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Salamanca Folk Fest | Sala B C.A.E.M.

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Me acordé de Tuco, amigos. Tuco Pacífico Benedicto Juan María Ramírez, sí.

Verán, fue justo cuando Moonshine Wagon empezaron a hacer la revisión de ese tema de The Black Lillies que se pulen, “Two Hearts Down”. Incluso me podía imaginar a Cruz Contreras mirando preocupado cómo lo hacen casi mejor que ellos, con el aire de spaghetti western que le dan y que transforma totalmente la canción para que incluso pudiera sonar en una peli de Corbucci o de Leone. Y eso fue solo un detalle de la brillantez del pase de una banda que, en lo suyo, simplemente admite pocas o ninguna comparación.

Son los de Vitoria una fuerza de la naturaleza llena de folk, bluegrass y country, tamizada con dejes al punk o al metal e interpretada solo con instrumentos de cuerda —violín, mandolina, banjo, bouzouki, guitarra y contrabajo— a velocidad de crucero. Su paso por la edición de este año del Salamanca Folk Fest formaba parte de las celebraciones de los doce años (doce más uno, ya) de historia de la banda, y no defraudó. Pero hubo mucho más en una noche muy interesante.

Daría para horas de discusión la sangre, el sudor y las lágrimas que cuesta sacar adelante un festival de música pequeño y autogestionado. El que suscribe podría hacer un TFC sobre ello casi sin esfuerzo. La teoría, ay, es muy bonita y molona, pero luego, cuando los problemas golpean (y lo hacen siempre), es cuando empiezas a ver la realidad. Y te apabulla.

De ahí la urgencia y la necesidad de apoyar sin fisuras eventos así en la medida de las posibilidades de cada cual, para poder tener —y vivir— cosas tan espectaculares como la que nos ocupa. En unos tiempos como estos, ahorrémonos si les parece hablar aquí de los líos repugnantes de los grandes; se antoja capital no dejar morir el trabajo difícil e ingrato de quien hace posible algo tan maravilloso, la mayoría de las veces solo a base de ilusión, amor y pasión. Por ello, reconfortaba ver la lujosa entrada que el festival logró reunir.

¿Saben aquellos tipos que eran músicos de folk irlandés en el aeropuerto de Newcastle cuando se pusieron a tocar para los pasajeros de un vuelo cancelado que se morían de asco mientras esperaban el siguiente? Puedo imaginarme a Lumbre haciendo lo mismo, y es ese espíritu lo que nos enseñaron, a mi entender, en su comparecencia abriendo las celebraciones de la noche.

No se trata de The Clancy Brothers: es más irreverente y gamberro. El mullet del tío de The Mary Wallopers mientras toca el banjo; a eso me refiero. Me conquistaron, como siempre, pudiendo ver su trabajo en las propias: “Celebración”, “Payaso” o “Jodida Bestia” sonaron a gloria, y viéndolos desenvolverse en el escenario —tienda de campaña incluida o el gimmick de Mierdoly— con más seguridad cada vez.

Comandados por la voz de Fer Sanmor nos recetaron medicamentos de alto calado en forma de adaptaciones (aquí ganó por goleada la “Diva” de Melody convertida en una oda a la cerveza) tan divertidas como adictivas.

 

La base de Edu Hernández y Alejandro Fernández pilotó todo el bolo de manera ejemplar, y la guitarra de Carlos Martín y el violín de Isa le fueron a la zaga. Qué bien fue verlos a los cuatro en una inmensa “Cowboy de cuatro ruedas” y en ese apropiado himno que es “Tabernman”, mientras la gente se sumaba a la fiesta que propiciaron.

El empalme del imprescindible “The Drunken Sailor” con una sentida muñeira, y el final con “Hamelino” y “Danza del diablo” desatando un pogo de justicia, echaron el cierre a un bolo al que solo le sobró el conteo del tiempo: habría sido de nota con veinte minutos menos.

Lo dijo Goiatz Dutto en un momento dado, y pasó casi desapercibido. Pero, para nuestra eterna vergüenza, fue exactamente lo que ocurrió. Desde que los cuatro salieron a escena con “It’s So Slow”, pareció que el público guardaba una extraña distancia con lo que estaba ocurriendo arriba. Y fue en la parte final, con las paradas en material ajeno sobre todo, cuando más se animó.

Craso error, porque nos habían dado bien con un setlist de ensueño. Lander Lourido es una rockstar de alto voltaje y su voz —extraordinario lo que hizo durante todo el set, como cuando revisó él solo el “Jeremy” de Pearl Jam— pone las canciones a una altura inmensa. Ese “First World Problems” —ah, qué letra más acertada— o el inmenso “Ghost”, con todo el grupo dándolo todo; ese “Wasted” y esa barbaridad de canción que es “Breathe”.

La amalgama de sonoridades que hacen pensar en Scott H. Biram o en Artimus Pyle Driver por citar algunos nombres casi al mismo tiempo, la imagen inolvidable de los cuatro en el escenario o ese deje cinematográfico que exhiben —estos podrían hacer el duelo de banjos de Deliverance sin problemas— los hacen irresistibles. Pero, a eso iba: parecía que nada de eso llegaba abajo.

Recorrieron gran parte de su discografía (espectaculares los temas en euskera: “Marinelaren Zai” y “Txoria Txori” atraparon) aupados por la dinamita que enchufaba a su contrabajo Víctor Gabriel Martín —¿para qué diablos quieres una batería si tienes a alguien así?— y el trabajo impecable de David “Dagda” Sánchez en el multiinstrumentismo y esa voz feroz.

Cautivó poder ver esas revisiones de “My Mind Is Mine”, “I Better Live Alone” y “Burn in Earth”, o la inmensa “Porca Miseria”, y ese último acto para enmarcar donde bajaron a la tierra desde Backstreet Boys a Black Sabbath pasando, claro, por Motörhead, todo tamizado de bluegrass punk de alto octanaje.

Aun así, solo por catar “My Liver Is Trying to Survive” y ese himno que es “Empty Bottle”, intercaladas y con el personal por fin a todo gas, ya mereció la pena. ¿Y el epilogo?, adrede o no, da igual, cuando todo acaba suena por arriba el “Jolene” de Dolly Parton por supuesto, en la version de los White Stripes. Mas top imposible.

Que grandes, ojala vuelvan pronto.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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