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Tres días, tres caras: así ha cambiado Cosquín Rock Valladolid

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La tercera edición del festival abandona el formato de una sola jornada y se extiende durante todo un fin de semana en el Pingüinos Arena con Kaiser Chiefs, M-Clan, Paul Kalkbrenner, Claptone y Ultraligera como principales protagonistas

Hay una forma muy sencilla de saber cuándo un festival ha dejado de ser una promesa para convertirse en una cita: cuando la ciudad empieza a organizar sus ritmos alrededor de él. Durante tres días, Valladolid tuvo una especie de segunda agenda. Había una ciudad de siempre —la de las terrazas, los últimos días de agosto, el calor que todavía se resiste a marcharse y las calles que esperan las fiestas— y otra que nacía cada tarde camino del Pingüinos Arena. Una ciudad de pulseras, vasos en la mano, camisetas negras, zapatillas cansadas y conversaciones que empezaban siempre con la misma pregunta: «¿A quién vas a ver ahora?».

Cosquín Rock Valladolid llegaba a su tercera edición con una diferencia sustancial respecto a las anteriores: esta vez no quería ser simplemente un concierto grande. Quería ser un festival.

Y para comprobarlo había tres días por delante.

El viernes, rock. El sábado, electrónica. El domingo, una mirada a la nueva generación del rock alternativo español. Tres públicos parcialmente distintos, tres maneras de entender la noche y, en el fondo, una misma necesidad: apurar agosto antes de que septiembre impusiera su ley.

La organización había construido la edición alrededor de esa idea. El viernes abría las puertas a las 18.30; el sábado, a las 18.00; y el domingo, a las 18.30. El recinto, además, contó con transporte lanzadera desde Valladolid y conexión con las líneas ordinarias de AUVASA, una decisión que permitió que el festival se integrara algo más en la vida de la ciudad y no funcionara como una isla a la que solo se pudiera llegar en coche.

Pero lo verdaderamente interesante estaba dentro.

Viernes: las guitarras como punto de partida

El primer día tenía algo de declaración de principios. Cosquín Rock quería recordar de dónde venía su nombre. Antes de que llegaran las máscaras, los sintetizadores y las bases de cuatro por cuatro, había que escuchar guitarras.

Ilan Amores fue la encargada de poner en marcha la maquinaria a las siete de la tarde. Era todavía una hora extraña para un festival: demasiado pronto para la noche y demasiado tarde para seguir pensando en que aquello era simplemente una tarde de agosto. Poco después llegó Whisky Caravan y, a las 21.10, Puño Dragón.

El festival fue tomando forma poco a poco.

A las 22.20 llegó M-Clan.

Treinta años después de su nacimiento, la banda de Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez aterrizaba en Valladolid dentro de una gira que celebra precisamente esas tres décadas de carretera. Y quizá ahí estaba una de las claves de la primera noche: mientras buena parte del público más joven esperaba a Kaiser Chiefs, M-Clan representaba la posibilidad de que un festival pudiera hablar de distintas generaciones sin pedir permiso.

Tarque pertenece a esa estirpe de cantantes que no necesitan demasiada explicación. Hay voces que parecen diseñadas para un estudio y otras que tienen algo de carretera. La suya pertenece a las segundas. Con la banda ampliada que le acompaña en esta etapa —metales, teclados, bajo, batería y guitarras— M-Clan no necesitaba demostrar que seguía siendo M-Clan. Bastaba con dejar que las canciones ocuparan su sitio.

Y después llegó la banda que había llevado a muchos hasta Valladolid.

A las 23.50, Kaiser Chiefs.

El grupo de Leeds, uno de los nombres fundamentales del indie británico de los primeros años dos mil, llegaba con el peso de unas canciones que ya no pertenecen únicamente a una generación. «Ruby», «I Predict a Riot» y toda aquella electricidad de Employment forman parte de una memoria colectiva del pop-rock europeo.

En el Pingüinos Arena, aquello dejó de parecer una primera jornada y empezó a parecer una noche de festival en toda regla.

Kaiser Chiefs son, en cierto modo, una máquina de fabricar momentos colectivos. Su música funciona mejor cuando no se escucha a solas. Necesita gente alrededor, brazos levantados, saltos, coros y esa sensación tan propia de los grandes festivales de que durante unos minutos miles de personas están haciendo exactamente lo mismo.

Y quizá esa fue la primera gran fotografía del Cosquín Rock 2026: Valladolid cantando canciones británicas escritas hace veinte años.

