Hice trampa, amigos. Dejen que les cuente.
Fue justo al entrar en un Camelot llenísimo cuando empecé a preguntar y a lloriquear —como hago siempre, y el equipo de la sala, benditos sean todos, lo sabe bien— para que me presentaran a alguien de la crew del protagonista y conseguir el básico setlist. Pues bien, cuál no sería mi sorpresa cuando me remitieron a Dani, su tour manager. En realidad, le conocía: lo había visto tiempo atrás, cuando Enol hizo aquel viaje maravilloso de los 467.
Supongo que lo recuerdan.
Esa es la distancia, en kilómetros, que separa Madrid de su tierra, Asturias. Regresaba a casa tras, como otra mucha gente, tener que marcharse a buscarse la vida allí. Pero lo hacía andando, acompañado de su amigo. Qué quiren que les diga: me pareció un gesto precioso, y lo evoqué justo cuando el protagonista salía con “IOIOIO” a una sala que le esperaba de nuevo (ya habia venido varias veces, y se acordó de ello) con esa aura tan especial que desprenden los die-hard fans de cualquier artista de verdad.
Arrancó acompañado de una banda poderosa que le secundó durante todo el bolo: Andrés Goiburu, productor y director musical, a la guitarra; Fernando Fraga, en la otra guitarra; y nuestro Esteban Lavigne, a la batería (que gozada verle en una gira tan grande). Entre todos aupaban las canciones a un nivel superior y le daban la tranquilidad necesaria sobre el escenario. No cree quien suscribe que haya discusión posible sobre cómo la salida de “Tutto Pasa”, su último álbum, ha supuesto un punto de inflexión en la carrera del de Mieres. Él lo ha llamado “el disco de su vida”, y no parece que ande desencaminado.
Honesto militante de ese nuevo pop que erige a Hens o a Pole como grandes referentes, es, en lo suyo, un emperador, y lo refrendó de sobra. Se pulió todo el álbum: fueron enormes las traslaciones de “Gatos de ciudad”, “Piso vacío” o “Tenías que ser tú”, donde además se atreve con el acordeón. Transmitió una conexión auténtica con el público durante todo el tiempo —holgado y más que suficiente— que estuvo arriba. Cantamos y balilamos sumergidos en el incomprensible oceano de pantallas que son ahora los conciertos, paraceria buena idea mirar al escenario y no al telefono pero no, mientras surfeaba por un setlist medido al milimetro para ello.
Las lógicas fiestas que fueron “Santorini” o los temas de “Una casa con jardín” (“Amalfi”, “Serenata” y el caso aparte de la magnífica “Una ventana”); el empalme sorprendente de “Y qué bonito” con “Salir”, de Extremoduro; la parte acústica central, con exquisitas revisiones de “Cuatro cosas”, “Limón” o “Luciérnagas”, por citar algunas, en un momento tan íntimo como imperdible; el lujo de escuchar la segunda parte de “Tenías…” con esa “Soliplaia” mundial que se marcó; o el acertado acto final, encadenando “Cuando dormías”, “Un beso a la mitad” y la esperada “La basurera”, que sellaba el pase… fueron solo detalles de la brillantez de una noche que, por pura lógica, recordaremos cuando tenga que dar el salto a grandes arenas.






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