La M.O.D.A., Leiva y Xoel López protagonizan una de las jornadas más reconocibles de la edición, en un sábado que vuelve a demostrar que Sonorama sabe reunir generaciones sin perder su identidad
Hay una hora en todos los festivales en la que el público deja de mirar el reloj. En Sonorama suele ocurrir cuando cae la tarde y Aranda de Duero empieza a parecer una ciudad imposible: miles de personas caminando en todas direcciones, grupos que se buscan por teléfono, camisetas de años anteriores y canciones que llegan desde varios escenarios al mismo tiempo.
El sábado 8 de agosto tenía todos los ingredientes para que ese momento llegara antes de lo habitual.
La jornada reunía a La M.O.D.A., Leiva y Xoel López, tres nombres que, desde lugares distintos, forman parte de la historia reciente de la música popular española. Pero también colocaba junto a ellos a Belén Aguilera, Valeria Castro, El Mató a un Policía Motorizado, Ojete Calor, Repion, Grande Amore o The Rapants. Una combinación que resume bastante bien en qué se ha convertido Sonorama: un festival capaz de mirar hacia atrás sin dejar de buscar lo que viene después.
La tarde comenzó a las siete con Repion, Vis Viva y Jaguayano. Todavía quedaban muchas horas de música por delante, pero el recinto ya empezaba a llenarse. Poco después, Valeria Castro ocupaba el escenario Aranda de Duero, mientras Pol 3.14 y Kitai abrían otras rutas dentro de un festival que, a esas alturas, obligaba al público a asumir una realidad inevitable: es imposible verlo todo.
A las 20.35 llegó Belén Aguilera al escenario Ribera del Duero.
La artista representa una de las transformaciones más evidentes de la música pop española de los últimos años. Su presencia en Sonorama confirma que el festival ha ampliado definitivamente sus fronteras sonoras sin renunciar a la centralidad de las canciones.
Pero el sábado tenía un primer gran punto de inflexión a las 21.35.
La M.O.D.A. volvía a ocupar el escenario Aranda de Duero.
Pocas bandas tienen una relación tan natural con el público de Sonorama. La formación burgalesa comparte con el festival una misma geografía emocional y una manera de entender la música en la que las raíces, las guitarras y la canción colectiva tienen un peso fundamental.
Su presencia en Aranda tenía algo de regreso a casa.
La M.O.D.A. ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de la idea de comunidad. Sus conciertos funcionan porque sus canciones no terminan de pertenecer a quienes las escribieron. Pasan rápidamente al público. Se convierten en coros multitudinarios y en una forma de identidad compartida.
En Aranda, esa fórmula adquiere una dimensión especial.
No es únicamente una banda de Burgos tocando cerca de casa. Es una banda que forma parte del imaginario de un festival que lleva años reivindicando la música hecha desde Castilla y León y que ha convertido esa proximidad territorial en una de sus señas de identidad.
Mientras La M.O.D.A. hacía suyo el escenario Aranda de Duero, el resto del recinto preparaba la llegada de otro de los nombres fundamentales de la noche.
Leiva.
A las 23.00, el escenario Ribera del Duero recibió a uno de los artistas más importantes de la música española contemporánea. Su carrera ha trascendido hace tiempo el territorio del indie del que procede y se ha convertido en una de esas figuras capaces de reunir a públicos muy diferentes bajo las mismas canciones.
El paso de Leiva por Sonorama funcionaba, por tanto, como una de las grandes citas de la jornada.
Pero la noche todavía guardaba otro nombre fundamental.
A las 00.30, cuando el festival ya había cruzado la frontera de la madrugada, Xoel López apareció en el escenario Aranda de Duero.
Es difícil encontrar una figura que explique mejor la evolución de la música alternativa española de las últimas décadas. Desde los tiempos de Deluxe hasta su posterior transformación artística, Xoel ha recorrido diferentes territorios sin dejar de construir una identidad propia.
Su música también encaja especialmente bien con el espíritu de Sonorama: canciones de autor que pueden convivir con el rock, el pop y la tradición sin necesidad de escoger una única etiqueta.
El sábado, además, permitió que varias generaciones de público coincidieran frente a los escenarios.
Quienes habían crecido con las primeras canciones de Leiva.
Quienes habían descubierto a La M.O.D.A. en sus primeros años.
Y quienes se acercaban ahora a propuestas como Grande Amore, The Rapants o Marlena.
Esa convivencia es probablemente una de las grandes fortalezas del festival.
A medianoche, El Mató a un Policía Motorizado aportaba desde Argentina una de las propuestas más reconocibles del rock alternativo latinoamericano. Y cuarenta minutos después, Ojete Calor llevaba el festival hacia un territorio completamente distinto desde el escenario Ribera del Duero.
Porque Sonorama tampoco entiende la coherencia como uniformidad.
En una misma noche caben la canción de autor, el rock, el pop, la música urbana, el indie argentino y el electrodisparate. Y todos parecen tener sentido en el mismo lugar.
La madrugada continuó con The Rapants, Marlena, Eme DJ y Lapili.
A esas horas ya no quedaba prácticamente nada de aquella ciudad tranquila que había comenzado la tarde. El festival había tomado las calles, los escenarios y el ritmo de Aranda. Quedaban todavía horas para regresar a casa y, sobre todo, una última jornada por delante.
El sábado dejó una imagen especialmente clara de lo que Sonorama quiere ser cuando alcanza su máxima dimensión.

La M.O.D.A. representando la raíz. Leiva como uno de los grandes nombres de la música española. Xoel López como puente entre distintas generaciones. Y una nueva camada de artistas ocupando los espacios que, algún día, podrían ser suyos.
No hay demasiados festivales capaces de construir una noche así sin que parezca una colección arbitraria de nombres.
Sonorama sí.
Porque aquí la memoria no está reñida con el descubrimiento.
Y cuando Leiva terminó, Xoel López avanzó sobre la madrugada y el último escenario todavía seguía encendido, Aranda volvió a demostrar que el festival no se mide únicamente por quién está en el cartel.
Se mide por cuánta gente consigue reconocer algo propio cuando escucha una canción.
El sábado, en Sonorama, había miles.






Comentarios