Cuando terminó el concierto principal todavía no había llegado la hora de marcharse. A la 1.10 de la madrugada, Olugbenga, integrante de Metronomy, tomó los mandos para convertir el final de la primera jornada en una prolongación de la noche.

El rock había abierto la puerta. La electrónica empezaba a asomarse por detrás.

Sábado: cuando el festival deja de parecer un festival de rock

El sábado fue otra cosa.

No solo porque cambiara el cartel. Cambió la manera de ocupar el recinto.

Donde el viernes predominaban las camisetas de grupos y la liturgia del concierto de guitarras, el segundo día tenía algo más próximo a un club gigantesco instalado temporalmente en las afueras de Valladolid. Cosquín Rock había decidido no limitarse a repetir una fórmula durante tres jornadas. Había separado los mundos.

Kinderlomas abrió la tarde a las 18.30. Después llegaron Dmasso e Imbermind, mientras el sol comenzaba lentamente a abandonar el recinto.

Imbermind representaba precisamente esa zona de frontera que cada vez resulta más difícil clasificar: electrónica, indie dance, synth pop, producción de vocación cinematográfica. Una música pensada tanto para escuchar como para moverse.

A las 21.50 apareció Lola Bozzano, una de las incorporaciones de última hora al cartel. Pianista, compositora, productora, cantante y DJ, su presencia servía también para explicar hacia dónde quería caminar el festival: hacia un concepto de electrónica que no dependiera exclusivamente de la figura del DJ detrás de una mesa.

Pero la noche tenía reservado su gran salto.

A las 23.15 apareció Paul Kalkbrenner.

El berlinés llegaba con la condición de cabeza de cartel de la jornada y con una carrera que hace tiempo dejó de estar encerrada en la escena electrónica. Kalkbrenner pertenece a ese reducido grupo de productores capaces de llevar la música de club a escenarios de festival sin que parezca que alguien ha instalado una discoteca gigante donde antes había un concierto.

Y eso era precisamente el Pingüinos Arena.

Una pista de baile.

La diferencia entre un concierto de electrónica y una sesión de club puede parecer pequeña desde fuera, pero durante una noche de festival se vuelve evidente. No hay una canción que termine para que llegue otra. No hay aplauso entre temas. La música no se detiene: se transforma.

Y el público aprende rápidamente a seguirla.

Después de Kalkbrenner llegó Li | LU y, a las 2.15 de la madrugada, Claptone.

La máscara dorada del productor alemán apareció para cerrar la jornada y llevar el festival hasta su territorio más nocturno. Claptone, convertido ya en uno de los personajes visuales más reconocibles del house internacional, representaba el final lógico de una noche que había ido abandonando progresivamente el formato de concierto para convertirse en una experiencia de club.

A esas horas ya no importaba demasiado qué día de la semana era.

Era sábado.

Y en agosto eso significa que todavía queda tiempo.

Domingo: volver a las guitarras, pero ya no a las mismas

El tercer día suele ser el más complicado para cualquier festival.

Hay cansancio. Hay quienes ya han vuelto a casa. Hay quienes han descubierto que el cuerpo tiene límites y hay quienes llegan precisamente por eso: porque el domingo quieren una última noche antes de que todo termine.

Cosquín Rock había reservado para ellos un cartel diferente.

Oslo Ovnies abrió la última jornada a las 19.40. Comandante Twin tomó el relevo a las 20.50 y, a las 22.00, llegó Ultraligera.

Era un cierre significativo.

Si Kaiser Chiefs representaba el viernes la memoria internacional del indie-rock de los dos mil y M-Clan la tradición del rock español, Ultraligera representaba otra cosa: el presente.

La banda llegaba además con un reclamo especialmente importante para el público castellano y leonés: era su único concierto en Castilla y León dentro de esta edición.

El domingo, por tanto, no consistía únicamente en bajar el telón. Consistía en mirar hacia delante.

Ultraligera pertenece a esa generación de grupos que ya no tienen que elegir entre el rock de guitarras y la producción contemporánea. Su música puede convivir con las playlist, con los festivales multitudinarios, con las salas pequeñas y con un público que ha crecido escuchando indistintamente a bandas de rock, artistas urbanos y productores electrónicos.

Y ahí estaba quizá el verdadero sentido de este tercer día.

Cosquín Rock no estaba diciendo que el rock hubiera vuelto.

Estaba diciendo que nunca se había ido.

Simplemente había cambiado de forma.

Comandante Twin, por su parte, aportó esa mezcla de melodía y emoción que ha convertido a la banda en uno de los nombres reconocibles de la nueva escena indie española. Con más de una década de trayectoria y un nuevo álbum en circulación, su presencia en el festival funcionaba como puente entre el indie de los grandes festivales y la generación que está tomando ahora el relevo.

