Después de casi cincuenta días sin pisar la calle, y haber oído hasta hartarme al presidente del Gobierno de la nueva normalidad, en principio no me atraía demasiado salir, teniendo en cuenta tantos protocolos, todo un ritual, que no había hecho, pues he estado solo y apenas he bajado al súper un par de ocasiones. La nueva normalidad no me ilusionaba. Me convenció Alicia, que había experimentado esta semana la pequeña dosis de libertad, por lo que cambié de idea y empecé a soñar con la salida, programar mi recorrido, que también se incorporaba a mi disciplina diaria, con el fin de aprovecharlo al máximo.

Desde que decidí salir, tenía claro que bajaría al río, y por supuesto por la calle Carrión, una calle sin chicha alguna del polígono industrial abierta al Tormes. No me defraudó, con una vista espectacular desde el terraplén ahora colonizado por gran cantidad de plantas en flor, que parecían estar alegres ante la ausencia de la temida desbrozadora. Antes de llegar hasta aquí, el viento había despertado mi cara anestesiada después de tantos días confinado, los pies notaban extrañas las deportivas después de tantas horas con babuchas, los ojos hacían chiribitas después de ver tantos días horizontes que chocaban con el crucero varado enfrente de mí.

Estaba la naturaleza cargada de vida, quizás para compensar nuestro sufrimiento por tantas muertes desde que nos separamos de ella. Malvas, cardos, avena loca, jaramagos, gordolobos gigantes, amapolas, margaritas, alverjas,   tapizaban las orillas de caminos y senderos. Daba gusto verlas con su verdor inmaculado, recubiertas de gotitas buenas de rocío. Espectacular imagen.¡Y encima las llamamos malas hierbas, como dice mi amigo Manolo!

Un coche estaba rodeado por la vegetación, como si estuviese camuflado entre ellas. A esas horas de la mañana recién estrenada, daba gusto caminar, la gente estaba alegre, cada uno lo manifestaba de una forma, sentado en un banco fumando un pitillo, haciendo piruetas con el patinete, escuchando los cantos de los pájaros, o sencillamente llenando los ojos de un espectáculo único.

Las moreras, ya tienen moras y sus hojas están intactas, se han librado de padres que otros años le roban sus hojas para alimentar a los gusanos de seda de sus hijos, ¿qué habrá sido de ellos esta primavera?. A medida que me acercaba al paseo fluvial, el tráfico aumentaba, caminantes, ciclistas, corredores, patinadores, todo un espectáculo de gente alegre, contenta, disfrutando de unas horas de libertad.

Había empezado mayo y a pesar de las predicciones meteorológicas, no vi el sol en mi tramo horario, de momento este mayo no cumple el mandato del poema del prisionero: “Que por mayo, era por mayo, cuando hace la calor…” El Tormes bajaba muy buen caudal, de agua limpia, tan solo manchada en los remansos por fractales formados por semillas. Caminando entre la gente, la soledad pronto se convirtió en algo lejano, había buen rollo, rostros alegres que transmitían sensaciones vitales, intentando cumplir las normas en cada momento, la dichosa distancia social, que es más física que otra cosa, aunque la hayan bautizado con ese nombre, mirando el móvil para ver el límite de su parcela,…

Fue en ese momento cuando me vino a la memoria Antonio Machado cuando decía “..y en todas partes he visto..son buenas gentes que  viven , laboran, pasan y sueñan…”  Caminar solo te lleva a pensar y pensar. Todos ejerciendo su responsabilidad, a partir de hoy es lo que se nos pide, ningún altercado, nadie sin saltarse las normas, conviviendo…qué bonita imagen de la España real, la otra, la de los enfrentamientos, las divisiones, descalificaciones, los bulos, está en las redes sociales, en los medios de comunicación, habría que patentar cuando esto termine, jornadas de convivencia como la que he vivido esta mañana. Sería bueno para la salud emocional del país.

La linde de mi parcela llegaba hasta el parque de La Aldehuela. Crucé la gran explanada de la feria, enorme erial de cemento sin coches, tristemente ampliado llevándose por delante la enorme chopera para aparcar los coches de los que vienen a hacer deporte. Incongruencias que tiene nuestra sociedad. Tal vez, en estas circunstancias la chopera habría sobrevivido.

Dejándome llevar por mis raíces hortelanas, regresé caminando entre las huertas. Las huellas de la pandemia eran bien visibles en ellas. Coles, berzas, florecidas, huertas colonizadas por hierbas de todo tipo que hacían de ellas jardines salvajes, emparrados cubiertos de brotes en las puertas esperando a los hortelanos, mucho que labrar para echar de nuevo a andar estas huertas de gran fertilidad. Solo hay que cómo está la vegetación. Un perro solitario sentado en el quicio de la puerta tiene la mirada perdida ¡Cómo olía el campo!

Ya estaba el trigo encañado, según el poema se ha cumplido su tiempo. La naturaleza tiene su ciclo, dejémosla, es nuestra salvación. Al salir de nuevo a la avenida, ciclistas, caminantes, paseantes, patinadores, invadían la calzada, las medianas,…habían expulsado a los coches, se respiraba un ambiente festivo. ¿Hasta cuándo durará?

Ha sido lo mejor de la nueva normalidad, lo demás que viene asociado a ella, nos traerá límites para disfrutar de la vida, qué pena, pues la vida es para vivirla como decía mi padre, que ya hace cuatro años que se marchó. ¿Cuántas preguntas tendría para hacernos estos días?

 

Antonio Castaño
Me encanta recorrer caminos con mi mochila a cuestas, me ilusiono con las cosas pequeñas, especialmente con la naturaleza, sin ella el caminar sería complicado. Me gusta compartir relatos, fotos, proyectos, reflexiones...

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