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Siloé vuelve a casa y firma uno de sus conciertos más especiales

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Hay conciertos a los que vas a escuchar música y otros a los que vas a comprobar si todo aquello que se dice de un artista es verdad. El de Siloé en el Castillo de la Mota de Medina del Campo pertenecía claramente al segundo grupo. Había expectación, había un escenario privilegiado, había público y, sobre todo, había una circunstancia que hacía que la noche tuviera algo diferente: Fito Robles jugaba en casa. Valladolid estaba a pocos kilómetros, pero la sensación era mucho más cercana. Y cuando un artista vuelve a su tierra después de haber crecido hasta convertirse en uno de los nombres más reconocibles de la escena alternativa española, lo normal sería esperar cierta relajación. En Siloé ocurre justo lo contrario. Fito sale al escenario como si todavía tuviera algo que demostrar. Quizá ahí esté una de las claves de por qué la banda funciona tan bien en directo. Y también, siendo sinceros, uno de sus pequeños problemas.

Porque Fito Robles no sabe estar quieto. Ni falta que le hace. Pero tampoco sabe contenerse. Corre, salta, se mueve, grita, gesticula, se acerca al público, vuelve al centro, se marcha hacia un lado, regresa, levanta los brazos y parece dispuesto a ocupar cada centímetro del escenario. Hay momentos en los que uno piensa que quizá está intentando ganar por agotamiento. Y lo curioso es que, de alguna manera, lo consigue. El directo de Fito es excesivo. Y precisamente por eso funciona. No es un cantante que salga a interpretar sus canciones y espere a que el público haga el resto. Es un frontman en el sentido más clásico de la palabra, de esos que entienden que un concierto no consiste únicamente en cantar bien, sino en conseguir que durante hora y media o dos horas no quieras mirar el móvil, no quieras hablar con quien tienes al lado y no quieras que aquello termine. Fito tiene esa capacidad. Otra cosa es que, por momentos, uno pueda echar de menos algo más de contención. Hay movimientos, gestos y momentos de intensidad que, si se midieran individualmente, podrían parecer incluso demasiado. Pero sería injusto pedirle a Siloé que se comporte como una banda de cámara cuando precisamente su principal virtud es la energía.

Y esa energía fue una de las grandes protagonistas de la noche en Medina del Campo. El público respondió desde el primer momento. No hacía falta demasiado para que el recinto se convirtiera en una especie de conversación permanente entre el escenario y la pista. Las canciones de Siloé tienen esa capacidad: pueden funcionar perfectamente escuchadas en unos auriculares, pero cuando llegan al directo adquieren otra dimensión. Se hacen más grandes, más físicas y, en algunos casos, incluso más emocionales. Siloé no parece querer que el público simplemente escuche; quiere que participe. Y cuando el público entra en el juego, el resultado es difícil de discutir.

También ayudaba el lugar. El Castillo de la Mota aporta algo que ningún pabellón o sala convencional puede aportar: contexto. Hay algo especialmente potente en escuchar música contemporánea delante de una fortaleza histórica. Durante unas horas, el monumento dejó de ser únicamente un espacio patrimonial y se convirtió en parte del espectáculo. El escenario, las luces, el público y la propia arquitectura del castillo construyeron una imagen que difícilmente se puede conseguir en un recinto convencional. No todos los conciertos necesitan un gran escenario para parecer grandes; algunos solo necesitan estar en el lugar adecuado. Y la Mota lo era.

Pero si hay algo que merece destacarse de la noche, más allá de Siloé, es la organización. Y conviene hacerlo porque normalmente hablamos mucho del artista y muy poco de todo lo que ocurre para que un concierto salga bien. Cuando algo falla, todo el mundo lo percibe. Cuando todo funciona, prácticamente nadie se acuerda de que detrás hay decenas de personas trabajando. En este caso, la sensación durante la noche fue precisamente esa: que las cosas estaban pensadas y coordinadas. Accesos, atención al público, funcionamiento del recinto y coordinación general permitieron que la organización no se convirtiera en protagonista. Y eso, en un evento de estas características, es probablemente uno de los mejores cumplidos que se pueden hacer.

La buena organización es invisible. No debería haber largas explicaciones, improvisaciones constantes ni situaciones que obliguen al espectador a preguntarse qué está pasando. Uno llega, entra, encuentra su sitio, disfruta y se marcha. Parece sencillo. No lo es. Especialmente cuando se celebra un concierto en un entorno patrimonial y con una producción de estas características. La coordinación entre las distintas partes del evento fue uno de esos elementos que quizá no aparecen en una fotografía de la noche, pero que explican por qué la experiencia general fue positiva.

Y luego está Siloé. Una banda que, a estas alturas, ya no debería necesitar la etiqueta de “promesa”. Esa palabra se les ha quedado pequeña. Llevan años demostrando que pueden defenderse en salas, festivales y escenarios cada vez mayores. Su evolución se entiende también mirando su agenda: festivales, grandes recintos y una gira que ha llevado su propuesta a distintos puntos del país. Lo que antes podía parecer una apuesta interesante de la escena alternativa se ha convertido en un proyecto con personalidad propia. Y eso tiene mérito.