Y cuando parecía que la noche había llegado a su final, todavía quedaba Dani del Lío.

A las 23.50, el festival afrontó sus últimos minutos.

No hubo necesidad de inventar un gran gesto final. Después de tres días, el gesto era precisamente haber llegado hasta allí.

Tres días, tres festivales

Quizá el principal acierto de esta edición de Cosquín Rock haya sido comprender que un festival de tres días no puede ser simplemente un festival de un día multiplicado por tres.

Hay que darle una personalidad a cada jornada.

El viernes tenía guitarras, nostalgia y canciones que ya forman parte de la memoria del rock europeo.

El sábado tenía luces, electrónica y madrugada.

El domingo tenía bandas españolas que están construyendo ahora mismo el futuro de ese mismo género.

La organización había definido la edición como una combinación de rock internacional, electrónica, música de club y nuevas propuestas. Sobre el papel podía parecer una mezcla arriesgada. Después de tres días, resultaba más comprensible: Cosquín Rock estaba intentando encontrar su propio territorio en Valladolid.

No era exactamente un festival de rock.

Tampoco un festival de electrónica.

Ni un festival indie.

Era, más bien, un festival que utilizaba el rock como punto de partida para explicar todo lo que ha ocurrido alrededor de él.

Y esa es probablemente la gran diferencia respecto a las dos primeras ediciones.

En 2024, Cosquín Rock necesitaba demostrar que podía existir en Valladolid. Aquella primera edición reunió cerca de 10.000 personas y sirvió para comprobar si la marca argentina podía encontrar su espacio en el calendario español. En 2025 el festival amplió su propuesta con tres escenarios, gastronomía y electrónica. En 2026 ha dado el salto definitivo a las tres jornadas.

La operación tiene algo de apuesta empresarial, pero también de apuesta cultural.

Valladolid ya no necesita que le expliquen que puede albergar grandes conciertos. Lo hace habitualmente. La cuestión es otra: si puede construir un festival propio, reconocible, capaz de generar una identidad que sobreviva a los nombres que aparecen cada año en el cartel.

Cosquín Rock ha empezado a contestar que sí.

El último día de agosto

El domingo por la noche, cuando las luces empezaron a apagarse, quedaba una sensación extraña. La de todos los festivales cuando terminan, pero quizá un poco más pronunciada aquí.

Porque el Cosquín Rock había elegido deliberadamente los últimos días de agosto.

Es una fecha perfecta y cruel.

Perfecta porque todavía hace calor, porque la gente sigue pensando en vacaciones, porque las noches siguen siendo largas y porque el verano parece no tener intención de marcharse.

Cruel porque el lunes ya estaba ahí.

Al día siguiente habría oficinas, colegios acercándose, vuelta al trabajo, septiembre y esa vieja costumbre de fingir que el verano se termina cuando lo dice el calendario.

Durante tres días, sin embargo, Valladolid se resistió.

Primero con M-Clan y Kaiser Chiefs.

Después con Paul Kalkbrenner y Claptone.

Finalmente con Ultraligera, Comandante Twin y las nuevas voces de un rock que todavía está buscando su propia forma.

Tres días y tres maneras de entender la música.

Quizá ese sea el verdadero mérito de esta tercera edición: haber entendido que la música no necesita permanecer quieta para conservar una identidad.

El Cosquín Rock de Valladolid ha crecido porque ha dejado de intentar parecerse exactamente a lo que se supone que debe ser un festival llamado Cosquín Rock.

Ha aceptado que está en Valladolid.

Que aquí el rock comparte territorio con la electrónica, que las guitarras pueden convivir con los sintetizadores y que una canción de Kaiser Chiefs puede sonar en la misma ciudad que una sesión de Claptone sin que nadie tenga que pedir disculpas.

El festival argentino nació como una celebración del rock.

El vallisoletano parece estar convirtiéndose en otra cosa: una celebración de la música en directo entendida sin demasiadas fronteras.

Y quizá por eso, cuando el Pingüinos Arena quedó vacío en la noche del domingo, lo que se acababa no era únicamente un festival.

Se acababa agosto.

Y, durante tres días, Valladolid había conseguido retrasarlo.

Andrés Grande
Fundador de Visto de Otro Lado. Apasionado por contar buenas historias desde los 14 años, combinando periodismo, comunicación digital y diseño para conectar con la cultura, la ciencia y la tecnología.

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