Love of Lesbian, Carlos Ares y una Plaza del Trigo entregada a Arde Bogotá marcan la tercera jornada de un festival que ya no necesita presentación para demostrar su dimensión
A estas alturas, Sonorama ya no se explica por las cifras. Se explica por las imágenes.
Una plaza del Trigo incapaz de contener a quienes quieren entrar. Miles de personas cruzando Aranda de Duero de un escenario a otro. Una canción que se canta a voz en grito a las diez de la noche y otra que, casi cuatro horas después, consigue mantener el mismo entusiasmo. El viernes 7 de agosto fue, sobre todo, eso: la confirmación de que el festival había entrado definitivamente en su territorio más reconocible, aquel en el que la ciudad y la música dejan de poder separarse.
La tercera jornada de la vigésimo novena edición reunía algunos de los nombres con mayor capacidad para movilizar al público. La Sonrisa de Julia, Ángel Stanich, Carlos Ares, Love of Lesbian, Sexy Zebras, Niña Polaca, Depresión Sonora y Samuraï se repartían los escenarios principales, mientras Aranda volvía a prepararse para uno de esos momentos que han convertido a Sonorama en un festival distinto a los demás.
El día empezó con calma, como suelen empezar los viernes de festival. La Sonrisa de Julia, Suzete y Canciller abrieron la programación a las siete de la tarde. Después llegaron Funambulista y Ángel Stanich, dos propuestas muy diferentes pero perfectamente reconocibles dentro de la amplitud musical de Sonorama.
Stanich, a las ocho, puso sobre la mesa una de las personalidades más singulares del cartel. Su presencia servía también para recordar que el festival nunca ha entendido la música alternativa como un género cerrado, sino como una manera de entender las canciones.
Pero el viernes tenía una de sus primeras grandes citas a las nueve.
Carlos Ares volvía al escenario Aranda de Duero.
Dos años después de su paso por el festival en 2024, el gallego regresaba a Aranda en una posición completamente diferente. Ya no era el artista al que algunos habían descubierto en un escenario secundario. Era uno de los nombres propios de la jornada. La diferencia entre ambas situaciones explica buena parte de lo que Sonorama puede significar en una carrera.
Ares actuó cuando el recinto empezaba a concentrar al público que esperaba los grandes conciertos de la noche y dejó una de las actuaciones más destacadas de la jornada. Europa FM llegaría a resumir el viernes con una expresión especialmente significativa: Sonorama “encumbra” a Carlos Ares.
No es una cuestión menor.
Los festivales sirven también para medir el momento de los artistas. Hay actuaciones que simplemente cumplen con las expectativas y otras que permiten detectar un cambio de estatus. Ares pertenece cada vez más a la segunda categoría.
A las diez, mientras el festival avanzaba hacia su tramo central, llegó Love of Lesbian al escenario Ribera del Duero.
Su relación con Sonorama pertenece ya a la historia del propio festival. La banda catalana forma parte de esa generación de grupos que ayudaron a construir el imaginario del indie español y que, con el paso del tiempo, han conseguido algo más difícil que llenar festivales: convertir sus canciones en memoria colectiva.
Su concierto tenía además un componente de despedida. La banda ponía punto final a su recorrido por esta edición y lo hacía ante un público que conoce sus canciones de principio a fin.
Pero si hubiera que elegir una sola imagen para contar el viernes, probablemente no estaría dentro de El Picón.
Estaría en la Plaza del Trigo.
Desde primera hora de la mañana, la plaza volvía a ser uno de los centros de gravedad de Sonorama. La tradición de los conciertos sorpresa, que se mantiene desde 2007, ha convertido este espacio del centro histórico de Aranda en algo más que un escenario: es uno de los símbolos del festival.
Y el viernes la sorpresa fue Arde Bogotá.
La banda murciana apareció ante una plaza completamente desbordada. Más de 7.000 personas se concentraron para ver una actuación que terminó convirtiéndose en uno de los grandes momentos de toda la edición.
La elección de Arde Bogotá tenía además una lógica difícil de discutir. El grupo ha construido en los últimos años uno de los directos más sólidos del rock español contemporáneo y su relación con Sonorama viene de lejos. Su regreso a la Plaza del Trigo no era simplemente una sorpresa: era el reencuentro de una banda que ya había pasado por allí y que ahora regresaba convertida en uno de los grandes nombres del circuito de festivales.
La escena tenía algo de circular.
Sonorama descubriendo a una banda.
La banda creciendo.
Y la banda regresando años después para encontrarse con una plaza que ya no puede contenerla.
Arde Bogotá no necesitó más explicación que esa.
La tarde dio paso a la noche y el festival continuó desplegando sus múltiples caras. Soleá Morente aportó tradición y personalidad; Sexy Zebras llevaron el rock al escenario Aranda de Duero a las 23.30; y después, cuando el público empezaba a repartirse entre las propuestas de madrugada, llegaron Niña Polaca, Depresión Sonora, Samuraï y Eladio y Los Seres Queridos.
El recorrido nocturno demostraba otra de las características del festival: el viernes no terminaba con los cabezas de cartel.
A las 00.45, Niña Polaca ocupaba el Ribera del Duero. Cincuenta minutos después, Depresión Sonora aparecía en Porklovers. Más tarde llegaban Samuraï y, ya entrada la madrugada, Ladilla Rusa y Bum Motion Club.
Sonorama funciona así: como una sucesión de pequeñas decisiones.
Quedarse a Love of Lesbian o cambiar de escenario.
Ver a Sexy Zebras o buscar una propuesta más electrónica.
Seguir hasta Niña Polaca o reservar fuerzas para lo que queda de madrugada.
Y, en medio de todo, recordar que todavía hay que volver a Aranda, porque al día siguiente volverá a haber música en sus calles.
El viernes fue probablemente la primera jornada en la que la dimensión del festival resultó imposible de ignorar.
No solo por los grandes conciertos.
No solo por los miles de asistentes.
Sino porque las dos realidades de Sonorama —la del recinto y la de la ciudad— funcionaron al mismo tiempo.
Dentro, Love of Lesbian cerraba una etapa ante miles de personas. Carlos Ares confirmaba que su carrera ha entrado en otra dimensión. Sexy Zebras mantenía viva la tradición del rock de festival. Fuera, Arde Bogotá convertía una plaza histórica de Aranda en una imagen que recorrería después todos los balances de esta edición.
Sonorama había dejado de ser una sucesión de conciertos.
Era ya una ciudad entera hablando de música.
Y el viernes, por primera vez en esta edición, pareció que Aranda no tenía espacio suficiente para contenerla.






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