cultura

Strike Band Roll Out Garage, Salamanca

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Miro a Salvo Lissandrello moverse con el micro en el escenario mientras su banda, los inconmensurables Strike Band, eleva la temperatura de dos manzanas a la redonda. Está cantando una de las suyas —“Ready for My Hell”—, de esas que hacen en un bolo vertiginoso que transmite alegría de vivir y de poder ver algo así.

 

Pero no me extraña, porque estoy en el sitio adecuado.

 

Que una ciudad como Salamanca albergue un festival tan maravilloso como Roll Out Garage es todo un lujo, pero también, a mi modesto entender, un privilegio. Con seis ediciones a sus espaldas ya —la llegada a su actual ubicación, el Hotel Emperatriz, se antoja un punto de inflexión importante—, se ha convertido en una cita ineludible. En esas noches en que se celebra, lo transforma en el epicentro del universo R’n’R, con mucha gente que viaja solo para poder verlo, formando ya, merecidamente, parte importante del circuito de los grandes festivales patrios del estilo.

 

Comandado por un equipo que destila pasión y profesionalidad —hacer algo así no es nada fácil, si lo sabrá quien suscribe—, aglutina, además de música, suficientes atractivos (su apuesta por el burlesque y el mundo del motor, sobre todo, pero también sesiones de DJ’s o un market) para hacerlo imperdible. Envuelto, además, en un ambiente precioso y casi cinematográfico, con cantidad —afortunadamente— de gente joven que puede asegurar el relevo generacional tan necesario en la escena.

 

De la atinada nómina que cargaba el line-up musical de este año, los de Ragusa abrían el escenario la segunda noche, y no defraudaron.

 

Hace unos años, en una entrevista para Webradioitaliane, la banda hablaba de que “…el rockabilly es un género underground, pero al mismo tiempo está vivo porque nutre la vida cotidiana”. Nada más acertado, viéndolos. En activo desde 2008 y con una discografía extensa que se dilata en diez álbumes (Rollin’ Machine o Fast’n’Loud, por citar algunos, más allá del Greatest Hits que se traían), nos enchufaron bailonga y sudorosa droga dura en forma de canciones atemporales desde que salieron en tromba.

 

Con la guitarra de Rocco Boccadifuoco presidiendo el bolo —qué bien estuvo toda la comparecencia—, y la base de muchos quilates del contrabajo de Emilio Perconti y la batería de Giulio Cascone acompañando a Lissandrello, fusionaron en una batidora llenísima bluegrass y cierto toque de country con R&B y boogie, además de puro rock’n’roll. El resultado fue espectacular. Las propias —“Baby All Night Long”, “Rockin’ at Midnight” y la que más atrapó a un servidor, “Race on My Lady”— se alternaron con paradas en material ajeno muy acertadas: revisaron a Ray Charles y a Jerry Lee, sí, pero también a Elvis o a Sam the Sham & The Pharaohs en un “Woolly Bully” inolvidable. No bajaron el listón ni un segundo en un bolo extenso que se pasó en un suspiro.

 

Cantamos —en inglés, en italiano y, si me apuran, en esperanto— y bailamos (anda que ese cierre con los Clash…), pero de eso se trata.
Grandes.

Paco Jiménez
El Rock n Roll es más grande que la vida

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