Hace unos días, cuando un servidor presentaba un bolo de una banda de nuestra escena, ya lo avisó. A mi entender, uno de los pocos síntomas de auténtica rebeldía que parecen quedar en la música en estos tiempos es ver a un grupo o a un artista en ciernes subirse a un escenario a defender sus canciones. Que pueden gustar más o menos, o ser mejores o peores —más allá de gustos y estilos—, pero son suyas. Es su pasión, su amor y su trabajo lo que las impulsa y eso a mi entender, no tiene precio en estos días de repugnantes apropiaciones de material ajeno. Salir de casa con menos mil e irte a tocar donde sea, para audiencias paupérrimas o directamente inexistentes, mientras peleas por lo tuyo encima de las tablas: a eso me refiero.
Cuando miro a Julio Rod mientras canta “Comienza el tiroteo”, me acuerdo de todo aquello.
Esa canción es una de las que han metido en el abultado setlist que llevan mientras ponen de largo a Tiroteo, su nuevo proyecto, en directo. Los vértices del grupo —la guitarra de Raúl Mateos y la base contundente de Manuel Jaime Cascón y Fco. Javier Calvo— acarrean tantas horas de vuelo que darían dos vueltas a la manzana en una lista de grupos (de Estrozatripas a Metal Blues Band o Tarmas, por citar algunos) casi interminable. Desde que salen al rebufo de “La mala conciencia” llenan la sala de áspero rock old school, tan sencillo como honesto. Libres ya, además, de las ataduras de la pose —todos han superado esa época con creces—, solo hay lugar para la música. Y simplemente nos apabullan con un puñado de temas propios llenos de riffs afilados —¿hasta en la onda del Chris Holmes de los inicios?—, “Todos están muertos”, letras costumbristas como “Bajo el reloj” y la sentida “Este es mi lugar”, y un par de paradas en forma de revisiones de Barricada y ZZ Top (nada de después de los 90, ojo), tan escuetas como atinadas.
A todo esto, parecía un suicidio programar en medio de un puente tan largo y festivo, pero no. Cuando me enchufo a Music Factory ya hay una entrada considerable. Ahorrémonos glosar edades porque la discusión, ya lo he escrito hasta la saciedad, es muy preocupante en el rock o en el punk más allá de los grandes festivales. La banda canta historias tan divertidas como “Se te partió el tacón” o “No me voy de aquí” que abajo se agradecen timidamente, y es una pena. Recios y trotones, “La boda roja”, sacada del lore de Juego de tronos, gana por goleada aquí. Imprimen ritmo de colisión, excepto cuando se detienen en ese medio tiempo que es “Quiero olvidar”, y los santos que invocan (de Marea en pasajes muy concretos a sobre todo los Obus seminales) sellan la noche con un “Sonríe”, pareciendo todavia a medio hacer pero cuando menos, a no perder de vista.
Los peros del bolo, se les fue de tiempo y esos aires de ensayo algo ridículos en algunos pasajes, no es nada que no se pueda corregir. Mientras tanto, congratulémonos porque, si ellos quieren —ah, amigos, este es el quid—, tenemos banda. Ojalá Tino Casal y Luis Soler, los de aquellos años, tambien les hubieran producido un disco.






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