Opinión, por Antonio Castaño


Éramos pocos, y parió la abuela, es una expresión que indica que ante una situación negativa, llega alguna circunstancia que contribuye a empeorarlo aún más. Algo de esto está pasando en educación, proceso continuo por el que una persona va adquiriendo la formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva, de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenece. Este proceso complejo, conlleva asociado un engranaje de numerosos factores con el fin de garantizar un mínimo de éxito en el largo camino.

Educar para los griegos significaba conducir, darle la mano al alumno para que poco a poco se adentre en el bosque de la vida, preparándolo para que le pueda sacar su máximo partido. Una labor complicada, pero enormemente fascinante la que tienen padres y maestros. Ahora bien dicha tarea para que lleve al alumno a buen puerto, debe realizarse en las mejores condiciones.

Últimamente, los padres por las condiciones de vida a las que hemos llegado, están teniendo dificultades para ejercer dicha labor. Dificultades laborales, de conciliación, que hacen que su tarea educativa quede gravemente erosionada, ante ello la administración hace oídos sordos, aunque la enorme caída de la natalidad debería ponerles en alerta máxima.

¿Y la escuela? Siempre ha sido el referente para suplir carencias de todo tipo, aunque pocas se le ha tenido suficientemente valorada. A ella siempre se recurre para solucionar de hoy para mañana problemas complejos que requieren soluciones complejas. Y estas circunstancias de un tiempo a esta parte no se están dando en la escuela. Si nos atenemos que educar es conducir, deberíamos mirarnos en la labor de la DGT, cómo ha ido reduciendo la mortalidad a base de controles, límites y normas para impedir que los conductores se distraigan: publicidad en las carreteras, uso del móvil, control de velocidad, alcohol, drogas,…

Justo lo contrario está ocurriendo en la escuela, precisamente al maestro que debe estar centrado en su labor para conducir al alumno,  no distraerse, cada curso se le amontonan más señales disuasorias en su camino pedagógico: papeleo, número de alumnos excesivo, grupos de whatsapp  de padres presionando,  inseguridad en el puesto,…y si éramos pocos, parió la abuela.

Aparece un nuevo cartel disuasorio: el pin parental, que propone poco menos que una educación a la carta de los padres, poniendo  una clave que le permite vetar que sus hijos reciban una educación con mayúsculas. Pues educar no es solo trasmitir conocimientos, estas herramientas a pesar de ser importantes, no son suficientes para caminar con éxito por el bosque de la vida. Tiene numerosos accidentes, peligros, maravillas, a los que para acceder se necesitan otras herramientas que los contenidos, exámenes, deberes, títulos, no proporcionan. Y es precisamente, educar en valores la tarea más complicada a la que se enfrentan los docentes, pero también la más gratificante, pues permite a los alumnos desarrollar su personalidad, aprendiendo a convivir juntos. Justo todo lo  contrario de  lo que propone este pin.

Se ha colado en la escuela un problema ajeno a ella, pues salvo casos muy puntuales, los padres valoran bastante el desarrollo de estas actividades. Mi experiencia docente lo avala, después de muchos años poniendo en práctica proyectos encaminados a eliminar desigualdades en centros muy diferentes. Precisamente la educación ha de eliminar los pins que desgraciadamente tienen muchos alumnos, que le bloquean para salir de la situación de desigualdad que tienen.

Supone por tanto el pin parental un retroceso importante en logros conseguidos en educación, una educación que ante todo debe ser democrática, respetuosa por parte de padres y profesores, donde se tenga en cuenta las individualidades de los alumnos. Si ello se explica, no deberían plantearse problemas en los centros, no lo hicieron ninguno de los padres de un colegio rural, cuando a finales del siglo pasado desarrollamos un proyecto de educación afectivo sexual durante varios cursos.

Esperemos que pronto las aguas vuelvan a su cauce y los alumnos se puedan mover por los entresijos de la educación sin ningún tipo de clave, la sociedad lo agradecerá.

 

Antonio Castaño
Me encanta recorrer caminos con mi mochila a cuestas, me ilusiono con las cosas pequeñas, especialmente con la naturaleza, sin ella el caminar sería complicado. Me gusta compartir relatos, fotos, proyectos, reflexiones...

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