Hay en opinión del que suscribe pocos ascensos tan imparables y meteóricos en los últimos años en la escena musical patria, como el que han protagonizado los de Casas de Don Pedro. La irrupción del trio con su reinterpretación de sonidos tradicionales con flamenco, rock y ritmos más o menos modernos ha supuesto su entrada directa a la parte alta de la tabla gracias sobre todo al apoyo incondicional del público que ha hecho suyas esas canciones y letras que el Vetusta Jorge González vio antes que nadie. No cabe discusión alguna cuando, a modo de ejemplo, se ve a kilómetros que han hecho ellos solos en apenas dos años más por la visibilidad del mundo rural y los pueblos, que toda la clase política en diez años y que una palabra como revolá ya forma parte del acervo juvenil de cualquier lugar del país.
Con eso en mente no puede extrañar la histeria de los días previos a las citas que les traían de nuevo a Salamanca, y la imposible pelea por hacerse con un ticket para cualquiera de ellas, siendo además las primeras fechas de su nueva gira. Dos noches de sudoroso y bailongo soldout con el disco entero de lujoso protagonista y apoyados los tres protagonistas -Carlos Canelada voz y guitarra, Juan Grande teclados voz y guitarra y Víctor Arroba bajo- por la inmensa batería de Manu Oliva desde que abrían con esa invitación a la fiesta que es “100 Amapolas”.
Ya casi nadie lo recuerda, pero en los años 70´s surgió en Madrid un chispazo al flamenco más tradicional, el Sonido Caño Roto, que fusionaba rumba y fandango con cosas del rock el soul y el funk, y que puede servir para entender lo que estaba pasando arriba del escenario, más allá de los consabidos dejes a Estopa, Extremoduro o Los Delinquentes.
Canciones como “Me Da Igual” o “Yeska” con Los Chungitos y Los Chichos flotando por arriba huelen a veranos y a verbenas, y el público las canta a pulmón emocionado mientras el grupo no baja el listón de la energía ni un momento en plena comunión con él. La brillantez de las traslaciones de “Intacto” y su pequeña rave soft, o de “La Brecha” con un trabajo instrumental de altura alargándola, las letras inolvidables llenas de ternura y guiños a su tierra, esas bases drum´n bass de “Quiero Parecer”, o el funk absoluto que enarbolan en “Siempre +” son solo retazos de un setlist matador que parecía un grandes éxitos de una banda con décadas a su espalda. El paroxismo golpeo, no podía ser menos con el paso por un “Nada que Perder” del emperador Iniesta fulgurante y muy emotivo, en una revisión preciosa llena de respeto.
Y no fue tanto la cantidad, una hora y algo con el añadido de catar “Puñales De Plata” que no está en el disco, como la calidad. Poder ver “El Estandarte” y el empalme de la poética “Jaribe” y “Jota Final” antes de que estrenaran un tema nuevo que suena a ellos por los cuatro costados. Sumarse a la épica que iba a desatar las dos noches la llegada de “Revolá” donde casi no tuvieron que cantar con el personal gritándola entusiasmado, y ese último acto que inician con “Me quedare” tributando a Estopa, y que aceleran con la estupenda “Mirando por los míos” y su estribillo inolvidable y un “Septiembre” para enmarcar. Cuando para echar el cierre hacen la versión de Los Cabales “Llevadme a Mi Extremadura” que han actualizado y sampleado de forma impecable, la sensación de que pocas veces más podremos verlos en recintos pequeños embarga. La próxima nos contarán por miles, ya lo verán.






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