No entiende muy bien el que firma qué es lo que tiene que hacer Rufus para llegar al estrellato del que disfrutan otros artistas que lucen muchos menos méritos. Con ocho discos ya en el esportón en casi veinte años de carrera, y uno de los directos más importantes y serios que se pueden ver en la escena —pleno de un cancionero que bebe de muchas y variadas fuentes—, es un hecho inexplicable que no estén en los estadios (más allá del hype de 2017 con “Magnolia”), o al menos en recintos cada vez más grandes, porque esas canciones y el grupo lo merecen de sobra.
Ser contemporáneo de una banda de ese calibre (para que se hagan una idea, cambiaron el setlist que tenían preparado para la noche en el momento e incluyeron esa joya hard rockera que es “Pompeya” nada más ver el lío estratosférico que formó la espectacular apertura de Vacaciones Permanentes), capaz de conjurar sonidos que van de My Morning Jacket a Tame Impala o, si me apuran, Pink Floyd, Radiohead o Arcade Fire en un ambiente de pura cinematografia casi, y que además trata a sus seguidores con un mimo y respeto que, por cierto, es recíproco en un intercambio que recuerda a los Deadheads de los 70 (les remito a lo que escribí para esta casa de la presentación de Todas las Cosas Buenas, por ejemplo), parecen casi irreales en los tiempos que corren.

Y conste que no estoy renegando de su estatus de banda de culto, que merece una escucha prolongada en disco y, sobre todo, en directo (ese es el problema de verlos en festivales), y a la que se defiende a muerte en cualquier charla de música. Simplemente se me antoja inexplicable, aun admitiendo egoístamente que tal vez sea mejor así y continúe siendo solo para iniciados. Pero esa barra de “Trueno Azul” —«Hice todo por el indie, y el indie no hizo nada por mí»— se antoja tan acertada como dolorosa.
La despedida de Ultrasonicx no pudo ser más atinada. El ciclo de conciertos que el Servicio de Actividades Culturales de la USAL ha impulsado estas últimas semanas se ha tornado imprescindible, con el público respondiendo ante propuestas de calado muy alto que, afortunadamente, tendrán continuidad en pocos meses. La última de las noches de conciertos era un must imposible de perderse en la programación.
Ha visto el que suscribe a Iván Andrés desde su primer concierto en todos sus grupos y encarnaciones, y, a mi modesto entender, Vacaciones Permanentes es uno de los mejores y más importantes proyectos de su carrera. La traslación al escenario de su idea de juntar rock and roll con bases electrónicas minimalistas y sucias conviviendo en paralelo es sencillamente demoledora. Los nombres obvios que sobrevuelan al verle —Alan Vega y Martin Rev, sí, pero también The Cramps o, a nivel personal, The Rapture— son lo de menos cuando se pone a ello con la homónima. Esta vez va solo, sin nadie respaldándole, y se pule un pase tan adictivo y brillante que nos noquea.
La rabia y la furia que esgrime, perfectas en ese puñetazo que es “Cegados por la luz” y el single cañón “Cuchillos”, se juntan con riffs garageros y parcos. “Eterna” suena a gloria, con toneladas de actitud e ideas; “Tu Warhol” gana aquí por goleada con su montón de capas; y las ajenas —“Gasolina” es un temazo cuando la hace él, pero lo mejor en ese lado vino al tributar a Jorjón—. Además, estrena “Crash” antes de ponernos a todos a bailar y cantar a 200 con el estribillo más inolvidable que ha escrito en “Enfermo de mí”, que me hace recordar por qué odio ver bolos sentado. Impresionante es poco.
Arrancaba “El Coro del Amanecer” tras una pequeña intro, y el escenario se llenaba de la primera e increíble sucesión de capas de sonido de la noche. Víctor Cabezuelo, a la voz, guitarra y sintes, y Julia Martín-Maestro, a la batería, comandándolo todo, con Juan Feo en las percusiones, Teresa Ríos Manola en los teclados y coros, Miguel de Lucas en el bajo y teclados, y el responsable de mucho del sonido de la guitarra en el último disco, Marc Sastre, cerrando la formación. Hace unos días, cuando pasaban por Barcelona, alguien en una crónica hablaba de que sus conciertos son un sueño del que nadie quiere despertar. Lo firmaría sin dudarlo desde que empalman con “Camina a Través del Fuego” y una inmensa “Polvo de Diamantes”.
Los estratos que llenan las canciones de cambios, cada cual más bonito, propios casi del rock sinfónico; la psicodelia (que tan bien los ha entendido su técnico de luces, en una escenografía sobria y austera); la extensión de los temas, alejados del estándar pop de tres minutos; y la pericia instrumental absoluta que esgrimen, lo hicieron otro concierto más —ojo— inolvidable, en el que se agolparon los detalles de la clase que tienen: la brillantez de las guitarras y voces de Cabezuelo; Julia cantando (y muy bien) “Ceci n’est pas une pipe” o marcando el solo del inicio de una incomensurable “El Principio de Todo”; Manola llevando el protagonismo, primero sola y al final en apoteosis con toda la banda en una maravillosa “Premios de la Música Independiente”; la recuperación de “Magnolia”; la casi rave de “Trueno Azul” y “Dron sobrevolando Castilla-La Mancha”; el encadenado de la celebérrima y esperada “Nebulosa Jade” y “La Plaza”; la apuesta por un discurso emotivo a favor de la autocreación en estos tiempos de covers asqueantes antes de “Se donde van los patos…”; el alto blues de “Río Wolf”; y ese final para hemerotecas con una preciosa y sentida “Canción de Paz”, con todo el público rendido.
Suena “Como yo te amo”, el tema de Manuel Alejandro que popularizó Rocío Jurado, mientras saludan ya con las luces encendidas. Cantamos y bailamos si, y sobre todo nos emocionamos. Pero es lo que se hace cuando tienes delante una banda así.






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