Guitarricadelafuente, Rigoberta Bandini y El Nido protagonizan una segunda jornada en la que Aranda vuelve a convertirse en una ciudad tomada por la música
El jueves es el día en que Sonorama deja de ser únicamente un festival para convertirse definitivamente en una ciudad. Aranda de Duero amanece con música en sus plazas, los bares empiezan a funcionar como pequeñas salas y el público se reparte por unas calles que, durante unas horas, dejan de tener demasiado que ver con la ciudad habitual. La vigésimo novena edición del festival entró así en su primera jornada completa, con conciertos desde el mediodía y una programación que terminó mucho después de que saliera el sol.
La diferencia respecto al miércoles es sustancial. El primer día servía para reencontrarse con el festival. El jueves ya obliga a elegir.
Y elegir en Sonorama nunca es sencillo.
Desde las siete de la tarde, Karavana, Galerna y Dani Leiva comenzaron a activar El Picón. A esa misma hora, la programación ya dibujaba una de las constantes de esta edición: la convivencia entre artistas consolidados y nombres que todavía buscan su lugar en los grandes escenarios. Poco después aparecieron Nacho Vegas, Ona Mafalda, Ramoncín y Vera Fauna, mientras el recinto iba ganando densidad.
Pero había tres nombres que explicaban especialmente bien el sentido de esta jornada: El Nido, Rigoberta Bandini y Guitarricadelafuente.
El primero llegó cuando todavía quedaba mucha noche por delante. A las 21.30, El Nido se subió al escenario Porklovers. La banda burgalesa juega en un territorio especialmente apropiado para Sonorama: el de quienes entienden la tradición no como una pieza de museo, sino como una materia prima con la que construir música contemporánea.
Su propuesta, asentada en la recuperación y reinterpretación de sonidos de raíz castellana, adquiría además una dimensión especial en Aranda. No es lo mismo reivindicar el folclore en cualquier escenario que hacerlo en plena Ribera del Duero, ante un público que ha llegado hasta allí desde buena parte del país.
El Nido representa, en cierto modo, una de las transformaciones más interesantes que está viviendo la música española: la recuperación de las músicas populares sin necesidad de renunciar a la modernidad. Y ese movimiento conecta con una escena cada vez más amplia en la que tradición, electrónica, rock y canción de autor empiezan a compartir espacio sin pedir permiso.
Una hora después, a las 22.25, el escenario Aranda de Duero recibía a Rigoberta Bandini.
La artista llegaba a Sonorama en un momento de plena consolidación de su carrera en directo. Su propia agenda situaba Aranda como una de las paradas de su gira de 2026, después de haber pasado por festivales y grandes escenarios durante el verano.
Rigoberta tiene una capacidad poco habitual para convertir una canción pop en un acontecimiento colectivo. Sus conciertos funcionan tanto desde la celebración como desde la identificación: canciones que el público conoce, corea y, en ocasiones, siente como propias. Su presencia en el cartel encajaba además con esa evolución de Sonorama hacia un festival capaz de reunir en un mismo espacio a distintas generaciones de espectadores sin que ninguna parezca estar fuera de lugar.
Mientras Rigoberta hacía suyo el escenario principal, Ángeles Toledano defendía en el Indexa otra de las vías por las que la música de raíz ha entrado con fuerza en los festivales españoles. El jueves parecía empeñado en demostrar que la tradición no tiene por qué sonar antigua.
Y entonces llegó Guitarricadelafuente.
A las 23.35, el escenario Ribera del Duero recibió a uno de los artistas españoles que mejor ha sabido convertir esa tensión entre raíz y modernidad en un lenguaje propio. Álvaro Lafuente ya no es únicamente aquel músico que llamó la atención desde la escena alternativa: su evolución lo ha llevado a escenarios internacionales y a una carrera cada vez más ambiciosa.
Su segundo álbum, Spanish Leather, consolidó precisamente ese camino. El disco ha servido como punto de partida de una gira que en 2026 ha recorrido Europa, Estados Unidos y Latinoamérica y que culminará en octubre con un concierto especial en el Movistar Arena de Madrid.
El propio El País ha seguido esa expansión internacional y señalaba a comienzos de año su paso por el formato Tiny Desk de la radio pública estadounidense, una aparición que resumía bien hasta dónde ha llegado un artista que comenzó reivindicando sonidos y formas de la tradición española para llevarlos a un contexto global.
En Sonorama, ese recorrido encontraba un escenario especialmente adecuado.
Porque Guitarricadelafuente no necesita elegir entre pasado y presente. Su música vive precisamente en esa contradicción. Hay guitarras que remiten a la memoria popular, una voz reconocible y una producción contemporánea que permite que esas referencias no parezcan una recreación arqueológica. Es música de raíz para un público que quizá nunca se habría acercado al folclore por otra vía.
La madrugada siguió desplazando el centro de gravedad de un escenario a otro. Rusowsky, Egon Soda, RVFV, Peces Raros, Valira, Ale Acosta y el resto de la programación nocturna prolongaron una jornada que terminó mucho después de que los grandes nombres hubieran abandonado el escenario.
Y en medio de ese tránsito entre conciertos estaba la otra gran protagonista del jueves: Aranda de Duero.
Desde primera hora de la tarde, los escenarios urbanos habían recuperado su protagonismo. La Plaza del Trigo, la Plaza de la Sal y el Parque de la Isla volvieron a funcionar como extensiones naturales del festival, mientras la ciudad acogía conciertos gratuitos y sesiones que permiten que Sonorama no quede encerrado detrás de las vallas de El Picón.
La tradición de la Plaza del Trigo volvió a tener además uno de sus momentos más esperados. El jueves, el concierto sorpresa corrió a cargo de Barry B, artista nacido en Aranda, que protagonizó una actuación especialmente emotiva y compartió escenario con Gara Durán. La Plaza del Trigo volvía así a demostrar por qué se ha convertido en uno de los lugares más reconocibles de la identidad del festival.
Hay algo especialmente significativo en que el primer gran concierto sorpresa de la edición correspondiera a un artista local. Sonorama ha crecido hasta convertirse en una cita de dimensión nacional, pero conserva una relación difícil de separar con Aranda. La ciudad no es solamente el lugar donde se celebra el festival: es parte de su relato.
El jueves terminó de confirmar esa idea.
Si el miércoles había servido para recuperar las canciones compartidas de varias generaciones, el segundo día abrió una puerta distinta: la de un Sonorama que mira hacia delante sin dejar atrás aquello que lo hizo diferente.
El Nido puso la tradición en el centro. Rigoberta Bandini convirtió el pop en celebración. Guitarricadelafuente llevó la raíz española a un escenario de vocación internacional. Y mientras ellos hacían su parte, Aranda seguía haciendo la suya: llenar las calles, abrir sus plazas y recordar que, en Sonorama, el festival no termina cuando se sale del recinto.
Aún quedaban tres días. Pero a esas alturas ya estaba claro que la edición había encontrado su ritmo.






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