estuvieron a la altura.

La banda, los coristas y los bailarines construyeron un espectáculo que no dejó demasiado espacio para el aburrimiento.

El público respondió.

Y Mónica hizo lo que lleva haciendo tres décadas: entrar en un escenario y conseguir que parezca que el escenario se ha construido para ella.

Eso sí, la próxima vez que alguien diga que Mónica Naranjo no sabe despedirse, probablemente habrá que recordarle lo ocurrido en Medina del Campo.

Porque esta vez se aseguró de dejarlo clarísimo.

Mónica Naranjo se iba.

Lo dijo.

Lo repitió.

Lo enfatizó.

Y, finalmente, se marchó.

Aunque, tratándose de ella, hasta decir adiós tuvo algo de espectáculo.

Andrés Grande
Fundador de Visto de Otro Lado. Apasionado por contar buenas historias desde los 14 años, combinando periodismo, comunicación digital y diseño para conectar con la cultura, la ciencia y la tecnología.

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