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La M.O.D.A. y esa forma de volver a casa

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La banda burgalesa convierte Sonorama en un ejercicio de memoria colectiva y demuestra, una vez más, que hay conciertos que no se explican por el cartel, sino por todo lo que el público ha vivido junto a sus canciones

Hay conciertos que empiezan cuando se apagan las luces. El de La M.O.D.A. empezó mucho antes.

Quizá empezó hace años, cuando una banda de Burgos todavía peleaba por hacerse un hueco en una escena que no regalaba demasiados espacios. Quizá empezó en alguno de los primeros Sonorama en los que sus canciones comenzaron a crecer entre el público. O quizá empezó mucho antes, en esa clase de canciones que hablan de lugares, de amigos, de despedidas, de volver a casa y de seguir adelante incluso cuando no queda demasiado claro hacia dónde.

El sábado 8 de agosto, a las 21.35, La M.O.D.A. volvió a Sonorama.

Y durante un rato Aranda de Duero dejó de ser solamente Aranda de Duero.

Porque hay algo que diferencia a La M.O.D.A. de muchas otras bandas que pasan por los festivales: su música tiene territorio. Tiene paisaje. Tiene memoria. Y cuando suena en Castilla, delante de miles de personas, esas canciones parecen regresar al lugar del que, de alguna manera, siempre hablaron.

No era una actuación más dentro del día grande de Sonorama. El propio festival había reunido para aquella jornada a nombres como Leiva, Xoel López, El Mató a un Policía Motorizado, Ojete Calor o Valeria Castro. Pero había una diferencia esencial: La M.O.D.A. no necesitaba explicar quién era ni por qué estaba allí.

Jugaba en casa.

Y el público lo sabía.

La banda burgalesa ha construido durante años una de las propuestas más reconocibles de la música española. Lo ha hecho sin atajos, con canciones que han ido creciendo de boca en boca y con una manera de entender el directo que concede al público una importancia casi equivalente a la de quienes están sobre el escenario.

En sus conciertos hay una frontera que desaparece.

La que separa al escenario de la gente.

Cuando La M.O.D.A. toca, las canciones dejan de ser de David Ruiz y de sus compañeros. Dejan de ser únicamente canciones de una banda. Se convierten en recuerdos de miles de personas distintas que, por unos minutos, coinciden en exactamente el mismo lugar.

Eso es lo que ocurrió en Sonorama.

Y por eso resulta difícil hablar de este concierto únicamente desde la música.

Porque la música era solamente una parte de lo que estaba sucediendo.

La otra estaba en las caras.

En quienes llevaban años siguiendo a la banda.

En quienes habían descubierto sus canciones mucho después.

En quienes quizá habían llegado a Aranda desde cientos de kilómetros y, sin embargo, encontraron algo familiar en una banda que canta desde muy cerca.

La M.O.D.A. tiene esa extraña capacidad de hacer que una canción sobre un lugar concreto parezca escrita para cualquiera.

Su música ha crecido alrededor de la amistad, de la pérdida, de la incertidumbre, del paso del tiempo y de la necesidad de mantenerse juntos cuando todo alrededor cambia. Son asuntos demasiado grandes para cualquier generación y demasiado humanos para cualquier etiqueta.

Por eso funcionan.

Y por eso funcionan especialmente bien en Sonorama.

El festival de Aranda lleva años haciendo de la memoria una parte fundamental de su identidad. Sus escenarios urbanos, la Plaza del Trigo y la convivencia entre artistas consagrados y nuevos nombres han convertido el festival en un espacio donde el pasado y el futuro de la música española se encuentran constantemente. La organización mantiene, además, buena parte de su programación gratuita en el centro de la localidad, extendiendo el festival mucho más allá de El Picón.

La M.O.D.A. encaja en esa historia de una manera casi natural.

No solo porque sea una de las bandas más reconocibles surgidas de Castilla y León.

También porque su recorrido tiene mucho que ver con la propia evolución de Sonorama: crecer sin perder el vínculo con quienes estuvieron desde el principio.

Eso explica que el concierto del sábado tuviera algo de celebración y algo de reencuentro.

Había canciones que el público esperaba.

Había canciones que necesitaba.

Y había otras que, quizá, ya no pertenecían a la banda sino a la vida de quienes las estaban cantando.

Ese es el privilegio —y también la responsabilidad— de una banda que ha conseguido construir un repertorio verdaderamente colectivo.

No todas las canciones sobreviven al paso del tiempo.

Las de La M.O.D.A. lo hacen porque han acompañado a la gente.

Y acompañar es probablemente una de las formas más difíciles de éxito musical.

A las 21.35, mientras todavía quedaba una noche enorme por delante, Sonorama se detuvo durante unos minutos para mirar hacia dentro.

Después llegarían Leiva, Xoel López, El Mató a un Policía Motorizado, Ojete Calor, Marlena y una madrugada que se prolongaría hasta el amanecer. Pero La M.O.D.A. había ocupado antes un espacio diferente.

El de la pertenencia.

Porque quizá la mejor manera de explicar lo ocurrido aquella noche sea muy sencilla: La M.O.D.A. no fue a Sonorama a conquistar Aranda. Fue a volver a ella.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Conquistar implica llegar desde fuera.

Volver significa que, en algún lugar, todavía te estaban esperando.

La imagen de aquella noche es difícil de olvidar: una multitud frente al escenario, una banda burgalesa tocando en casa y miles de voces devolviendo cada canción como si llevaran años preparándose para hacerlo.

En ese momento, Sonorama dejó de parecer un festival.

Pareció una reunión.

Una de esas reuniones que ocurren una vez al año y en las que nadie necesita explicar demasiado porque todos saben por qué han venido.

La M.O.D.A. representa algo que la industria musical utiliza demasiado poco: la pertenencia.

Y quizá por eso, después de tantos años, sigue siendo tan emocionante verla sobre un escenario.

Porque hay grupos que consiguen que quieras bailar.

Otros consiguen que quieras cantar.

Y hay unos pocos que consiguen algo bastante más difícil:

que, durante una canción, quieras quedarte exactamente donde estás.

El sábado, en Aranda, La M.O.D.A. consiguió eso.

Y quizá no exista una manera más bonita de volver a casa.

Andrés Grande
Fundador de Visto de Otro Lado. Apasionado por contar buenas historias desde los 14 años, combinando periodismo, comunicación digital y diseño para conectar con la cultura, la ciencia y la tecnología.

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