Cuando murió mi madre, yo hice lo único que se me da bien: coger un avión. Estaba delante de una persona que lleva esto y simplemente pregunté que tenía para el sábado, pagué, y me fui sin ni tan siquiera decir adiós. Así era yo: lacónico y tan estúpido, en esas sigo, que apenas tocaba el suelo con los pies.

De aquellos días recuerdo andar solo y sin rumbo por una ciudad que ya conocía, poco en realidad, mientras oía a todo volumen “Disenchanted” y “Cáncer” en loop, lo cual como imaginarán no ayudaba mucho. Esta semana pasada, con los grandes festivales veraniegos asomando, de repente me vi cantando por la calle sus canciones de nuevo.

Ridículo, pensé. Estoy demasiado ocupado con las toneladas de nuevo material de Rap, de Punk, de Metal, de Trap y de mil cosas más. Pero no: allí estaba de nuevo. La vieja adicción que nunca cesa, ni me da tregua. Nunca.

Hace algún tiempo estaba un servidor en el backstage de un festi tochisimo en Madrid. Yo había ido por que tocaba una de mis bandas favoritas del momento y, para que engañarnos, el resto del cartel me la pelaba. Repito: así era yo. Cuando salieron me quedé paralizado al lado de una valla, de las gordas anti-avalancha si lo sabré yo, en el foso de fotógrafos mirándoles. Desprendían un puñetero aura de súper estrellas que me tumbó desde que salieron y cuando tocaron “I´m Not Ok” o “Famous Last Words” yo ya había tocado el cielo y me quería, hay que joderse, morir de amor y placer. En serio que pensé que serian los próximos.

La gran banda de estadios que sucedería a todos esos que están pensando.

Eran de New Jersey y sacaron muy pocos discos, suficientes para un servidor, y consiguieron que un movimiento, ojo fijense que no he dicho genero, (en el que nunca estuvieron a gusto, todo hay que decirlo, y del que para ser justos nunca formaron parte del canon) el ahora maltratado y un poco naif Emo llegara a las grandes audiencias.

Sus canciones hablaban de muerte, de suicidio y de tiroteos. Sus canciones hablaban de enfermedad, de corazones rotos y de amor no correspondido. Sus canciones eran directas y rápidas, pero también eran entroncadas y dramáticas. Sus canciones eran puro teatro. Sus canciones fueron la BSO de las vidas de docenas de teenagers de todo el planeta que durante unos años, pocos es verdad, les convirtió en superestrellas puesto en el que, nunca lo tuve claro, no sabría decir si estaban a gusto.

Se marcharon y se disolvieron como habían llegado.

Esta semana empiezo el lio veraniego que para mi siempre lo inicia el Facyl. A la vuelta de la esquina está mi criatura, (el dichoso Tres Acordes…¿no puedes hablar de otra cosa tío?, como dice una chica que conozco) y en unas semanas otro montón. Y por alguna extraña razón no dejo pensar en ellos.

Yo debería asociarlos con depresión, con dolor, y con cierto toque de emotividad trágica pero no puedo. Pienso en Gerard, en Ray, en Frank y en Mikey y recuerdo aquella noche de verano cuando les vi por primera vez.

Ojalá no se vuelvan a juntar nunca. Ojalá anunciaran mañana que vuelven.

Pero eso es lo que te daban My Chemical Romance.

La seguridad de que nada era seguro.

Pongo “Fake Your Death” en el cacharro de la música y miro a los lados antes de pasar.

 

 

 

Paco Jiménez
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