Porque hay muchas bandas capaces de sonar bien en un festival. Hay muchas capaces de sacar un buen puñado de canciones. Hay muchas que pueden conseguir que el público salte durante una noche. Lo complicado es tener una identidad reconocible. Y Siloé la tiene. Puede gustar más o menos su mezcla de pop, rock y electrónica, puede haber canciones que conecten más que otras, e incluso se puede discutir si algunos de sus momentos más épicos necesitan realmente ser tan épicos. Pero después de verlos en directo resulta complicado decir que son una banda indiferente.

No todo me convenció por igual. Y precisamente por eso el concierto merece una opinión y no simplemente una crónica de aplausos. Hay momentos en los que Siloé parece querer llevar absolutamente todo al máximo. Más intensidad, más movimiento, más volumen emocional, más interacción. Y cuando todo está permanentemente arriba, el riesgo es que algunos momentos pierdan capacidad de sorpresa. Si todo es clímax, el clímax deja de ser especial. Es quizá la principal crítica que se le puede hacer a un directo que, por otra parte, funciona extraordinariamente bien. A veces Fito podría parar un segundo. Dejar respirar una canción. Permitir que una emoción llegue sin necesidad de empujarla hasta el límite. Pero probablemente eso sería pedirle a Fito Robles que dejara de ser Fito Robles.

Y ahí está la contradicción.

Su mayor virtud es también su mayor exceso.

Fito no sale al escenario a pasar desapercibido. Sale a ganar. Y en Medina del Campo tenía además una motivación añadida: estaba jugando en casa. Aunque el concierto se celebrara fuera de Valladolid, la cercanía geográfica y emocional era evidente. Había algo de regreso, de reencuentro con un público que entiende perfectamente de dónde viene el artista. Y quizá por eso algunos momentos tuvieron una intensidad especial. No parecía simplemente una parada más de la gira. Parecía una de esas fechas que un músico recuerda cuando termina el año y repasa dónde ocurrieron las noches importantes.

También hay que reconocer algo: Siloé ha sabido crecer sin perder completamente la sensación de cercanía. Y eso no es sencillo. A medida que aumenta el tamaño de los escenarios, aumenta también el riesgo de que una banda se convierta en una maquinaria demasiado perfecta, demasiado distante. En Siloé todavía queda algo de esa sensación de grupo que quiere demostrar que puede estar ahí. Incluso cuando ya ha demostrado que puede.

Quizá por eso funciona tan bien la figura de Fito. Porque es difícil imaginar a Siloé con un cantante que se limite a cumplir. Necesitan a alguien que se deje la piel. Y Robles lo hace. Puede resultar exagerado, puede cansar por momentos, puede parecer que está permanentemente al borde de pasarse de revoluciones, pero cuando termina una canción y ves al público respondiendo, la discusión pierde parte de su sentido. El directo está cumpliendo su función.

Y si algo quedó claro en la Mota es que la gente quería estar allí. No únicamente escuchar las canciones, sino vivirlas. Saltar, cantar, grabar algún momento con el móvil, mirar al escenario y formar parte de ese pequeño caos perfectamente organizado que es un concierto. Porque también hay algo bonito en eso: durante unas horas, personas que probablemente no se conocen de nada comparten canciones, emociones y recuerdos.

Eso es lo que distingue un buen concierto de un concierto memorable.

La música puede estar bien ejecutada y el sonido puede ser correcto. Pero para que una noche se quede en la memoria hace falta algo más. Hace falta ambiente. Hace falta conexión. Hace falta un artista dispuesto a entregarse y un público dispuesto a responder. Y en Medina del Campo estaban las dos cosas.

Al final, quizá el titular sea más sencillo de lo que parece: Siloé jugaba en casa y volvió a ganar. No porque todo fuera perfecto. No porque cada canción funcionara igual. No porque Fito Robles sea un frontman que vaya a gustar a todo el mundo. Precisamente al contrario. Porque tiene personalidad suficiente para provocar incluso cuando se pasa de revoluciones. Porque hay momentos en los que su intensidad puede resultar excesiva, pero nadie puede acusarle de salir a cumplir el expediente.

Y eso, en una época en la que demasiados directos parecen diseñados para reproducir exactamente lo que se escucha en Spotify, se agradece.

Siloé no parece una banda que esté pensando en cómo sonar en directo. Parece una banda que quiere que el directo sea su propio territorio.

Y Fito Robles, con sus carreras, sus saltos, sus gritos y esa sensación permanente de estar a punto de quedarse sin aire, es el responsable de buena parte de ello.

Puede gustar más o menos.

Puede parecer demasiado.

Puede que, en algún momento, uno piense que debería bajar una marcha.

Pero entonces llega otra canción, el público vuelve a saltar y Fito vuelve a correr por el escenario.

Y uno entiende que probablemente esa es precisamente la razón por la que Siloé sigue estando arriba.

El Castillo de la Mota fue testigo de una noche de música, de verano y de celebración. Una noche en la que la organización estuvo a la altura, el público respondió y una banda vallisoletana volvió a demostrar que aquello de ser “una de las promesas” ya es historia.

Siloé juega en casa. Y, por ahora, el ‘top 1’ sigue teniendo dueño.

Andrés Grande
Fundador de Visto de Otro Lado. Apasionado por contar buenas historias desde los 14 años, combinando periodismo, comunicación digital y diseño para conectar con la cultura, la ciencia y la tecnología.

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