La jornada inaugural de la XXIX edición reúne a 40.000 personas en El Picón con La Pegatina, León Benavente, Bebe, Iván Ferreiro y Crystal Fighters como protagonistas de una noche que mezcla memoria, presente y fiesta
Hay festivales que empiezan cuando suena el primer concierto. Sonorama empieza bastante antes. Empieza en las carreteras que conducen a Aranda de Duero, en los abrazos de quienes llevan meses sin verse, en las primeras cañas, en las camisetas que vuelven a aparecer un año después y en esa sensación difícil de explicar de que, durante unos días, la ciudad vuelve a pertenecer a la música.
El miércoles 5 de agosto, Sonorama Ribera abrió las puertas de su vigésimo novena edición y lo hizo con una cifra que ayuda a entender la dimensión que ha alcanzado el festival: 40.000 personas pasaron por El Picón durante su primera jornada. No era todavía el comienzo de sus días más intensos, pero Aranda ya estaba llena. El festival había vuelto.
La primera jornada estaba planteada como una declaración de intenciones. Frente a la tendencia de muchos festivales a reservar sus grandes nombres para los días centrales, Sonorama colocó desde el miércoles una alineación capaz de sostener por sí sola una noche completa: Carlangas, Bebe, Iván Ferreiro y Crystal Fighters en el escenario Ribera del Duero; La Cabra Mecánica, León Benavente, La Pegatina y Wally López en el Aranda de Duero. Y alrededor de ellos, una programación mucho más amplia que permitía saltar del rock al pop, de la electrónica a los sonidos urbanos.
La tarde comenzó con Nat Simons, Whisky Caravan y la primera sucesión de nombres que fueron llenando los distintos espacios de El Picón. Sonorama no necesitó esperar a la noche para empezar a enseñar su verdadera naturaleza: cinco escenarios funcionando prácticamente en paralelo y un público obligado a escoger, a renunciar y, sobre todo, a correr de un concierto a otro.
A las 19.50 llegó Carlangas, mientras en otros escenarios se sucedían Yacaré, Mafalda Cardenal o la Fiesta de Disfraces. Esa simultaneidad, que sobre el papel puede parecer un problema logístico, forma parte precisamente del ADN del festival. En Sonorama no existe un único concierto. Existe una ciudad musical en miniatura.
Y después apareció Bebe.
La artista extremeña representa una de esas carreras que han conseguido atravesar distintas generaciones sin necesidad de abandonar una personalidad propia. Su presencia en el cartel tenía además algo de declaración de principios: Sonorama sigue reivindicando a quienes forman parte de la memoria reciente de la música española mientras abre espacio a quienes todavía están construyendo la suya.
La noche avanzó hacia uno de sus nombres inevitables. León Benavente ocupó el escenario Aranda de Duero a las 22.20, cuando el recinto ya había adquirido esa fisonomía tan reconocible del Sonorama: miles de personas desplazándose de un escenario a otro, grupos que se reencuentran y una mezcla de edades que pocas veces resulta tan natural en un festival. Su presencia servía para recordar que el rock de guitarras sigue teniendo un lugar central en Aranda incluso cuando el cartel se abre cada vez más a otros lenguajes.
A esa misma hora, en el Indexa, Tu Otra Bonita ofrecía otra de las caras habituales del festival. Porque una de las virtudes de esta edición inaugural estaba precisamente en no obligar al público a elegir entre una única identidad musical.
Pero si hubo una palabra capaz de resumir el miércoles fue memoria.
A las 20.40, La Cabra Mecánica recuperó canciones que forman parte de varias generaciones de público. A las 00.20, La Pegatina convirtió el escenario Aranda de Duero en una fiesta colectiva. Y entre ambos extremos apareció uno de los grandes nombres emocionales de la noche: Iván Ferreiro.
El gallego, programado a las 23.20 en el escenario Ribera del Duero, llegaba a Aranda con ese repertorio que ha terminado por convertirse en patrimonio sentimental de buena parte del indie español. Sonorama sabe explotar especialmente bien ese territorio: el de las canciones que el público no solo escucha, sino que reconoce como propias.
Ferreiro fue, en ese sentido, una de las piezas que mejor explicaban el miércoles. Porque la jornada inaugural no pretendía descubrir únicamente el futuro. También quería mirar hacia atrás sin convertir la nostalgia en el argumento principal.
Y entonces llegó Crystal Fighters.
A la 01.20, cuando la noche ya había entrado oficialmente en la madrugada, los británicos fueron los encargados de cerrar el escenario Ribera del Duero y de poner el festival a bailar. Su inclusión como uno de los grandes nombres internacionales de esta edición aportaba además una dimensión distinta a un cartel eminentemente nacional.
La elección tenía sentido. Si Iván Ferreiro representaba la emoción compartida y La Pegatina la celebración colectiva, Crystal Fighters aportaban la dimensión de fiesta internacional que necesitaba una primera noche concebida para que nadie quisiera marcharse demasiado pronto.
Y mientras los grandes escenarios concentraban buena parte de las miradas, el resto del recinto seguía funcionando. Pablopablo, Chiquita Movida, The Molotovs, Sofía Gabanna, Tigre y Diamante, Salvana, Mal Sense o D. Valentino, entre muchos otros, construyeron una programación paralela que evitó que el miércoles quedara reducido a sus nombres más conocidos.
También hubo espacio para uno de los elementos más reconocibles de la inauguración: la Fiesta de Disfraces. En un festival donde el público tiene un peso específico tan grande como los artistas, los disfraces volvieron a recordar que Sonorama no se limita a poner escenarios en un recinto. La gente también forma parte del espectáculo.
Cuando la madrugada avanzaba y Wally López ocupaba el escenario Aranda de Duero a las 02.20, el miércoles estaba lejos de parecer una jornada de calentamiento. Sonorama había decidido empezar fuerte y el público respondió de la misma manera.
La imagen final de la noche fue, en realidad, mucho más sencilla que cualquiera de sus grandes conciertos: miles de personas bailando, reencontrándose y celebrando que, durante unos días, Aranda volvería a ser ese lugar al que todos parecen saber cómo regresar.
Porque esa es quizá la verdadera particularidad de Sonorama. Su vigésimo novena edición todavía no había hecho más que empezar, pero el festival ya había demostrado una de sus mayores fortalezas: hacer convivir la canción que alguien descubrió hace veinte años con la que otra persona acaba de escuchar por primera vez.
El miércoles terminó. Sonorama, en cambio, acababa de empezar.






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