Llegar hasta ellas ya supone una complicada aventura. Después de rodear y rodear la ciudad, las señales te van llevando a una especie de encajonamiento, con muchos parecidos al entramado que se le hace al ganado para engañarlo y llevarlo al embarcadero. No es fácil pararse cerca de su entrada, recibes el correspondiente pitido a las más mínima que el enfermo tarde en abandonar el coche, aparcarlo, también supone otra aventura.

Puerta de entrada siempre atascada, un entrar y salir sin ton ni son, como ríos humanos que van y vienen de la administración a la sala de espera, de la sala de espera a boxes, a consultas, a pruebas,   y por si era poco, están las estatuas vivas que se colocan en medio del pasillo, de las puertas…

Allí se llega intentando ganarle la partida al tiempo para que lo antes posible sea atendido el enfermo y una vez allí el tiempo te gana por goleada la partida. Da lo mismo que lleves volante o no lo lleves, sabes que tendrás que soportar horas de espera, sin saber nada de cómo avanza el estudio del enfermo al que acompañas.

Siempre sorprende cuando después de tener el billete, entras en la sala de espera, especie de vagón de tren antiguo, donde hay bolsos de viaje, bolsas, neceseres, al lado de los viajeros, preparados para aguantar el retraso. Hay que ser rápido de reflejos para conseguir asiento entre tanta marabunta de cachivaches, que poco a poco se va complicando cuando llegan pasajeros con muletas, en sillas de ruedas de difícil aparcamiento.

Conseguida la plaza, empieza la espera, siempre larga, muy larga. Una megafonía potente, pero con una acústica mala y dañina, de vez en cuando lanza al espacio el nombre de un paciente y la dirección que ha de tomar. Al principio, los que llegan frescos están atentos en la escucha, pero desgraciadamente su nombre nunca sale, después viene la relajación y es entonces cuando a más de uno se le va el santo al cielo, no se enteran, han de repetir varias veces o venir un celador buscando personalmente al enfermo.

Mientras la mayoría de los pasajeros se distraía con el móvil, sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor, contemplaba escenas, muchas dignas de ser llevadas a la gran pantalla. No hay normas visibles en urgencias, quizás sea la primera urgencia a solucionar, demasiado bien funciona un grupo numeroso reunido por motivos de salud. La mayoría se rige por el sentido común, apenas hay protestas ante tanta angustia que tiene más de uno. Un grupo heterogéneo, una representación genuina de la sociedad, donde aparecen desde embarazadas, bebés, jóvenes, adultos y especialmente ancianos, que se nota que ya tienen bastantes goteras. Llama la atención que un tanto por ciento importante está representado por individuos con sobrepeso, como si tuviesen más papeletas para recurrir a este servicio. El segundo más numeroso, nunca falla, los gitanos, dentro, fuera, en los pasillos, en las consultas, son el espíritu santo de las urgencias, aparecen y desaparecen.

Siempre destaca su presencia. Llamaban a un tal Motos, todo un grupo iba detrás del enfermo, entraban todos a consulta, a boxes o donde fueran, no se les pone nada por delante. Y nadie sin decir ni pío.

Forman corros de tono elevado, no tienen ningún tipo de vergüenza: ¡niña mira a ver que tengo 10 llamadas perdidas! grita la abuela  al sacar el móvil del sujetador. ¡Cómo se mueven en urgencias! No estaría mal que los contratasen para enseñar el camino a los que por primera vez llegan a este destino.

La máquina de las bebidas cansada de trabajar todo el día, dejó de entregar la compra después de coger las monedas, gente indignada, cabreada. No pasa nada, aparece el listo que todo lo sabe, un buen meneo a la máquina con fundamento y no tiene más remedio que soltar el producto, un ruido de impresión, nadie dice nada, los celadores, están para otra cosa.

La megafonía sigue repitiendo machaconamente su canción .a boxes, a sofás, a consulta, a planta, a pruebas…

Esperemos que alguien que haya planificado el nuevo hospital haya estado en urgencias, y haya pensado en la personas, le falta tanto trato humano digno a este espacio y urge hacerlo cuanto antes.

Antonio Castaño
Me encanta recorrer caminos con mi mochila a cuestas, me ilusiono con las cosas pequeñas, especialmente con la naturaleza, sin ella el caminar sería complicado. Me gusta compartir relatos, fotos, proyectos, reflexiones...

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